CON PINZAS

Que España está cogida con pinzas, no me cabe duda. Y de la ropa, como aparecen en esta terraza el Niño Jesús y una bandera que nunca conoció.

Hay quienes hasta ahora han monopolizado la palabra España, en relación a unos intereses, ideales o creencias particulares de su grupo, mientras que otros han repudiado dicha palabra, por una parte rechazando ese concepto al ser contrarios a sus intereses, ideales o creencias, y por otra, aceptando la monopolización quienes se la apropiaron.

Mientras tanto, España se resquebraja, se rompe como dicen los que acapararon su nombre, y no tanto por la posibilidad de un desmembramiento territorial―las armas y el poder económico que las sustentan están del lado de ellos―, sino por el rechazo que supone pretender imponer para todos su modelo de España, un modelo a medida, fabricado en una exclusiva sastrería.

España se agrieta, se cuartea en sus cimientos esenciales, y en Cataluña se ha descubierto un modelo de resistencia contra el que no pueden vencer las armas, por más lenta que sea la victoria. Una victoria, dicho sea de paso, que puede suponer la derrota de todos, por no saber encontrar un modelo en el que quepamos, que no nos fuera ajeno, ya que la integración, la aceptación por vías diferentes a las utilizadas aquí de forma tradicional, tiene que ser el referente que marque el sentido de pertenencia a una nación.

Los resultados electorales en Cataluña, creo, no dejan atisbo a la duda. Si ha obtenido más votos una fuerza constitucionalista conservadora se ha debido a que entre los conservadores los matices ideológicos pesan menos que en la izquierda, y el voto, y el rechazo a la violencia del referéndum impuesta por nuestro torpe gobierno estatal y suss encarcelamientos, se ha reunido en torno al partido con más posibilidades de ganar. Habría que reconocer que con la Ley D’Hont vigente, una alianza similar a la que reunió a Esquerra Republicana con el partido de Puigdemont hubiera arrasado. Sin embargo, la nueva situación que ha aparecido tras los comicios y los mensajes que se escuchan, no dan mucho pie a la esperanza de que todo se enquiste, se corroa y pueda acabar a la manera tradicional española, esa de la que aparecieron las primeras dosis en algunos colegios electorales el día del referéndum ilegal. ¿Hacia dónde ir?

Una vez más deberíamos reconocer que quienes tienen la llave de progreso son los mismos que la han poseído siempre, la derecha. Hasta que no consigamos que las fuerzas conservadoras de este país caigan en la cuenta de que un modelo federal y republicano es la única salida para España, las opciones serán la ruptura o las armas, es decir, volver a 1936, al siglo XIX o incluso al XVIII.

Hasta que no aceptemos que una república es un modelo de convivencia democrático en el que cabemos todos, y que no hay mayor democracia que aquella en la que tengamos la posibilidad de elegir, y de hacer caer, a todos y cada uno de los puestos de responsabilidad de gobierno, y que a ello pueda aspirar cualquier persona, piense lo que piense, nazca en un pesebre o en un palacio; hasta que no reconozcamos que nadie es inviolable en el delito, ni que por su mero nacimiento debe arrogarse el derecho de regir destino alguno de los ciudadanos; hasta que no admitamos que España es un compendio de naciones, que no necesariamente se corresponden con las autonomías que reconoce la Constitución de 1978, naciones entendidas como singularidades culturales también impregnadas por otras singularidades y culturas; hasta que no seamos conscientes de que un estado es un modelo de convivencia entre ciudadanos y naciones, y que su unión depende de que dichos ciudadanos y naciones puedan desarrollarse en plenitud, sin acaparar unas a otras, sin parasitar las riquezas de un lugar para llevárselas a otro; hasta que no entendamos que si Europa no ha adquirido mayor sentido y plenitud, ello se ha debido a la resistencia de los actuales estados que la componen a la integración, y que constituir un modelo europeo basado en sus pueblos no solo no va contra Europa sino que sería el único camino a su desarrollo integral, y que no hay internacionalismo mayor que el que respeta sus naciones y pueblos, y los une en un proyecto común; hasta que todos no asumamos en paz este concepto, sin que las armas condicionen o atemoricen, sin que se utilicen contra sus propios pueblos, no tendremos más remedio que recorrer un doloroso y larguísimo camino, que nos puede llevar de nuevo hacia ninguna parte antes de que nuestros descendientes, si es que los hay, dado el peligro que cierne sobre nuestra especie por su insostenible modelo productivo. No habrá España si España no es motivo de orgullo para todos. Y cada vez estamos más lejos, porque quienes gobiernan y quienes sostienen su particular modelo, día a día lo ponen más difícil. Pero, nos guste o no a quienes pensamos diferentes, son tan parte del pueblo como nosotros. Y se pueden destruir personas, pero no a las ideas, porque las personas pueden morir, pero las ideas perviven y evolucionan, y vuelven a emerger.

España, la España que representa la foto, está cogida con pinzas. Pinzas de la ropa, esas que pierden lo que sostienen al menor viento que aparezca. En las manos de verdaderos patriotas está crear un nuevo modelo, republicano, federalista y laico, en el que quepamos todos. Si lo aceptamos, estaré de su lado; si no, no tendré más remedio a colaborar desde el sur en el camino que se ha iniciado por el este. Los resultados electorales de Cataluña nos han señalado el camino. O encontramos un modelo para todos, o ninguno cabremos. Ojalá esta vez seamos capaces de dar una lección positiva, por nosotros, por Europa y por la humanidad.

Anuncios

SOBRE NACIONES Y ESTADOS

Un atrevimiento inexperto, una opinión, de alguien que necesita decir algo en días como estos

La hipótesis de la que parto es la de que una nación   es un territorio que agrupa a una población a la que le vincula una cultura común. Una nación, por tanto, se conformaría a lo largo de la historia, de ahí que no me quepa duda de que Andalucía lo es, al igual que no es la única en la Península Ibérica: lo son Portugal, Castilla, Cataluña… y no me extiendo más para que cada cual cierre la lista.

Un estado es, en la hipótesis de la que parto también, una entidad política, que agrupa a una o más naciones en función de dicha organización estatal colme o no las aspiraciones de las diferentes naciones que la conforman, esto es, que otorguen a sus ciudadanos un mayor grado de bienestar por su vida en común, y es por eso que a los estados no se les puede otorgar la cualidad de históricos, puesto que han cambiado a lo largo de los siglos. De hecho, la conformación del estado español tal y como hoy lo conocemos, tiene tres siglos y es consecuencia de los resultados de la Guerra de Sucesión. En mi opinión, la unidad mínima de estado es la nación, y por tanto, no estoy de acuerdo con quienes ridiculizan las aspiraciones políticas de naciones como la catalana, por teorizar que eso podría llegar a desmenuzar los estados tanto como cada aldea quisiera. Aunque, quién sabe, la historia nos ha enseñado que si hay algo inabarcable es la capacidad humana para la idiotez.

Una nación tiene un origen esencialmente cultural, en lo que lo político ha tenido enormes influencias, y en un estado, en el que lo cultural influye también de modo notorio, es un concepto básicamente político, y ambos tienen sus raíces en que el ser humano es un animal de manada, y la manada es una organización en beneficio del bien común.

Dicho esto, que las naciones quisieran o no formar parte de un estado debería ser, es lo que opino, una opción posible que sus ciudadanos deberían decidir y no los de otras naciones que conformen el estado, ya que es previo a éste, y que las naciones tengan o no aspiraciones políticas de constituir un estado dependería del grado de bienestar común conseguido en el existente.

Personalmente también, no me extraña que, en un contexto neoliberal a ultranza llevado a extremos como el actual, que tantísimas desigualdades ha provocado, el sentimiento independentista haya vuelto a aparecer, si bien estimo que con connotaciones muy diferentes a los nacionalismos del siglo XIX o los de carácter supremacista del XX, aunque a ello se sumen esos que lo mismo acusan de Botifler a Marsé que izan enseñas franquistas, tales para cuales, por cierto. Asemejar el sentimiento independentista actual al de nacionalismos anteriores es una simplificación que agrada a muchos intelectuales pero que no se sostiene. Una de las razones por las que los independentismos resurgen es la de que los estados actuales han dejado de tener el objetivo del bienestar de sus ciudadanos, y los han entregado a los grandes grupos empresariales y financieros, las únicas élites que existen, que además de gobernar sin presentarse a las elecciones, han convertido la prensa en gabinetes de comunicación propios, sesgando el derecho a la información ciudadana e intoxicándola de intereses particulares.

El anhelo del independentismo ha aparecido en primer lugar en las naciones con mayores aspiraciones y conciencia política, pero, si la gran política y el estado no vuelve a retomar el poder y sus únicos objetivos de extender el máximo grado de bienestar a la totalidad de sus ciudadanos, corre el riesgo de que se extienda como un reguero de pólvora. Andalucía, una de las naciones con tanta identidad cultural, nacional, como nula aspiración política, estatal, es sin duda, por sus niveles de pobreza y exclusión social, una de las más perjudicadas por esa alianza política llamada estado español, España, y por tanto, aunque a día de hoy sería impensable, podría transformar, y en un periodo de tiempo más corto de lo que pudiera pensarse, ese identidad de nación en un sentimiento político. Salvo, eso sí, que algunos nos tachen, por el mero hecho de ser andaluces, de gente vaga, con nula capacidad para el trabajo, etc, es decir, de constituir una raza inferior digna de lástima o desprecio, por el mero hecho de haber nacido en el sur, y también no haber experimentado la oscura Edad Media del resto de Europa o de haber dotado de señas culturales externas a ese estado con pretensión de nación llamado España.

Por tanto, en mi opinión, la solución al conflicto que acaba de comenzar, porque esto no termina el uno de octubre, es político, y precisa de una nueva conformación del modelo de estado. La solución nunca debería ser fraccionar sino cohesionar. Y para ello, y siempre en mi opinión, dotar de mayor capacidad política a las diferentes naciones, entendiendo como autogobierno y responsabilidad será tan importante y compatible, como construir más Europa. Al final todo se resume en el lema del escudo de Andalucía, tan exportable para los demás como lo han sido sus señas culturales: Andalucía, por sí, para España y la humanidad. Si no hay humanidad no habrá estado que valga.