SERVICIOS DE OPTIMIZACIÓN DE FARMACOTERAPIA: UNA NECESIDAD

A continuación os paso un post solicitado por la Escuela de Pacientes. Aquí está publicado, espero que os guste

http://pacienteapaciente.blogspot.com.es/2013/09/servicios-de-optimizacion-de.html

Utilizar un medicamento implica la interacción entre una sustancia de composición química definida, sea cual sea su origen, y una entidad fisiológica compleja, el ser humano: El resultado de dicha interacción es impredecible. Hasta el momento, no existe forma de asegurar que un tratamiento farmacológico instaurado alcance el efecto deseado sin producir efectos no deseados si no es a través de la verificación de los mismos, tras un tiempo adecuado para alcanzar la respuesta.

En el caso de la polimedicación, el problema se multiplica y se hace aún más complejo. No solo porque cada uno de los medicamentos utilizados cumplirían las premisas anteriormente citadas, sino porque además, muchos de ellos comparten vías metabólicas comunes para tratar de producir efectos fterapéuticos muy diferentes. Por tanto, la dificultad de alcanzar el resultado depende de cada medicamento por sí mismo y de la asociación de todos los medicamentos que se deban utilizar.

Si esto es ya de por sí complejo, aún lo es más por la participación de los pacientes en el proceso terapéutico, una participación que existe, aunque los profesionales de la salud no la tengan en cuenta muchas veces. Muchas veces hay diferencias entre profesionales y pacientes en cuanto a la percepción de los beneficios y perjuicios de los medicamentos. Esto conduce a un manejo distinto del esperado, que se denomina falta de adherencia, ocasionado la mayoría de las ocasiones por una inadecuada relación terapéutica entre pacientes y profesionales.

Por complicar aún más, añadir que la sociedad del siglo XXI demanda soluciones rápidas y con poco esfuerzo a los problemas, lo que en la farmacoterapia se ha traducido en un proceso de medicalización de problemas que no tendrían por qué medicalizarse.

El resultado de esta complejidad es catastrófico para la sociedad: la medicación que alcanza el efecto terapéutico deseado no excede del 40%. Es decir, la inversión económica que empleamos en disponer de medicamentos para los que lo necesitan se desperdicia en seis de cada diez ocasiones. Este despilfarro, con ser importantísimo, no es sino una pequeña parte del que se ocasiona, ya que la consecuencia de ello es la utilización de más recursos y muchos de ellos mucho más costosos, como nuevas visitas a médicos, ingresos hospitalarios, y otros costes indirectos, como las contraprestaciones económicas de bajas laborales, temporales o indefinidas.

Los servicios de optimización de la farmacoterapia, que hace casi treinta años que comenzaron a implantarse en Estados Unidos, vienen a paliar este problema. Estos servicios han conseguido mejorar la efectividad de los tratamientos hasta en el 84% de los casos y  su rentabilidad es de 12:1. Por cada euro invertido, los ahorros ocasionados son de doce para el proveedor. Me gustaría saber a qué estamos esperando para implantar este tipo de servicios en nuestro sistema sanitario público.

 

REFERENCIAS:

  • Johnson JA, Bootman JL. Drug- related morbidity and mortality. A cost- of- illness model. Arch Intern Med 1995;155(18):1949-1956.
  • Issets BJ, Schondelmeyer SW, ArtzMB et al. Clinical and economic outcomes of medication therapy management services: the Minnesota experience. J Am Pharm Assoc 2008;48(2):203-211.

EL AGUJERO

PASTADENTALHace unos años una multinacional de productos de limpieza, entre los que incluía los propios de nuestra higiene dental, promovió un concurso de ideas entre sus trabajadores para incrementar las ventas de su pasta dentífrica, famosa por combatir el mal aliento. Como siempre, esta gente nunca tiene bastante, siempre quiere más y todo le parece poco. Y se pusieron manos a la obra.

Tras arduas comeduras de coco se conoció el desenlace. La idea ganadora no fue una enrevesada estrategia de marketing, ni tampoco un poderoso anuncio publicitario como los que solían hacer; fue algo mucho más simple lo que recomendó uno de los empleados: hagan ustedes el agujero del tubo más grande.

Cada vez que me afeito y ha salido más espuma por el agujero de la que necesitaba me acuerdo de la persona a la que se le ocurrió aquella genial idea, quien a estas alturas es más que probable que ya haya sucumbido a algún expediente de regulación de empleo y esté hoy prejubilada, o simplemente en paro. Hace ya algunos años de esto, y de todos es sabido que las multinacionales no son agradecidas y tienen mala memoria, y en época de recortes, o en cualquier otra, no les tiembla el pulso para sacar la motosierra y amputar al personal que haya a partir de una determinada edad, y así someterse a una cura de adelgazamiento que engorde la cuenta de resultados. Luego se guarda la motosierra un tiempo hasta que el amputador pasa a ser el amputado y se continúa el ciclo bíblico del ojo por ojo. Perdón por la divagación.

Cuando se ve la política realizada en estos últimos años en los países occidentales en general y en España en particular, podemos darnos cuenta de cuánto se copió la genial idea de este empleado. El crecimiento ficticio de estos años se basó en dos estrategias fundamentales:

  1. Hacer más gordo el agujero del tubo (consumo, consumo, consumo)
  2. El juego de la escoba

Estas avanzadísimas teorías económicas acabaron como ya se sabe. Nos dieron por el tubo, porque el dichoso tubo se vació y la música del juego de la escoba se apagó. Obviamente esto pasó cuando los países PIGS teníamos la escoba, y también con el cogedor de mierda hasta arriba, mierda compuesta esencialmente de ladrillos de gafas, cemento y hormigón.

Llama la atención que las políticas de futuro pasen por abrir más el agujero de la pasta de dientes, y continuar cepillándose trabajadores, mientras los DJ (diyéi en moderno) de la troika y la banca mundial se preparan para poner un nuevo disco y de paso, cambiarle el cepillo a la escoba.

RESET

Volver a empezarHay que luchar por conseguir tus sueños, pero no morir en el intento. Esta es la conclusión que saco cuando, después de casi veinte años dedicado en cuerpo y alma a la Atención Farmacéutica, ese concepto revolucionario profesional que ha sido manoseado y prostituido, vaciado de todo sentido social por culpa del onanismo profesional de unos, la falta de visión de otros, los miedos de unos cuantos más y el borreguismo de una mayoría que tanto daño ha hecho y va a seguir haciendo en cualquier faceta de la vida. Ya se sabe, igual que ese poema de Martin Niemöller que luego adaptó Bertolt Brecht:

«Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista, Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista, Cuando vinieron a por los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío, Cuando finalmente vinieron a por mi, no había nadie más que pudiera protestar.»

Uno tiene que pensar hasta dónde llega su limitada capacidad y la mía se agotó. Al menos, para intentarlo en la farmacia comunitaria, un establecimiento sanitario privado de interés público en el que lo público jamás ha tenido interés ni confianza. Se hace muy difícil que una idea que no venga de los de siempre triunfe en un país con tantos prejuicios a un lado y otro del arco político. Cuando digo los de siempre me refiero a las profesiones sanitarias que molan; cuando digo lo del arco político no me refiero al arquito que separa al PP y al PSOE, que son la derecha sociológica de este país, sino al arco de verdad. Porque en este país lo que vengan de ciertas instituciones o corporaciones que no estén bien vistas se pierde por alguno de nuestros importantes agujeros éticos socavados por la endogamia.

Pero no se trata de echarle la culpa a nadie de los fracasos de uno, cuando retos más importantes en el mundo se han conseguido con liderazgos apropiados.

He escrito la palabra fracaso, a pesar de que no sienta que mi carrera profesional lo haya sido. Simplemente no he conseguido ver lo que esperaba vivir. No obstante pienso que he puesto mi granito de arena en el proceso y que mi aportación, en el ámbito de la farmacia comunitaria, ya no va a dar más de sí.

En estos años, los varios miles de pacientes me han ayudado a aprender muchas cosas. Quizás la más importante, a entender la verdadera importancia de optimizar la farmacoterapia de los pacientes, sus consecuencias, lo que puede significar en el ámbito de la salud pública su instauración, las posibilidades de crecimiento que le podría dar a una profesión denostada que sigue empeñándose en autoengañarse.

He publicado decenas de artículos científicos, he enseñado a cientos de profesionales de muchísimos países, he conocido lugares fantásticos, personas y profesionales excelentes, maravillosos, de una talla humana y científica fuera de lo común; he hecho amigos para siempre como dice la canción; y sobre todo, me ha ayudado a ser mejor persona y a entender algo mejor la vida. Creo que no puedo pedir más. “Que me quiten lo bailao”, que además, he bailado mucho, por cierto.

¿Y a partir de ahora, qué? En lo profesional, disponible, aunque reconociendo las dificultades. Hoy estoy más convencido que nunca de que optimizar la farmacoterapia de los pacientes es prioritario. Prioritario para los pacientes y prioritario para los sistemas sanitarios. Que sea prioritario para los farmacéuticos es algo que tienen que decidir quienes tienen capacidad de hacerlo y actuar de forma coherente a esa capacidad.

Si hubiera algún proyecto serio implantación de esta tecnología sanitaria, en el que alguien creyera que mi experiencia pudiera ser útil, no dudaría en subirme a ese carro con la misma ilusión de siempre, porque creo que mi experiencia y conocimiento pueden ser aprovechables. Pero continuar mareando la perdiz, no. Soy consciente de que es algo realmente difícil que se dé, y por tanto, tengo más que asumido y estoy preparado para cerrar esta etapa de mi vida y continuar con otra que abrí hace unos años y que hoy me está dando sus frutos personales, la literatura. El motor de mi vida siempre fue la ilusión por hacer cosas en las que creo. Solo espero morirme cabreado porque no me dé tiempo de seguir haciendo cosas nuevas y poniéndome retos por alcanzar.

Estos cuatro meses de 2013 que restan me servirán, además de para terminar mi segunda novela, para cumplir mis compromisos profesionales adquiridos y cerrar esta etapa de mi vida. Porque ya, sin farmacia y con la Unidad de Optimización de la Farmacoterapia, no es coherente continuar participando de lo que no se ejerce. Si me he quejado mucho de tanto charlatán de feria que ha habido y sigue habiendo en el entorno de la Atención Farmacéutica, lo peor que me podría pasar sería convertirme en uno de ellos.  Me hace una ilusión especial volver a Medellín a finales de septiembre, ciudad en la que empecé mi actividad docente en América Latina. Será como finalizar el relato circular de esta aventura maravillosa de conocer este continente que tanto me ha dado como profesional y como persona, y en el que me he sentido respetado, reconocido y sobre todo, querido. No tengo palabras para describir lo que América ha sido para mí.

Y para finalizar, todo mi apoyo y mi aliento a quienes continúan en la lucha, a esos farmacéuticos y farmacéuticas que siguen creyendo en ellos mismos y en su capacidad para ser útiles a la sociedad, que sienten su profesión como un servicio público, como su modesta contribución a hacer un mundo más justo y humano. Este partido lo vais a ganar. Ya lo creo que sí.

Para terminar, un himno apropiado: We shall overcome, con Pete Seeger. ¿Aún tienes dudas de cómo será el final de todo esto?

http://www.youtube.com/watch?v=QhnPVP23rzo

FELIZ CUMPLEAÑOS SEDOF

 

SEDOF_logoHace un año, concretamente el 4 de mayo de 2012, nació la Sociedad Española de Optimización de la Farmacoterapia (SEDOF). Con la ilusión de todo comienzo, con la esperanza de quienes creen en una idea, con la responsabilidad de haber estado en mil y una batallas, muchas saldadas con derrota, un grupo de farmacéuticas y farmacéuticos entusiastas se aventuraron en una singladura más.

SEDOF se gestó allá por octubre de 2011, tras una conversación en el aeropuerto de Sevilla, en donde confluyeron algunos de sus fundadores, en una extraña conexión aérea a Vigo. Allí se juntaron con otros que viajaban rumbo a un nuevo Congreso de Atención Farmacéutica. Desde octubre a mayo, se prodigaron en cuidados especiales para el embrión, para que pudiese nacer bien de peso y sano. Como así fue.

Parece mentira. Un año ha pasado y se han hecho muchas cosas. Para empezar, sin dinero ni patrocinios, se han organizado dos Escuelas SEDOF, en Benidorm y en Madrid, que han ilusionado a mucha más gente. Todo basado en la práctica, sin ningún dogma de fe que aceptar. Se han ido poniendo las bases poco a poco de un gran proyecto, a pesar de que todavía, SEDOF no es más que un tierno bebé. Un bebé que no tiene intención de saltarse sus pasos naturales en el crecimiento, como si fuese un niño superdotado. No lo es. Solo es fruto de trabajo y práctica, algo que en este mundo es un mundo, valga la redundancia.

Además de las Escuelas, organizamos, antes incluso del parto, un encuentro con profesionales de la salud holandeses en Sevilla, y más adelante participamos en jornadas científicas, e incluso nos hemos abierto internacionalmente en América Latina, con la intervención de Concha Ruiz Bueno en unas jornadas sobre optimización de la farmacoterapia en Bolivia.

Por seguir en el apartado internacional, la Ordem dos Farmacêuticos portugueses nos ha abierto las páginas de su revista, y tenemos buenos lazos y sinergias con proyectos como el de las Unidades de Optimización de la Farmacoterapia en Argentina y el trabajo de nuestros colegas venezolanos. Un orgullo aprender juntos y extender la experiencia.

A pesar de que no tenemos interés en crecer mucho, ya que lo nuestro es hacer las cosas bien, SEDOF ha calado. Hoy mucha gente habla de optimización farmacoterapéutica, a pesar de que siguen sin tener ni la más remota idea de lo que es. Ya sabemos que es un deporte nacional, con código nacional, hablar sin hacer, opinar sin ejercer y buscar enemigos donde no los hay para seguir justificándose ellos. En nada hemos entrado. Estamos convencidos de que tenemos un camino que recorrer y en ello estamos, y que solo pasa por la práctica. Tendrá otras estaciones este camino, pero sin esa no hay hoja de ruta posible. Es más, seguimos tendiendo la mano a quien quiera que trabajemos juntos, pero no la pondremos a quien nos la muerda, faltaría más. El objetivo de SEDOF excede de la propia SEDOF y probablemente de los propios farmacéuticos. No somos tan ilusos como para pensar que solos podemos conseguir los cambios necesarios. Y quien confíe en SEDOF y desee los mismos objetivos, tendrá también en nosotros un aliado leal. Pero nunca para continuar dando tumbos como hasta ahora, para crear líderes con los pies de barro, ni para alimentar el ego de figurones y figurotas. No está la cosa ya para seguir gastando energía en guerras inútiles.

Tenemos un proyecto en SEDOF. Mejor dicho, tenemos “el proyecto”. Que no es otro que tratar de sentar las bases para que optimizar los resultados de los medicamentos sea posible y se convierta en un derecho de la sociedad. Un derecho de los pacientes a recibir el mejor resultado posible de sus medicamentos. Un derecho del estado, para que los recursos públicos destinados a salud tengan la mayor eficiencia. Un derecho de médicos y profesionales de la salud que trabajan con medicamentos, para que tengan la ayuda necesaria para que este recurso terapéutico, signifique más salud y menos daño. Y en definitiva, un derecho de los farmacéuticos, para que puedan ganarse honestamente la vida contribuyendo a que esos derechos anteriormente citados, se cumplan.

Quienes ven fantasmas por donde no los hay, no han visto con buenos ojos que naciera una sociedad como SEDOF. Qué le vamos a hacer. Esperemos que con nuestro trabajo les hagamos ver lo contrario. En todo caso seguiremos nuestro camino con modestia, pero con mucho entusiasmo y ganas de hacer las cosas bien.

El éxito de SEDOF siempre será la práctica y la transversalidad. La Junta Directiva se tiene porque es requisito reglamentario, pero todos tenemos voz, todos somos escuchados y todos nos sentimos SEDOF. Ojalá no nos apartemos tampoco de esta forma de hacer las cosas.

En estos días estamos de cumpleaños, y el Nacional Health Service de Inglaterra nos ha hecho un precioso regalo: la guía de Optimisation medicines, firmada por sus directores de medicina, enfermería y farmacia. Nos están diciendo, seguir así, algún día también se darán cuenta en vuestro país que este es el camino. Ya se sabe que la pobreza económica no es la más grave de las pobrezas de un pueblo, sino la consecuencia de otras pobrezas intelectuales.

Estamos de fiesta y lo vamos a celebrar trabajando más. Nuestro proyecto de estándares profesionales está a la vuelta de la esquina. Sigamos con entusiasmo, trabajando por todos los que se quieran sumar al proyecto y por una sociedad que nos necesita.

Manuel Machuca González

Presidente de SEDOF

LA CAJITA DEL MEDICAMENTO COMO PRINCIPIO ACTIVO

VenenoHace días, lotes de uno de los medicamentos que ganaron la subasta ofertada por la Junta de Andalucía, para dispensación en oficinas de farmacia, fue retirado del mercado, debido a la no cumplimentación por parte del fabricante, de las normas de correcta fabricación del principio activo.

Esto, lógicamente, ha causado mucha controversia. Por una parte, como es habitual en los casos frecuentes que esto se da, por la problemática para la salud pública que ello supone. Pero también, porque se trata de un medicamento cuyo precio se ha ofertado a la baja, y provoca bastantes suspicacias. De hecho, ya salió algún farmacéutico indignado con tal circunstancia  que abundaba más en sus razones contra este procedimiento de selección de medicamentos.

Pero, días más tarde, se anuncia la retirada de otras marcas del mismo medicamento genérico, comercializado por otros laboratorios que no entraron en el tema de entrar en el tema de las subastas. Y cuando se profundiza en el origen del problema, se ve que ni el laboratorio que ganó el concurso, ni el resto de los que se han visto obligados a retirar el medicamento, eran los fabricantes del mismo, sino una empresa de Corea del Sur. Y uno se pregunta, ¿qué coño pasa aquí?

Cada día se dispensan montones de cajas de medicamentos en las farmacias españolas, de un mismo principio activo, con cajitas diferentes por fuera. cada día, los pacientes reprochan que las farmacias tengan diferentes cajitas de colores, que los confunden , en especial a los más vulnerables por su formación o estado de salud. Y no son solo cuestiones comerciales de las farmacias, sino la imposibilidad de gestionar adecuadamente y disponer de un sinfín de marcas comerciales de genéricos, toda una contraindicación e incompatibilidad real.

El estado mira y ha mirado a otro lado, porque trinca. Trinca las tasas por dar de alta a esos medicamentos. Para el resto de la cadena, es un horror: para los médicos, para los farmacéuticos y para los pacientes. Se diga lo que se diga.

Hay una falta de transparencia en todo el proceso. Mucho laboratorios de genéricos actúan como almacenes de distribución interpuestos, nos hacen el “trile” con su cajita de colores. ¿Por qué no normalizar las cajas de cada principio activo? Quizás sea porque a los grandes depredadores de esta cadena trófica, laboratorios y administración, no les interesa, por la consideración del medicamento como un bien industrial en lugar de un recurso terapéutico. Dependiendo de donde pongamos el fin último, así resulta luego todo.

El último eslabón, el paciente, interesa poco. En todo caso, interesa a eslabones intermedios bastante débiles: médicos y farmacéuticos (y entre estos últimos no a todos los actuales).

Creo que va siendo hora de que se pongan todas las cartas sobre la mesa y cese la hipocresía y la doble moral de la administración sanitaria.

Y los farmacéuticos deberíamos denunciar eso y ganarnos nuestro espacio, como defensores de los pacientes en materia de medicamentos. Para ello, necesitamos generar nuestros honorarios de forma independiente a cualquier transacción económica comercial. Mientras tanto, no es que miraremos hacia otro lado, es que no levantaremos la cabeza del suelo.

Como en las películas sobre pirámides egipcias, estamos en una trampa, en la que las paredes se van juntando cada vez más y corremos el riesgo de morir aplastados. Que cada cual sepa lo que quiere hacer.dónde quiere estar y cómo quiere actuar.

K.O.L.

 

K.O.L.Recientemente estuve en la presentación de una novela, K.O.L. Líder de opinión, del médico Federico Relimpio Astolfi, editada por Anantes, el mismo sello que me editó Aquel viernes de julio. Aunque no la he leído aún, las referencias a su calidad literaria son magníficas y estoy deseando zambullirme en sus páginas.

K.O.L. trata de las oscuras relaciones entre el mundo de la medicina, que atañe especialmente pero no solo a los médicos, y la industria farmacéutica. La presentación fue magnífica, con brillantes oradores que glosaron la obra y un discurso lúcido del propio autor de la obra, que reflexionaba de una forma crítica, incluyéndose él mismo en ella, acerca del tema central de la obra.

Puedo decir que me gustaron mucho las palabras de todos, especialmente las del autor. Tanto, que me invitaron a hacer mi propia reflexión sobre el tema, desde mi sesgo de farmacéutico comunitario, un profesional cuyos honorarios profesionales vienen, no de una labor asistencial, sino de la dispensación de esos productos farmacéuticos.

El mundo del medicamento es tremendamente costoso, por diversas causas:

En primer lugar, por la medicalización de la sociedad, que pretende un medicamento, como solución rápida, para cada cosa que cree que no está bien. Alucino cuando veo a personas queriéndose gastar unas buenas decenas de euros para evitar que se le caiga el pelo, para retrasar el envejecimiento, para adelgazar sin una dieta específica, etc. Esto tiene una profunda carga social, cuya trama se enreda con otros aspectos de la vida que llevamos, y para la que el tema del medicamento no es nada más que la puesta en escena en materia sanitaria, de esta manera de estar en el mundo que tenemos los seres humanos, a principios del tercer milenio de nuestra era.

En segundo lugar, por el cuestionable precio de muchos medicamentos. A pesar de que muchas veces son el arma terapéutica más económica para combatir la enfermedad, resulta cuanto menos desconcertante, ver su precio cuando la patente se pierde.

Y en tercer lugar, por la ausencia de profesionales independientes que hagan de contrapoder. Profesionales que se constituyeran en salvaguarda de los pacientes y que, integrados en los equipos de atención sanitaria, se encargasen de colaborar en la máxima efectividad y seguridad de los tratamientos necesarios, y que contribuyesen a la desmedicalización de la sociedad. Es decir, que estuvieran al otro lado de la cadena diagnóstico- pronóstico- selección del tratamiento, junto al paciente, para asegurar que lo que se pensó está ocurriendo realmente. Porque no hay medicamento que garantice un resultado óptimo por sí mismo, y porque en un paciente polimedicado, los resultados de los medicamentos no son el resultado de los sumandos sino que es algo más complejo, por compartir vías de metabolización medicamentos que sirven para cosas muy diferentes.

Siempre soñé que el farmacéutico pudiera ser ese profesional que colaborase en desentrañar la complejidad farmacoterapéutica de los pacientes polimedicados actuales. Pero para ello, habría que estar al margen de todo interés comercial por un lado,  e involucrados de forma real en obtener el máximo beneficio de los tratamientos. Los farmacéuticos de atención primaria podían haber sido, pero se han dedicado a tareas menores; los farmacéuticos comunitarios también, pero no se despegan o no quieren despegarse del margen comercial, es decir, quieren seguir dependientes de la cadena económica del medicamento.

Me encantó la capacidad de autocrítica de una profesión con la autoestima alta como es la de la medicina. La envidio, porque dudo mucho que los farmacéuticos expusieran en público sus miserias como hicieron los médicos que intervinieron. Es más, ya se sabe quien ejerce la crítica interna solo recibe aislamiento.

Recomiendo a quien haya llegado a leer hasta aquí que compre la novela. Es un tema muy interesante. Hay un autor detrás con una honestidad que le trasmina por los poros. Y sobre todo, lo más importante de una novela: que está muy bien escrita.

REFLEXIONES PROFESIONALES A PRINCIPIOS DE AÑO

avestruzComienza 2013 con una imagen que bien pudiera ser una escena de una película del agente 007. Esa instantánea podría ser la del famoso espía encerrado en un cubículo sin ventanas, de techo bajo, también sin orificio alguno, en el que se ha desencadenado un mecanismo por el que las paredes se mueven hacia el interior, poco a poco, dejando el espacio en el que se desenvuelve el célebre servidor de Su Majestad británica cada vez más pequeño. Ya los brazos no pueden soportar el empuje de la maquinaria, las extremidades no responden y el héroe va a morir aplastado en unos instantes.

El problema es que esto no es una película, ni quien está dentro goza de la inmunidad de imaginativos guionistas que salvan in extremis a Mr Bond. En medio de la cada vez más estrecha habitación está la farmacia y quienes presionan las paredes, cada cual a su estilo, son el Partido Popular por un lado, y el Socialista por otro. El motor destructor del primer partido se llama liberalización, y el del segundo subastas. Lo peor de todo no es esto, sino que quien está dentro, lejos de ser una leyenda cinematográfica, es un colectivo sin visión de futuro, servil, y que se ha dejado manejar por unos dirigentes sin altura de miras, acobardado, que ha sufrido una enfermedad que cursa con miopía, síndrome de imprescindibilidad y ausencia absoluta de capacidad de análisis de la realidad. Y la película por tanto, más que una policíaca, parece un melodrama que puede convertirse en un film gore, en el que en breve saltarán a la pantalla todas las vísceras de la profesión.

Para entender esto, quizás hay que remontarse a nuestra historia. Hubo un momento en el que la profesión farmacéutica era imprescindible, porque su valor residía en el conocimiento. En el conocimiento para saber cómo elaborar un medicamento; en su conocimiento botánico o geológico, para diferenciar los productos naturales con beneficio terapéutico de los que no lo tenían, o de los tóxicos; en su conocimiento para darle la forma farmacéutica adecuada al fármaco para poder ser utilizado por el ser humano. La revolución industrial mecanizó los procesos y separó la investigación y fabricación por un lado, y la dispensación por otro. Hubo farmacias que se especializaron en lo primero, y con el paso del tiempo dieron lugar a la industria farmacéutica, y las farmacias se convirtieron en establecimientos para dispensación, con los matices particulares que se les quiera dar.

La fortaleza de los farmacéuticos de las farmacias pasó a basarse en los medicamentos que dispensaban y la industria creció y desarrolló cada vez más medicamentos.

Tras la segunda Guerra Mundial, ese desarrollo de medicamentos, y la Declaración de los Derechos Humanos, entre los que se incluía el derecho a la salud, dio lugar en Europa a los sistemas sanitarios públicos, que incluyeron a los medicamentos como parte imprescindible de sus prestaciones. Esto hizo que la farmacia viviera en los años siguientes una época gloriosa en lo económico, que coincidió con su fase más desprofesionalizada. Y a ella acudieron a ejercer personas más interesadas en ejercer el comercio minorista de productos, los medicamentos, que profesionales sanitarios. Y ya se sabe de la mentalidad conservadora y cortoplacista del pequeño comercio.

A pesar de todo, en España se produjo una organización de la estructura farmacéutica interesante. La unión de la propiedad de la empresa y la responsabilidad sanitaria, la imposibilidad legal de poseer más de un establecimiento y las distancias mínimas entre estos, ha producido una red social de enorme valor. En los barrios más deprimidos de las ciudades y en no pocas pequeñas poblaciones, el farmacéutico era, y aún lo es y lo seguirá siendo, el único profesional universitario que atendía a esa población en su mismo hábitat de vida. Además, la organización de la distribución de medicamentos mediante cooperativas farmacéuticas, agrandaba más todavía el valor social de la farmacia. Fueron unos años dorados, favorecidos por una oportunidad de mercado, que no del valor del conocimiento, los que se dieron: muchos medicamentos, cada vez más caros, pagados por el estado y con la única responsabilidad de la dispensación. Pero, como en todas las oportunidades en las que obran las circunstancias y no el mérito, llega un momento en el que se acaba el periodo de las vacas gordas. Aparecieron los genéricos, la necesidad de controlar un gasto cada vez más disparado como consecuencia de la medicalización de la sociedad, y se puso la mira en una profesión a la que se le discutía el valor añadido que daba al proceso de atención sanitaria.

Paralelamente a esto, esa medicalización a la que aludía, en la que el medicamento había desplazado a la adquisición de hábitos de vida saludables como factor de prevención, produjo la aparición de  problemas de salud originados en el ineficiente uso de los medicamentos. Otros países demostraron que el medicamento como entidad diagnóstica de un problema de salud, era el responsable de unos costes económicos, sanitarios y sociales, que doblaban los que las sociedades invertían en medicamentos. Las muertes ocasionadas por los medicamentos multiplicaban por seis la de los accidentes de tráfico. Pero había algo que era aún más interesante para la profesión: si se incluían farmacéuticos en el equipo sanitario, para gestionar de forma integrar la farmacoterapia, con el objetivo de disminuir el problema, se producían unos ahorros que cuadruplicaban la inversión en la implantación de estos servicios. Se producía así una oportunidad de reprofesionalización de los farmacéuticos y de volver a traer el poder desde los productos al conocimiento.

Una parte importante de la profesión quiso asumir el reto de disminuir la morbi- mortalidad asociada al uso de los medicamentos, pero la mayoría acabaron cansados. Cansados de no encontrar un sistema de remuneración justo, acorde a las responsabilidades que se contraían con pacientes con enfermedades bastante serias; cansados de la corporación farmacéutica, que si no se convertía en dinamitadora de cualquier actuación profesional que alejase del café para todos, pasaba querer capitalizar cualquier camino que pudiera conducir. Lo que no se sabe qué es peor.

Y en estas seguimos. Una parte importante de la profesión sigue aspirando a cambiarla, a que el farmacéutico sea un profesional de la salud responsable de optimizar los resultados de la farmacoterapia. Otra parte, prefiere continuar igual, no se sabe si dejando morir la profesión para saltar del tren en marcha unos minutos antes de que caiga por el precipicio, o agachando la cabeza esperando que algún día cese la refriega y todo vuelva a su cauce. Lo triste es que la gran mayoría no hace nada, ni por lo uno ni por lo otro. Y ya se sabe desde hace tiempo que quienes más daño hacen son los tibios e indecisos.

Son tiempos duros. De Guindos está al acecho. Los ejemplos de Güemes, de rato y de Esperanza Aguirre cobrándose sus contribuciones a la desregulación de activos esenciales del sistema público, no alientan precisamente a que el señor de Guindos sea en unos años presidente español de una súper cadena farmacéutica. Si pasa eso, seguirá habiendo necesidad de farmacéuticos buenos profesionales, para que resuelvan la tragedia de salud pública que producen una medicación no tan segura como otros quieren creer. Pero tampoco será porque veinte años de amagar y no dar con la Atención Farmacéutica no daban para haberle dado la vuelta a la tortilla.

El mundo del medicamento tiene demasiados intereses como para permitir que la gente honesta abra nuevos caminos. Aun así, alguien tendrá que hacerlo. Y lo hará, aunque no sabemos la destrucción que se producirá en este campo de batalla.

Habrá muchos culpables de lo que está pasando. Pero si no se empieza por ver qué es lo que podríamos y podemos hacer mejor, nunca llegaremos a una solución. Si no nos hacemos las preguntas correctas, aunque duelan, nunca llegarán las respuestas que se necesitan.

UN EURO POR RECETA: UNA FILOSOFÍA DE SANIDAD Y DE ESTADO

Publicado en Diario de Sevilla 9/noviembre/2012

En una demostración de las muchas similitudes que tienen los gobiernos conservadores españolistas y catalanistas, el Partido Popular que gobierna en la Comunidad de Madrid, ha decidido copiar la medida impuesta hace meses por Convergencia i Unió en la Generalitat de Catalunya, de imponer a los usuarios de la Sanidad pública el pago de un euro por receta. Según el nuevo presidente de los madrileños Ignacio González, se trata de medida disuasoria y no recaudatoria, aunque prevean el ahorro de 83 millones de euros para las arcas. Hasta ahora, nadie ha relacionado estos ingresos con las deducciones fiscales que supondría el proyecto Eurovegas en Madrid, que la Plataforma “Eurovegas no” estima, entre deducciones y ahorro de IBI, de 905 millones de euros en diez años.

El euro por receta, más allá de otras consideraciones y conjeturas, introduce, al igual que el copago/repago, una penalización por enfermedad, que incide, una vez más, como otras medidas que ha impuesto el Partido Popular, sobre las capas más desfavorecidas de la sociedad, que son además las que padecen más la enfermedad.

Penalizar la enfermedad es una carga de profundidad contra una sanidad no exenta de muchas deficiencias, pero que había supuesto una conquista social que ahora está en peligro. Que un Estado decida tener un sistema sanitario público, universal y gratuito, significa un acuerdo, por el que los ciudadanos asumen que ninguno de los que constituyen esta comunidad va a dejar de tener acceso a la salud, con independencia de su condición económica o social. Esto es una decisión política, de protección de unos a otros frente a la enfermedad, y que nace como consecuencia de que el derecho a la salud se convierta en un aspecto esencial de la carta de los Derechos Humanos. Pero además, se ha visto que hacerlo desde una atención primaria fuerte, en la que el medicamento es uno de los recursos terapéuticos básicos, es mucho más barato y eficiente. El medicamento es el recurso terapéutico más económico para abordar la enfermedad, y si se utiliza de forma adecuada, evita ingresos hospitalarios, utilización de dispositivos sanitarios mucho más costosos y costes sociales enormes, como las bajas laborales o jubilaciones anticipadas por enfermedad. Que existen medicamentos, financiados por el Estado y de más que dudosa utilidad terapéutica, está fuera de toda duda, y por ahí, en cuanto a una política racional de financiación de medicamentos, podría haber mejoras sustanciales de eficiencia. Pero una vez más, como con el tema de los desahucios por impagos hipotecarios, el gobierno ha decidido ponerse del lado de las grandes empresas, en lugar del de los ciudadanos que los auparon al poder.

Introducir esta tasa al consumo es un ataque frontal a la Salud Pública y supone continuar en la senda de sustituir un sistema sanitario público y universal, financiado a través de los impuestos, por un modelo similar al de los seguros privados, en la línea de los nuevos hospitales de Madrid y Castilla La Mancha, de gestión privada pero integrados en el sistema público, en el que el Estado pasa de ser garante a cliente. El resultado sin duda será el de tener que aumentar el porcentaje del PIB dedicado a sanidad, lo que se venderá como un avance, cuando en realidad constituye un derroche del que se resentirán otras políticas sociales necesitadas de financiación. Porque si el sistema sanitario español ha dedicado menos porcentaje de PIB a sanidad lo ha sido por su calidad y eficiencia y no por racanería. Y lo que necesita un sistema sanitario como el español es invertir más en recursos humanos, modernizar más su modelo de atención sanitaria, atendiendo a la complejidad que supone el abordaje de los pacientes crónicos y polimedicados, que son los que implican mayor necesidad de recursos a emplear.

Insistir en este tipo de medidas no significa únicamente castigar al que más necesita y menos puede pagar, con las consecuencias sobre el bolsillo de todos que esto implica. Significa también no abordar de frente el tema de la financiación pública de medicamentos. Significa dar la espalda a la opinión de los profesionales implicados, que conocen muy bien el problema, puesto que lo sufren a diario junto a los pacientes. Significa, en definitiva, un modelo de gobernar a espaldas de los ciudadanos y a favor de medidas cortoplacistas y de los grandes poderes económicos. Una forma de hacer las cosas en las que se culpabiliza al ciudadano y sus abusos de la crisis de este país. Mientras tanto, después de que muchos pierdan sus casas, sus trabajos y sus empresas, el Estado financia y rescata con dinero público, español o europeo, las malas prácticas empresariales privadas que nos han llevado hasta aquí.

Un Estado que castiga a los más débiles supone un retroceso social que nos lleva a tiempos pasados, y en esto perdemos todos. Por ello no es casualidad que haya quien discuta precisamente eso, la conformación del propio Estado y se evidencie la necesidad de acercar los órganos de decisión a los ciudadanos. Con el peligro emergente de que, al igual que algunos tratan de romper lo conseguido en lugar de reformarlo, se está alimentando a que otros traten de hacer lo propio con el modelo democrático de convivencia, que tanto tiempo y de manera tan imperfecta, hemos tardado en conseguir.

COPAGO FARMACÉUTICO: RETRATO DEL DESCONOCIMIENTO Y SUS CONSECUENCIAS

Estamos a escasos quince días de la aplicación del Real Decreto 16/2012 de medidas urgentes para garantizar la sostenibilidad del sistema nacional de salud. A pesar de que la intención del gobierno es que el 1 de julio, todavía no se ha generalizado en la población la consciencia de que muy pronto su aportación a la sostenibilidad del sistema, valga la repetición, va a aumentar. Va a aumentar, porque el sistema nacional de salud no era gratis antes, ni mucho menos. Lo pagábamos a través de nuestros impuestos, que de forma proporcional a nuestros ingresos económicos, a través del Impuesto de la Renta sobre las Personas Físicas. Por tanto, aunque no era gratis, sí que era un sistema solidario, además de universal. Lo primero de todo que introduce el Decreto, y probablemente lo más grave para todos, es la pérdida de su universalidad, al dejar fuera de cobertura a los inmigrantes que residen de forma ilegal en nuestro país. La salud no es algo que entienda de fronteras y dejar sin asistencia a personas que están enfermas y no pueden pagarla, se volverá contra nosotros. La salud de cada habitante de un país no depende solo de lo que cada cual pueda cuidarse, sino que tiene que ver con la de los otros que viven en el mismo espacio. Por decirlo de otro modo, el más rico del Congo, si es que vive en el Congo y no se ha fugado, no tiene más esperanza de vida que cualquier habitante de nuestros barrios más humildes, gracias a que nuestras políticas de salud pública han sido, al menos hasta ahora, muy diferentes a las que han desarrollado los gobiernos del Congo. En referencia a los medicamentos, el asunto no tiene gravedad menor. Las preguntas son muy variadas: ¿Por qué introducir una tasa al consumo de medicamentos? ¿A quién se le está echando la culpa del exceso del gasto? ¿Por qué no seguir garantizando la universalidad realizando un mayor aporte a Sanidad de nuestro PIB, aporte que es de los más bajos en Europa? ¿A dónde va a ir ese esfuerzo que no se quiere hacer en Sanidad? No hay ningún estudio que demuestre que el copago farmacéutico disminuya los costes de la atención sanitaria (otra cosa es la explicación contable de la posible disminución de ese epígrafe, que luego puede venderse en los medios de comunicación amigos como ejemplo de éxito de una política determinada, que baja por un lado y se incrementa enormemente en otro apartado). En cambio, sí que hay estudios que indican las desigualdades que genera el copago. No se puede negar que nuestro sistema sanitario está hipermedicalizado, y que la consecuencia de ello es un aumento del gasto farmacéutico evitable, y la aparición de muchos problemas que generan costes importantes, derivados de esa polimedicación. Pero, si no se entiende esa hipermedicalización en el contexto de nuestras opulentas y débiles sociedades de los llamados países desarrollados, difícilmente se entenderá el origen último de lo que está pasando. La medicalización es una respuesta rápida, fácil, que requiere un mínimo esfuerzo por parte de quien lo usa, y evita sufrimientos como los engorrosos cambios en los estilos de vida. Es más rápido tomarse un antihipertensivo todos los días que bajar diez kilos de peso, evitar el consumo de sal o alcohol, o incluso hacer ejercicio físico que deje nuestro coche en el aparcamiento. Y esta fast solution tiene parangones en la fast food, en el fast way of life en el que vivimos, corriendo como pollos sin cabeza hacia no se sabe dónde. Limitar el acceso a los medicamentos mediante una tasa dificulta el acceso a quien menos tiene, y como salud y pobreza están íntimamente ligados, perjudicará más a las capas más desfavorecidas de la sociedad. Pero aún más triste es que cuando limitamos el acceso a medicamentos, estamos dificultando el recurso terapéutico más barato para abordar las enfermedades. Por muy mala fama que tengan los medicamentos, no hay nada más económico que tratar problemas de salud con fármacos. Limitar el acceso a, por ejemplo, antiulcerosos, podría aumentar la incidencia de ingresos hospitalarios por hemorragia digestiva o las cirugías de estómago. ¿Cuánto cuestan estos procedimientos, la estancia hospitalaria y sus consecuencias, es solo demagogia? Dificultar el acceso a antihipertensivos puede aumentar la incidencia de accidentes cardiovasculares, jubilaciones anticipadas por enfermedad y sus costes asociados, o pensiones de viudedad, etc, etc. No hay que limitar el acceso a los medicamentos y sí hay que gestionar muchísimo mejor este recurso terapéutico y todos los demás disponibles. Una sanidad más eficiente es posible sin que tengan que sufrir las consecuencias de estas políticas erráticas, que no solo son hambre para mañana, sino que ni siquiera son pan para hoy. La gestión integral de los medicamentos, para optimizar los resultados de los mismos, es algo esencial para disminuir los costes sociales y económicos de la hipermedicalización, y no lo es poner una tasa que solo conduce a aumentar las desigualdades en salud. La apuesta por una atención primaria multidisciplinar, centrada en el paciente y no en los medicamentos, es hoy más necesaria que nunca, si queremos introducir criterios reales de eficiencia al sistema público, sin que pierda su universalidad ni su solidaridad entre quienes compartimos un mismo espacio vital. El copago farmacéutico es el fiel retrato del desconocimiento de los políticos que nos vienen gobernando los últimos años, atrapados por unos gerentes analfabetos en lo que se refiere a aspectos esenciales de la cuenta de resultados, como los que generan la solidaridad y la universalidad de los servicios básicos, sean sanitarios, educativos o sociales. Unos tipos que no entienden el Estado como un lugar de encuentro para los ciudadanos, sino que lo conciben como la macro- empresa España S.A. Nuestro sistema sanitario tiene muchísimos aspectos por mejorar, entre ellos el aprovechamiento de los profesionales que colaboran en él, machacados por estas políticas erráticas y siguientes perjudicados, tras los pacientes. Y el caso de los más de cuarenta mil farmacéuticos que dispensan medicamentos, es el vivo ejemplo del desaprovechamiento para funciones que demandan a gritos en beneficio de los pacientes y de un sistema sanitario que se desangra entre la incompetencia y la falta de voluntad política. Pero el camino por el que nos estamos conduciendo en la actualidad continúa en una cuesta abajo, cuya pendiente no hace sino aumentar, con el peligro de la caída en picado a la que estamos abocados de continuar así.

DEBATE SOBRE LA FORMACIÓN ASISTENCIAL DEL FARMACÉUTICO

El pasado 2 de marzo de 2012 intervine en una mesa de debate, en el marco del XV Congreso de OFIL, sobre la formación asistencial del farmacéutico. El moderador, Borja García de Bikuña, organizó el debate en torno a tres preguntas. Los ponentes fueron Wanda Maldonado, Decana de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Puerto Rico,  Leida Barrios, Decana de la Facultad de la Universidad de Panamá, y yo mismo.

Aquí dejo mis contestaciones a las preguntas, sobre mi opinión acerca de la formación asistencial del farmacéutico en España

¿Cuál cree usted que son los puntos fuertes y débiles de la formación asistencial del farmacéutico en su país y por qué?

 

En mi opinión, la formación asistencial del farmacéutico en España es inexistente, porque solo se basa en la buena voluntad de un profesional, que cuando adquiere la titulación profesional no ha recibido formación asistencial alguna, y para la que después no hay titulación reglada, que garantice que la práctica asistencial se ejerce de una forma concreta, siguiendo un proceso racional de toma de decisiones, para garantizar unos objetivos concretos que la sociedad requiere y demanda de ese profesional.

No podemos olvidar que una titulación profesional oficial, garantizada por el Estado, es una garantía jurídica. En España hay leyes desde 1997 que obligan al farmacéutico a realizar el seguimiento de los tratamientos farmacológicos de los pacientes. De esta práctica asistencial se habla además en la ley de regulación de los profesiones sanitarias de 2003 y en la de garantías y uso racional del medicamento de 2006. Sin embargo, en ningún momento se ha hecho esfuerzo político alguno para desarrollar lo que era, según se mire, o buenas intenciones o, en un país tan taurino como este, un brindis al sol pleno de intencionalidad política en el peor sentido de la palabra.

Los ciudadanos españoles pueden sentirse estafados por los políticos, que no han desarrollado una legislación que garantice que se ejercen y se enseñan prácticas asistenciales que evitarían el sufrimiento y muerte, evitables en muchas ocasiones, que produce una farmacoterapia muchas veces mal indicada, poco efectiva, a menudo insegura y también mal utilizada.

Pero también pueden sentirse engañados por una Universidad que no forma en excelencia al 70% de sus estudiantes farmacéuticos, los que se orientan a actividades asistenciales. La Universidad no cumple la demanda de las leyes que hablan de los requisitos que debe cumplir un farmacéutico asistencial, hace oídos sordos a ello, y con el dinero de los contribuyentes sigue orientada a su pura endogamia, a estar pendientes de ellos mismos en vez de tener en cuenta lo que necesita la sociedad.

Además, los profesionales farmacéuticos tampoco hemos tratado de corregir hasta ahora lo que la Universidad no ha dado en la formación asistencial. No se han movido por tener una formación posgraduada reglada fuera de la Universidad, tal y como otros profesionales tienen con las especialidades, reguladas por el Ministerio de Sanidad. Han preferido dedicarse a defender de forma gremial algo que está dejando de tener sentido, y les ha faltado valor para afrontar el futuro de la única forma que se puede afrontar, que es siendo sensibles a lo que la sociedad necesita de ellos en un mundo cambiante.

La buena formación asistencial para el farmacéutico en España es anecdótica. El gran problema ha sido que se ha discutido y se ha discutido….pero de espaldas a la sociedad y mirando cada cual a su propio ombligo o a su propio ego, cuando no se ha despreciado o se ha ninguneado, pensando que el problema de los farmacéuticos asistenciales es que son científicos de segunda o tercera división.

Por tanto, y para concluir. No existe formación asistencial para los farmacéuticos, para desgracia de los pacientes, de nuestro sistema público de salud y para los propios farmacéuticos.

¿Cuál cree usted que debe ser la función de la Universidad respecto a la formación asistencial del farmacéutico y por qué?                                       

 La Universidad en España ha perdido una oportunidad irrepetible con el desarrollo del Documento de Bolonia. Ha sido trágico para el 70% de sus alumnos, que luego se orientan a actividades asistenciales, y lo ha sido para ser profesionales competitivos en Europa respecto a otros farmacéuticos.

El Documento de Bolonia no se supo entender. Se pensó que el grado era un paso atrás al compararse con la licenciatura, y se quiso equiparar el grado a la licenciatura, lo que ha sido un gran error. Y la realidad de lo que se pretendía era que lo que capacitase para trabajar era el grado de Master, ya con la orientación profesional adecuada. Esto ya no es posible, y tenemos unos graduados que deben hacer más cursos que sus coetáneos europeos, con una formación que no capacita para la actividad asistencial, y unos Masters impartidos por profesores de las Facultades, que no tienen ni idea de en qué consiste la función asistencial del farmacéutico.

Se perdió la oportunidad de hacer un grado generalista y luego un Master de dos años orientado a las distintas salidas, obligatorio para ejercer profesionalmente, y lo que se ha hecho es lo que suele hacer la Universidad española, llevar hasta sus últimos extremos la máxima de Lampedusa, de cambiar todo para que nada cambie. Eso, además, con el dinero de los contribuyentes, como dije anteriormente. Un dinero que no es de nadie, por lo que parece, un dinero que no sirve a la sociedad sino a los intereses particulares de los que se reparten la tarta de la docencia.

Se ha tirado por la borda una generación de profesionales que siguen sin acceder a un tipo de formación transformadora para su actividad asistencial.

Después, nadie puede extrañarse por lo que pasa ni rasgarse las vestiduras.

La Universidad debería formar también farmacéuticos asistenciales, al igual que puede formar farmacéuticos de otro perfil más tradicional. Con las posibilidades que daba el Documento de Bolonia no tendría por qué excluirse ni sentirse excluido nadie, pero ahora eso no es posible, y pasarán muchos años antes de que esto pueda ser posible.

Y la solución es tremendamente difícil. Los farmacéuticos de hospital crearon una especialidad para equipararse a los médicos. Eso se consiguió por sus méritos y porque estaban dentro del sistema. Si no es dentro del sistema, difícilmente podremos generar una especialidad. Si no nos quitamos las pesadas etiquetas del dónde trabaja usted, los farmacéuticos seguiremos perdiendo.

Hasta que quienes tengan capacidad de transformar no sean gente que mire más allá de su propio ombligo, habrá poco que hacer. La grandeza de miras ha sidoun bien escaso en España.

¿Considera usted que la formación reglada es competencia exclusiva de la Universidad y por qué?

Creo que no es así en otras profesiones asistenciales, y que los farmacéuticos deben seguir las mismas pautas que otras como la medicina o la enfermería, con las que debería aspirar a equipararse. La formación reglada en España necesita que no sea exclusiva de la Universidad, porque, o cambia de verdad, lo cual es tarea ingente, o sería un atraso para la profesión.

Las profesiones que trabajan con pacientes deben aprenderse también con profesionales con experiencia contrastada y acreditada, que desarrollan un proceso de formación reglada para adquirir un título de especialista. Eso no se hace en la Universidad, sino en establecimientos sanitarios. Y para poderse hacer esto, el sistema público de salud debería reconocer que esta práctica es posible y es útil para la sociedad. Esto en España no se ha demostrado suficientemente, aunque en otros países sí. Se podría probar con alguna experiencia, o aceptar los resultados de otros para probar. Así se han instaurado muchas tecnologías sanitarias en este país, pero, claro, no las traían farmacéuticos.

Hoy en España estamos inmersos en un nudo gordiano en el que no hay formación reglada universitaria o no universitaria en la actividad asistencial del farmacéutico, que entiendo que es un proceso racional por el que se identifican todas las necesidades farmacoterapéuticas de los pacientes, y se trabaja porque esas necesidades se cubran con medicamentos que se utilizan adecuadamente como para alcanzar las máximas cotas posibles de efectividad y seguridad.

Hoy  estamos ante la pescadilla que se muerde la cola. Y lo único que se nos ocurre al verla, es llorar y lamentarnos porque está así, o echarle la culpa al de al lado de que la pescadilla se haya mordido la cola. Necesitamos que alguien con capacidad para ello, se acerque a la pescadilla y le saque la cola de la boca, sin esperar a que le muerda.