INTELECTUALES

EINSTEIN

Sevilla, 2 de marzo de 2016

Ayer y hoy he leído sendos artículos en torno a la actualidad política firmados por un crítico literario el del martes, y por un escritor, el de hoy miércoles, intelectuales reconocidos en la ciudad. El primero hacía referencia al pasado día de Andalucía y al presunto sentimiento andalucista de los habitantes de la comunidad autónoma, mientras que el segundo defendía la bondad del pacto entre el Partido Socialista y Ciudadanos que en estos días se somete a examen en el Congreso de los Diputados.

Nada que objetar al fondo de cada uno de los artículos. Aunque discrepe de lo que defienden ambos articulistas, cada cual es libre de tener y expresar sus ideas, en este caso en un medio de difusión, como podría ser en la barra de un bar o en cualquier otro escenario. Sin embargo, lo que sí me molesta es la prepotencia con la que esas ideas se expresan, única verdad posible por lo que se les lee.

Soy firme defensor de la libertad de expresión, me gusta leer a quien no piensa como yo por eso mismo, porque me hace pensar, ampliar mi espectro, caer en la cuenta de aspectos que no he valorado, tratar de entender la perspectiva del otro. Pero hay dos cosas que detesto: una, el defender las ideas menospreciando a las personas, vejándolas en lo personal; la otra, la prepotencia de los que se autoproclaman como intelectuales, que es lo que me lleva a escribir estas palabras.

Intelectual, esa palabra sobrevalorada y poco precisa, y al parecer, patrimonio exclusivo de quienes ejercen el intelecto en materia de letras, ya que los de ciencias al parecer no lo usamos. Dicen que muchos intelectuales no ganan demasiado dinero, aunque hay quienes sí que están pagados de sí mismos, y quizás por ello no lo necesiten.

Algunos de los que se creen intelectuales sienten la necesidad imperiosa de expresar lo que piensan sobre los acontecimientos que suceden en el día a día. Aunque me temo que no son pocas las veces que lo hacen por no perder visibilidad, en especial en este mundo de las redes sociales, es saludable que gente que trata de pensar, de analizar, de profundizar en tener una visión del mundo, nos ayuden a entenderlo, aun a riesgo de que entren en temas en los que son tan legos como otros que les leen. Pero qué lamentable me resulta sentir esas opiniones como las únicas posibles. Y me parece que eso no tiene que ver tampoco con el saludable apasionamiento que cada cual puede acompañar a su libertad de pensamiento y a la difusión del mismo.

La presunta intelectualidad se pierde cuando uno se sube al pedestal que se ha fabricado, o le han fabricado otros pero que se utiliza con gusto. El conocimiento o el manejo de algunas artes, en especial de la literatura, no da patente de corso para darnos lecciones a los demás acerca de cómo debemos estar en el mundo. Ser intelectual es ayudar a abrir la mente de otros, para que esos otros puedan tener más argumentos a la hora de desarrollar su propia opinión, y en ningún caso puede ser un arma de adoctrinamiento. Qué diferencia tan enorme con el tono del artículo que hoy compartía página con el que cito, firmado por un señor sin curriculum literario, pero que, mostrando sus ideas, ayudaba a pensar tanto a los más cercanos a ellas como a los más alejados. Por cierto, ese señor también escribió un artículo con una actitud similar la semana pasada, aquella vez en referencia al sentimiento andaluz. ¿Será este señor un intelectual, aunque no se lo crea como los otros dos?

La foto está tomada de la página web bonitasimagenesconreflexiones.com 

QUÉ PINTA UN GUIRI EN SEVILLA

John-Reel-Que-PintoJohn Julius Reel, escritor estadounidense afincado en Sevilla, acaba de publicar su primer libro, ¿Qué pinto yo aquí? Un neoyorquino en la ciudad de Nunca Jamás (Editorial Confluencias).

En primer lugar, como vengo del mundo de la investigación, he de declarar conflictos de intereses acerca de lo que voy a escribir. He de decir por tanto, que John es mi amigo. Por tanto, advertidos quedan y tómense lo que viene como ustedes quieran, pero les aviso de que esto no tendrá que ver con falsas adulaciones a la obra, sino con el mayor conocimiento de la misma, por las innumerables charlas que sobre ella hemos tenido desde que su publicación tan solo era el sueño americano de un tipo terco e insistente, que se había empeñado en escribir sobre la ciudad que le enamoró.

Dicen que este libro es una recopilación de los artículos que John publicó en la sección “La Sevilla del guiri” de Diario de Sevilla. Permítanme que discrepe, probablemente incluso con su autor y editores. Es cierto que uno a uno se publicaron en este periódico, pero si lo leen como un libro lo que verán es una declaración de amor por capítulos a la ciudad que escogió para vivir. Yo era seguidor de sus publicaciones y leí casi todas en su momento, pero al verlas en su conjunto he tenido la sensación de que todo era nuevo para mí. Creo que ha sido un gran acierto publicar esta obra así, porque de esta forma se puede concluir que lo que estamos leyendo es en realidad una historia de amor.

¿Qué pinto yo aquí? es una obra muy arriesgada, porque trata del amor de un extranjero hacia una ciudad que muchos sevillanos creen que tienen la exclusiva para amarla y, lo que es peor, cómo amarla. Parece que no se pueda amar a esta ciudad si no te gusta la Semana Santa o la Feria; si no la amas, y perdón que repita tanto este verbo, como aquellos que pretenden patrimonializar la ciudad del Nunca Jamás, como John la denomina en su particular fascinación. Porque John no suele ver la Semana Santa y hace tiempo que no va a la Feria, y no participa de esas tradiciones que muchos sevillanos piensan que hacen grande a esta ciudad. ¿Será que Sevilla es mucho más que eso? ¿Serán capaces algunos sevillanos de aceptarlo?

Es probable que a muchos sevillanos no les gusten algunas cosas a las que John hace referencia, o simplemente no estén de acuerdo con él, pero es que no se trata de eso. Lo que él pretende en este libro, creo que lo ha representado de manera extraordinaria el ilustrador Daniel Rosell en la portada, hacer una mirada hacia la ciudad de sus sueños desde el “yo” histórico de John, como estadounidense nacido en Staten Island en el seno de una familia tan especial como la de cualquiera, que cursa unos estudios universitarios, que tiene unas experiencias de vida, únicas también como las de cualquiera, y que un buen día decide dar un cambio radical y se topa con esta ciudad. Un tipo prepotente y ambicioso, como él mismo se autodenomina en el libro, nacido en el país más prepotente del mundo se adentra en la ciudad probablemente más endogámica de un país ciertamente endogámico.

¿Qué es Sevilla, cómo somos los sevillanos, nos parecemos en algo a lo que cuenta este guiri o solo somos nosotros los que podemos decir algo sobre esto? Me parece impagable tener la oportunidad de ver nuestra ciudad a través de los ojos de alguien de fuera, porque este alguien nos aporta una persepectiva que es difícil de captar con nuestros propios ojos. Esa mirada nos enriquece porque ensancha la nuestra y, permítanme decirlo, pone en valor aspectos a los que no se lo damos. Que un neoyorquino compare una de las ciudades más cosmopolitas del momento actual con otra que lo fue, y ahora sea de las más provincianas y endogámicas, no debería ser otra cosa que una muestra de orgullo para todos los sevillanos. Independientemente de que se esté de acuerdo o no con lo que allí se diga. Porque me pregunto si en realidad, se puede estar de acuerdo o no en una determinada visión, o simplemente debemos aceptar lo que cada cual ve con sus propios ojos. Creo que si alguien se siente ofendido o disgustado por la visión que desde este libro se hace de Sevilla, nada más que puede hacerlo desde su cortedad de miras y desde su  propia mediocridad.

No obstante, creo que esta obra es mucho más que un libro sobre Sevilla y eso es virtud de John. El escritor utiliza las dos ciudades como correlatos objetivos para hablarnos de valores universales. John escribe para entender el mundo, como lo hacía Clarice Lispector, y lo hace, de forma arriesgada una vez más, porque ¿Qué pinto yo aquí? también es un libro sobre su concepto sobre el amor,  sobre la familia, sus creencias, los valores cívicos, el choque cultural, y expone sin tapujos lo que cree y en lo que cree. En épocas tan ambiguas, tan políticamente correctas, en las que uno sólo pasa a ser aceptado en la manada si asume punto por punto los mandatos de la misma, poder recibir la visión particular de este escritor sobre el mundo es algo que deberíamos celebrar, y no para discordar, que por supuesto que podemos estar en desacuerdo en lo que dice, y yo me incluyo, sino para hacernos reflexionar. Porque este libro no debemos leerlo para aceptar o renegar de lo que John piensa del mundo, sino para que sus aportaciones nos ayuden a entender ese mundo que es el de todos, el de John, el suyo y el mío. Qué pobreza es leer nada más sobre aquello que nos sirva para refrendar nuestro propio pensamiento. Qué lujo poder leer al que piensa diferente para que nos influya y, sobre todo, para que nos ayude a entenderlo mejor y así ganar en uno de los valores más importantes, si no el que más, que debemos tener: la tolerancia.

John además, ha tenido la inmensa osadía de escribir el libro en español, un idioma que, como afirma, será siempre para él un idioma extranjero. Esto es toda una ofensa para los que pretendemos hacer literatura en español como lengua materna. Una afrenta de la que nos defenderemos sacando el bisturí filológico y así para poder cazar toda frase que esté mal construida, como muestra inequívoca de su atrevimiento. Aunque también nos podría servir para admirar el arrojo de una persona entiende la vida como una oportunidad para superar nuestros propios límites, y de esta forma contribuir con su granito de arena para que el mundo sea cada vez mejor. Que cada cual piense lo que le parezca.