DE DÓNDE SOY

GERONAMe asomo a la azotea de Reyes Aguilar en El Correo de Andalucía del 14 de mayo y me hago esta pregunta. Alguna vez me la hizo un periodista, en el sentido de a qué barrio de Sevilla sentía yo que pertenecía.

Durante mucho tiempo, quizás hasta hace muy poco, carecía de una respuesta que no fuera la de que soy de muchos sitios y de ninguno. Nací en el Tiro de Línea y fui bautizado en la iglesia de Santa Genoveva, pero muy pronto, quizás antes de cumplir dos años, mi familia se mudó a la calle Sol, junto a la Parroquia de San Román (parece que esto de ser de algún sitio va por templos). Allí apenas vivimos un año, o dos a lo sumo, y nos trasladamos a la calle Gerona, entre, y sigo con los santuarios de la cristiandad, Santa Catalina y San Pedro.

A punto de cumplir nueve años, apenas cuatro o cinco después de llegar a esa calle, mucho más mora que catalana a decir de Reyes Aguilar, abandonamos el centro histórico para irnos a vivir al moderno y entonces despersonalizado barrio de Los Remedios, a donde llegaron familias pudientes y aspirantes a ello, dentro del desarrollismo tardofranquista de finales de la década de los 60 y principios de los 70. Allí viví durante veinte años, hasta que ya emparejado, experimenté la vida en el Aljarafe tomareño durante cinco años, que junto a los diecinueve que llevo en Nervión completan mi vida en lo inmobiliario.

Ese trayecto vital a través de los ladrillos que me albergaron justificaba mi idea de ser de muchos lugares. Incluso ese sentimiento de ser de muchos sitios y de ninguno, o de formar parte de tantos otros en los variados lugares donde he estado, tanto en la Península Ibérica como en el África subsahariana, o en el continente americano, desde el norte de Estados Unidos hasta la Patagonia, justificaba mi extraña familiaridad con tantas urbes que he conocido. Hay ciudades que las siento muy mías, como Nueva York, en la que apenas estuve veinticuatro horas, Sâo Paulo, a la que le he dedicado mi libro más extenso, y otras tan entrañables para mí como Lima, Rosario, Buenos Aires, Medellín, Bogotá, Santiago de Chile, Lisboa, Florencia o Cádiz, pero también muchas más. Puedo decir que nunca me he sentido mal en lugar alguno, ni siquiera en Goma, donde dormí durante dos meses bajo el fuego de la guerra de Ruanda. Sin embargo….

Sin embargo, escribir te desnuda, al menos en mi caso, y te descubre aspectos de tu vida que no has sido capaz de ver. Porque cuando he tratado de volver a mi niñez en algunas de mis obras, siempre apareció la calle Gerona. En esta calle mora sitúo mi encuentro con la tía Gloria Rossi de El guacamayo rojo, cuando en realidad aquello sucedió en Los Remedios; en la misma terraza de forja verde se desarrolla mi relato Volver, e imagino mi regreso a aquella casa que tanto me marcó, décadas después de haber vivido allí. En definitiva, cualquier recuerdo de mi infancia me lleva a ese espacio, a esa calle, mucho más que a ese barrio, que con tanta fuerza se me grabó.

Aquellos años tienen que ver con partidos de fútbol con José Manuel y con Benjamín, con bolas de papel, o pelotas que costaban 2,50 (pesetas) en el puesto de Antonia,  en el ensanche  que hacía la acera en la trasera del cine Apolo, o con partidas de bolas en el agujero que existía al lado de mi portal; con mi amor platónico a Chelo entre vuelos de cromos a palmetazos con la mano hueca; pero también con las quinielas que rellenaba con Miguel el barbero, mi incursión en otros mundos secretos en la chatarrería de Juan, aquel espacio enigmático plagado de tuercas y tornillos, retretes blancos acodados unos sobre otros, y oscuridades que llamaban al misterio y la aventura. Mi infancia tiene que ver con bolsas de leche Cunia que le comprábamos a Manolo el lechero, y de viajes a los mundos que me mostraban mis primeros libros de Julio Verne y mi bola del mundo, subido en uno de los coches de segunda mano que vendía Pepe bajo mi terraza.

A través de mis escritos he descubierto que no soy del Tiro ni de San Román, ni de Los Remedios, ni de Tomares o Nervión. Soy un niño de la calle Gerona, cuya mente viajó mucho desde siempre, pero que situó sus fronteras entre el puesto de Antonia frente a El Rinconcillo y la esquina de Doña María Coronel, dos de los puntos cardinales de mi tierra, que se completaban con los otros dos, los que marcaban el cine Apolo y una casa de vecinos, tan llena de pájaros como mi cabeza, en la que vivía María, la mujer con el moño más perfecto que he conocido.

De allí soy, de la calle Gerona, porque mi corazón tiembla cuando escribo sobre esa pequeña nación sin estado que me abrió al mundo. A mí desde sus adoquines, y a otras desde sus azoteas. Sí, soy de la calle Gerona, más almohade que catalán, trotamundos con billete de vuelta..

TRES MIL VIAJES AL SUR. ¿DE QUÉ VA ESTA NOVELA?

PANO_20160330_162719 (1)Tres mil viajes al sur consta de cuatro relatos interdependientes. Aunque cada uno de ellos tiene entidad propia, es en el conjunto donde se completa todo. Que existan cuatro historias diferentes me ha permitido elegir diferentes narradores para cada una de ellas, y diferentes voces narrativas también. La interdependencia se justifica en que son relatos de un mismo barrio marginal, y como en cualquier barrio, marginal o no, las personas suelen conocerse, algunos sólo de vista y otros con más profundidad. Por eso he elegido esa estructura para contar la historia.

Tres mil viajes al sur cuenta la vida de mujeres que viven en los suburbios de una gran ciudad. Aunque no se nombra ni al barrio ni a la ciudad, con las intenciones explícitas de no estigmatizar aún más a los lugares en los que se desarrolla y de globalizar estas circunstancias a muchos otros barrios y ciudades de la denominada civilización (sic) occidental, quedan muy claros los espacios en los que se desarrolla, y mucho más si se trata de textos de mi autoría, en los que los espacios son también protagonistas de la historia: Sevilla en Aquel viernes de julio; São Paulo en El guacamayo rojo.

Como imagino que me volverá a repetir Carmen, una de mis grandes lectoras, en Tres mil viajes al sur continúo con mi idea obsesiva sobre los viajes. Si en Aquel viernes de julio el viaje se realizaba en 1936 a través de los barrios en guerra de la ciudad de Sevilla, y en El guacamayo rojo por la historia de la ciudad de São Paulo a través de la emigración andaluza a Brasil, en las cuatro historias de Tres mil viajes al sur, a pesar de que cada una de ellas el tiempo de la historia se desarrolla en una sola jornada, el tiempo del relato se fundamenta en la analepsis, en el recuerdo del viaje de  cada una de las personas tuvo que hacer y que las llevó a vivir  a la periferia, lejos de su lugar de origen.

Tres mil viajes al sur conjuga diferentes historias de mujeres a las que la situación social y política las ha abocado a ser expulsadas de los lugares en los que nacieron y que persisten, como en cualquier emigración, en sus recuerdos. La idea de la novela surgió con fuerza durante la presentación de El guacamayo rojo. Al día siguiente participaba en un Congreso científico en el Polígono Sur de Sevilla, que recientemente ha tenido el dudoso honor de ostentar la medalla de plata en el escalafón de los barrios más pobres de España, y caí en la cuenta de que había emigraciones tan duras como la que relataba en la novela, y que eran las que se daban dentro de la misma ciudad. Así nació la idea, y días después, en un hotel de Lima, a donde había llegado para impartir unas conferencias, surgió el título.

Para escribir la novela, he entrevistado a muchas personas, a profesores que han estudiado el fenómeno de la marginalidad, a personas que viven en zonas de exclusión social, a vendedores ambulantes de pañuelos de papel en los semáforos, a mujeres víctimas de abusos en los viajes de emigración…. Sus historias  me han conmovido, me han indignado y también me han hecho reír, porque la alegría no se ha perdido en muchas de las personas que menos tienen (dinero).

Tres mil viajes al sur trata de la vida real de gentes que viven cerca de nosotros, aquí y ahora. Seres humanos a los que tenemos arrumbados lejos de nuestra vista, ignorados por nosotros y prisioneros de algunos delincuentes, que encuentran en barrios así el lugar ideal para hacer lo que les plazca sin que nadie les moleste. Tres mil viajes al sur es un grito, una llamada de atención a una sociedad que no tiene mucho margen ya para seguir con este ritmo de vida que produce tanta infelicidad. Y también es una invocación a la esperanza, a que está en nuestra mano derribar muros, enterrar miedos y comenzar a crear un mundo diferente. Sí, se puede; claro que se puede.

TRES MIL VIAJES AL SUR. ¿POR QUÉ EN SAN BERNARDO?

PRESENTAMOS_CARTELTres mil viajes al sur cuenta la historia de cuatro mujeres que residen en un barrio marginal de una gran ciudad, lugar al que llegaron tras la expulsión de sus familias de los antiguos lugares en los que vivían para, a cambio de la concesión de una nueva vivienda en el extrarradio, liberar solares en los que construir edificios para las emergentes clases medias o altas que surgieron en los años 70 del siglo pasado en España.

La novela la ideo durante la presentación de la anterior, El guacamayo rojo, que trataba la emigración andaluza en Brasil a través de tres generaciones. Al día siguiente iba a participar en unas jornadas científicas en el Polígono Sur, donde trabajo como voluntario desde principios de 2006, y caí en la cuenta, esa idea tan potente que un escritor la transforma en una historia que merezca ser contada, de que hay emigraciones mucho tan duras como la anterior, o quizás mucho más, como la resultante de ser expulsado de tu barrio para enviarte a otro lugar alejado, y que quienes provocan eso aprovechen para enriquecerse, todo bajo el manto de una caridad que en realidad sólo esconde injusticia.

Las cuatro historias de Tres mil viajes al sur suceden en un solo día cada una de ella, en una estación diferente del año, pero se nutren de un viaje, el que realizan hasta llegar a esa prisión de muros invisibles, alejada de todo, para que nada incomode al resto de los habitantes de la ciudad. Aunque no se menciona ni el barrio ni la ciudad en el libro, es obvio que son Sevilla y su Polígono Sur los espacios en los que se desenvuelven los personajes, al igual que San Bernardo o Triana son dos de los barrios de expulsión. De ahí que, teniendo la firme idea de presentar el libro en un lugar emblemático y significativo, las posibilidades eran estos dos barrios y el Polígono Sur.

A través de relaciones familiares llegué a contactar con la Hermandad de San Bernardo, cuya Casa de Hermandad goza de un espacio amplio para poder realizar la presentación y, tras una conversación con el Teniente de Hermano Mayor, encuentro una disposición total y absoluta para desarrollar el acto en esa antigua casa de vecinos reformada que es su sede.

Las Hermandades de la Semana Santa sevillana son de las pocas organizaciones que articulan la ciudad y que conservan como pocas las huellas de su historia. La Hermandad de San Bernardo, tras la de la Macarena, es la que mayor número de hermanos tiene, también la segunda en nazarenos de todas las fiestas. San Bernardo fue un arrabal de los más pobres de la ciudad y hoy es un barrio selecto y apacible en el que adquirir una vivienda, construida sobre los solares de aquellos corrales y casas de vecinos, es inasequible para la mayoría de los sevillanos. La nómina de hermanos de San Bernardo vive en la diáspora, en los polígonos del extrarradio, en los suburbios de la ciudad. Donde ahora viven una, dos familias, antes lo hacían decenas y decenas de ellas. Éstas y sus descendientes constituyen la Hermandad, y cada Miércoles Santo, día de salida en estación de penitencia hacia la Catedral, se produce uno de los fenómenos más emocionantes y menos conocidos de toda la Semana Santa: el regreso del éxodo, del exilio. Eso me contaron en la Hermandad y eso pude presenciar el último Miércoles Santo. Aquellas familias, sus descendientes en primera y segunda generación, vuelven a ver pasar la cofradía desde las puertas de las que fueron sus casas. Hasta allí llevan sus sillas, su comida, para ver pasar a su Cristo de la Salud y a su Virgen del Refugio. Y allí se quedan después, vestidos con sus mejores ropas, que denotan su éxito en la vida o su persistir en la pobreza aún, pero todos juntos, abrazados, entre risas, orgullosos de pertenecer a un barrio del que no reniegan, a pesar de haber sido expulsados. Cada año faltan más mayores, pero sus herederos persisten en esa tradición, el único hilo conductor con el barrio que les hemos permitido conservar.

Por eso me siento orgulloso y agradecido a poder presentar Tres mil viajes al sur en un espacio tan significativo. Voy a ir, acompañado de gentes del Polígono Sur, a uno de los pocos lugares que conservan su memoria. Y entraré allí con emoción y respeto, con la emoción y el respeto que me produce el sufrimiento de tantas personas que hoy, cincuenta años después, continúa, para vergüenza nuestra.

MIÉRCOLES SANTO

1Hoy es Miércoles Santo y los suburbios regresan a la tierra de sus ancestros, al antiguo arrabal convertido hoy en barrio residencial en el que muy pocos pueden aspirar a vivir. Hoy vuelven a las calles de sus antiguos corrales y casas de vecinos transformados en exclusivas viviendas de lujo, en un barrio silencioso en el que ya no se escuchan los pitidos de los trenes anunciando su llegada a la estación de Cádiz ni las sirenas de las antiguas fábricas.

3Hoy retornan de los polígonos, de sus bloques sin azoteas y de ropa tendida secándose bajo los pretiles de las ventanas, de los estigmas y sambenitos que les cuelgan aquéllos que se quedaron con sus casas.

Allí están, delante de las casas que un día fueron suyas, o de sus padres, o de sus abuelos. Allí se juntan con alegría, con añoranza, se toman una foto los supervivientes, antes de volver a tomar el autobús que les llevará de regreso a sus enjambres decorados con graffitis, a sus muros, a su ver, oír y callar para sobrevivir, mientras los demás celebramos el jolgorio del azahar y el del albero, en la tierra de María Santísima, la del mejor cahíz de la tierra, de esa tierra que sepulta la memoria de aquel tiempo perdido.

¡Ay, las Hermandades!,que conservan la trazabilidad de esta Sevilla que tanto tiene que decir y que callar.

Hoy es vuestro día, exiliados. Perdón. Gracias