MUROS

PANO_20160330_162719 (1)Este pintura es un grito y una vergüenza. Está en el muro de hormigón que separa Bami del Polígono Sur, tras el que circula el tren cuyas vías no se han querido soterrar. Ni en su día, antes de 1992, cuando la ciudad eliminó sus barreras ferroviarias, ni después, los diferentes gobiernos han creído oportuno eliminar esta barrera. Es más, durante este tiempo vallaron el el nuevo parque en torno a La Zúa, la zona de esparcimiento de los habitantes del Polígono Sur durante años, y sólo en estos meses las múltiples presiones de sus habitantes han permitido que puedan acceder a un lugar que fue testigo de las primeras alegrías y de la degradación del barrio por la droga.

La pintura representa la destrucción del muro y su apertura a la ciudad que aman y de la que forman parte sus habitantes. Todavía recuerdo, cuando pasaba por allí los primeros años de la época de los 90, contemplar con emoción en La Vegas, la parte más degradada del barrio, una pancarta con corazones rojos y el lema AMO SEVILLA de la candidatura andalucista de Alejandro Rojas- Marcos a la alcaldía. ¿Se puede amar a quien te ignora y se avergüenza de ti?

El Polígono Sur no sólo es Sevilla, sino que está lleno de ella. En ese barrio encerramos a los auténticos trianeros, a la gente de San Bernardo, a los habitantes de las casas de vecinos de esta ciudad, a los que con un perverso y superficial sentido de la caridad cristiana expulsamos de sus barrios y aislamos en lo que se convirtió luego en el espacio ideal para el desarrollo trágico de la floreciente industria de la droga, aquélla que se llevó por delante a gran cantidad de hijos de aquellas personas humildes, que habían tenido que dejar sus casas y sus barrios para que otros especularan con los suelos liberados y los convirtieran en parques temáticos de la “grasia sevillana” o en viviendas de lujo. Todo ello construido sobre la sangre y las venas rotas por la heroína de sus hijos.

Triana, San Bernardo, los corrales de vecinos, están en el Polígono Sur. El arte por el que la “ciudad de la grasia” es conocida, está en el Polígono Sur, inmejorable correlato de la decrepitud casposa y decadente de una ciudad que vive de lo que no es y quizás tampoco fue.

A pesar de todo, de nuestra ignorancia y nuestros prejuicios, este barrio irá levantándose poco a poco. Su aislamiento está dando lugar a nuevas formas de arte, a fusión entre tradición y modernidad. Está emergiendo una nueva cultura de las personas que esta ciudad inculta siempre despreció. Para así, cuando pasen los años, volver a tener elementos que sustraer y que la rueda de la injusticia vuelva a girar.

¡Ay, Sevilla, qué poco te quieres! Cómo refleja ese muro tu desprecio al futuro, tu mirada a tu propio ombligo. Tanto miedo te da derribar ese muro como afrontar tu triste realidad de decorado de cartón piedra. Derriba esa vergüenza, que es tuya y de nadie más.

VIERNES SANTO

LA ZUAA mediodía regresé al Polígono Sur junto a Miguel. Queríamos hacer fotos, conversar sobre el barrio y preparar la presentación de Tres mil viajes al sur. Miguel, joven periodista, es otra de las personas a las que tengo que agradecer mucho, en una lista que no acaba.

Paseamos junto al muro del tren, lo recorrimos desde el paso a nivel que permite acceder al Hospital Virgen del Rocío hasta la frontera de Carretera Su Eminencia. Cuántas fronteras, cuántas barreras tiene este barrio para mantenerlo prisionero. Durante el paseo, llegamos a la altura de una tienda de comestibles muy limpia que anunciaba diez vienas andaluzas por un euro, a diez céntimos la unidad, y bocadillos al mismo precio. Nos dieron ganas de entrar, pero ni era hora de bocata ni hubiéremos podido gastar la oferta aun dividiéndola.

El muro del tren, una de las vergüenzas de esta ciudad que no se sonroja por ello, es una auténtica obra de arte y un grito de los artistas graffiteros de este barrio. En particular, nos llamó la atención el dibujo de un muro derribado, muro dentro del muro, a través del que se podían ver los monumentos más reconocidos de la ciudad. No habrá símbolo mayor de lo que significa el aislamiento del barrio, de esa reclusión que tantos perjuicios ha causado, gracias a la que han encontrado una guarida excelente la mala gente que le da la fama. Nosotros también formamos parte de Sevilla, parecía gritar ese lienzo de hormigón, no nos escondas tras el muro.

El tren, ese vehículo desconocido para los sevillanos que no visiten la Estación de Santa Justa, es compañero habitual de los habitantes del Polígono Sur que viven a ese lado. Esperamos un rato a que pasara uno para fotografiarlo. Mientras tanto, dio tiempo para conversar en un excelente tiempo muerto, y de paso contemplamos a unos chiquillos jugando al fútbol en un terreno de albero. Uno, por cierto, que iba vestido de naranja, quién sabe si en homenaje al gran Johan Cruyff que acababa de morir, lanzó a la escuadra un tiro de rabona que hubiera firmado más de un tuercebotas.

LA ZUA (2)Continuamos nuestro paseo, atravesamos plazoletas de sur a norte del barrio. Vimos a un chiquillo correr sosteniendo  un gallo entre sus manos, a muchachas pasear a sus niños en los carritos como en cualquier otro punto de la ciudad, a personas sentadas dejando pasar un día como cualquier otro en su vida.

Regresamos luego al coche para buscar el camino a la Zúa, ubicada en el nuevo parque que se ha inaugurado en estos últimos años junto a la zona de Las Vegas, al que recientemente, y tras no pocas protestas, ha tenido acceso la gente del barrio, ya que una vez más, los habitantes veían dificultado su acceso a lo en tiempos fue lugar de esparcimiento y más tarde correlato de la tragedia de un barrio, y así mantener su aislamiento en perfecto estado de revista, un encierro entre barrotes invisibles al que han colaborado alcaldes de todo color, gobernando solos o en coalición con el resto de colores posibles, para que la vergüenza no sea ajena a nadie que se haya sentado alguna vez en un sillón de concejal de la lejana Plaza de San Francisco.

Hacía calor y a la entrada del Parque por el barrio de Pedro salvador, buscamos un bar para tomar una cerveza antes de comenzar a andar. Encontramos uno, que también era panadería. Fuera del muro la andaluza había subido a treinta y cinco céntimos la unidad.

Caminamos y alcanzamos aquel aparentemente placentero pero peligroso brazo de río convertido en un pequeño lago bordeado de cañas. Un lugar ante el que no puedes permanecer indiferente si has leído, y yo lo he hecho varias veces, el magnífico libro de Antonio Ortega Rubio titulado así: La Zúa. Léanlo, por favor.

En la Zúa perecieron ahogados, o rematados por la Guardia Civil si salvaban las aguas que ocultaban cañas traicioneras, presos que, en época de la dictadura, se fugaban de la construcción del canal de riego conocido popularmente así canal de los presos, por esta gente que se dejó las manos y el alma levantando terrones para que el agua del río llegase a las propiedades agrícolas de los vencedores. La Zúa fue también fue lugar de veraneo de pobres, puesto que hasta allí llegaban los vecinos de los suburbios de la zona a darse un baño en los meses más calurosos; y además,  se convirtió en el paraíso para los juegos de los primeros niños del Polígono, y el infierno para no pocos que perecieron atrapados entre las cañas de sus fondos. También fue lugar de pesca de albures para matar el hambre y, cuando el barrio se echó a perder por culpa de la droga, el sitio en el que pincharse, al que arrojar coches o motos robadas, animales muertos, convirtiéndose con el paso del tiempo en un vertedero que encerraba lo peor, en el trasero sur de la ciudad ensimismada.

Las aguas de la Zúa fueron reflejo de la degradación de un barrio y hoy aparecen ante los escasos visitantes del parque como un charco inofensivo. Me pregunté, contemplando al fondo la zona de Las Vegas, si habrían sacado, en palabras de Antonio Ortega, todos sus secretos del fondo de sus aguas a la hora de recuperar la zona.

De regreso, el tren volvió a atravesar la vía en dirección a Santa Justa y rompió el silencio de la tarde. Pasó por un pequeño viaducto antes de alcanzar el barrio amurallado. Por el parque no hay muro, tampoco personas. Tras esa extensión de césped inglés y vegetación artificial, contemplo al regresar un nuevo trozo de Sevilla hurtado a los habitantes del Polígono Sur. Pasión y muerte de este barrio en Viernes Santo, al que la ciudad no le permite alcanzar su resurrección.

MIÉRCOLES SANTO

1Hoy es Miércoles Santo y los suburbios regresan a la tierra de sus ancestros, al antiguo arrabal convertido hoy en barrio residencial en el que muy pocos pueden aspirar a vivir. Hoy vuelven a las calles de sus antiguos corrales y casas de vecinos transformados en exclusivas viviendas de lujo, en un barrio silencioso en el que ya no se escuchan los pitidos de los trenes anunciando su llegada a la estación de Cádiz ni las sirenas de las antiguas fábricas.

3Hoy retornan de los polígonos, de sus bloques sin azoteas y de ropa tendida secándose bajo los pretiles de las ventanas, de los estigmas y sambenitos que les cuelgan aquéllos que se quedaron con sus casas.

Allí están, delante de las casas que un día fueron suyas, o de sus padres, o de sus abuelos. Allí se juntan con alegría, con añoranza, se toman una foto los supervivientes, antes de volver a tomar el autobús que les llevará de regreso a sus enjambres decorados con graffitis, a sus muros, a su ver, oír y callar para sobrevivir, mientras los demás celebramos el jolgorio del azahar y el del albero, en la tierra de María Santísima, la del mejor cahíz de la tierra, de esa tierra que sepulta la memoria de aquel tiempo perdido.

¡Ay, las Hermandades!,que conservan la trazabilidad de esta Sevilla que tanto tiene que decir y que callar.

Hoy es vuestro día, exiliados. Perdón. Gracias

DIEZ AÑOS

SURFue en enero de 2006 cuando comenzó todo. Había regresado de una estancia en la Universidad de Minnesota a finales de octubre. Nada más llegar, una amiga médica, voluntaria en talleres para mujeres en el barrio del Polígono Sur sevillano, me invitó a darles una charla sobre hipertensión arterial. Cuando llegué a la Parroquia Jesús Obrero, en cuyos locales iba a impartirla, no pude sino recordar a la Clínica de Philips de Minneapolis en la que había colaborado durante mi reciente visita a Estados Unidos. Y quise montar allí una hermana gemela a aquel centro de salud que la Universidad de Minnesota había implantado en los bajos de una iglesia, en el que los estudiantes de Medicina, Farmacia, Enfermería y Fisioterapia de la Universidad pasaban consulta junto a sus profesores, para atender a inmigrantes y personas sin recursos económicos. La fórmula era perfecta: los estudiantes adquirían experiencia clínica y conocimientos con pacientes reales, al igual que los profesores, y todos  hacían un trabajo de sensibilización hacia su comunidad.

Después de aquella charla impartida a finales de noviembre de 2005, le propuse a mi amiga montar una consulta de farmacoterapia y educación para la salud. Se entusiasmó con la idea y convencimos al párroco para empezar en enero del siguiente año. Ilusionado, hablé con los profesores del Master de Atención Farmacéutica de la Universidad de Sevilla en el que colaboraba, y también lo hice con los alumnos. Lamentablemente, ni en unos ni en otros encontré el eco que esperaba, pero empecé. Solo, como se empiezan todas las cosas.

SUR_2Y allí sigo, diez años después, y desde hace muchos años, acompañado, o acompañando a otros en la tarea. Hasta ahora no he conseguido que se pudiera convertir en una Cínica de Felipe sevillana, pero quién sabe, yo no me rindo. Pero al poco tiempo comenzamos a ser más. La primera que se incorporó fue Elisa, enfermera, a la que siguió Ana, médica. Muchas personas han entrado y salido desde entonces, de acuerdo a las posibilidades de cada cual: Antonia, Marian, Joaquín,  Josefina o Belén, como Elisa, ya no están, pero estuvieron. Y ahora, diez años después, Ana, Kawtar, Mila y yo continuamos trabajando en un proyecto que jamás imaginé cuánto me iba a dar, cuánto me iba a cambiar la visión de la vida. Por allí han pasado multitud de personas a aprender, alumnos de mis cursos, visitantes ilustres venidos de muchos países y lugares de España, y colaboradores que han estado mientras han permanecido en Sevilla: Patricia y Cinthia, de Brasil; Laura, de Barcelona…

SUR_3Y descubrí, descubrimos, el Polígono Sur. Sus raíces, su cultura, su dolor, la injusticia, y el inmenso amor que son capaces de dar muchas de las personas que viven allí. Experimenté lo que significa la exclusión social, aprendí. Muchas personas del barrio han colaborado estrechamente conmigo en la formación de profesionales farmacéuticos, y muchas también me han enseñado tanto de la vida, de sus verdaderos valores, que no puedo hacer otra cosa que darles las gracias por haberme acogido entre ellos. He aprendido que hay muchas cosas que el dinero te imposibilita apreciar y valorar, y eso sólo lo puedes aprender junto a personas de corazón abierto.

Han pasado diez años y sigo allí. Quién sabe por cuánto tiempo, porque esto es una tarea del día a día y así me la planteé desde el principio. La gente del Polígono Sur de Sevilla, la que te da lo que tiene, y la que tiene lo más grande que se puede tener. Gracias por estos diez años, qué más puedo decir que gracias. Hasta el miércoles.

NUESTRO MURO DE BERLÍN

MuroAyer por la mañana fui con mi amiga Constanza a pasear junto al muro del tren que aísla la zona occidental del Polígono Sur de otras zonas de la ciudad. Reconozco que ese muro me tiene algo obsesionado. Durante las últimas semanas he paseado muy temprano por allí, alguna vez solo y otras en compañía. Si hace unos días lo hice con mis amigas poetas Anabel y María Magdalena, ayer le tocó a la pintora. Tengo, tenemos todas, y ahí me incluyo, muchos deseos de realizar actos culturales en ese paseo para el próximo otoño, actos que también sirvan para denunciar y tomar conciencia de la existencia de ese muro de hormigón que me recuerda tanto al que había en Berlín. Sí, Sevilla tiene también su muro de Berlín, que impide a miles de familias formar parte de la ciudad con pleno derecho, y que contribuye a que una delincuencia minoritaria en número, se haga ama del barrio. Con nuestra complicidad, con esa indiferencia e ignorancia que permite que muchas personas decentes, la inmensa mayoría, viva presa en esa cárcel de muros invisibles.

Detuvimos el coche en la zona sur del muro y caminamos a través de la zona peatonal que recorre paralela a las vías del tren. En un día tan caluroso – por la tarde se sobrepasaron los 40˚C − apenas se escuchaba algo más que el rumor de las chicharras. Las sombras de los numerosos árboles conformaban una penumbra agradable, que por unos minutos nos hizo olvidar las temperaturas este durísimo mes de julio de 2015. Nos detuvimos en cada grafiti del muro, impresionantes y hablamos sobre la belleza del barrio, de la luz tenue de sus plazoletas; conversamos acerca de qué sería de ese paseo si no existiera el miedo.

Llegamos hasta el mercadillo que ocupaba parte del solar en el que se ubicará la nueva Facultad de Farmacia y regresamos por la avenida que discurre paralela al muro para cambiar algo la ruta. Constanza llevaba su cámara de fotos y no dejaba de disparar a todo aquello que suscitaba su curiosidad. Nos llamó la atención la enorme cantidad de antenas parabólicas que salían de las ventanas. Mucha tele para no pensar, para alienar, para atontar. La tele es el opio del pueblo. Siempre hay opio para el pueblo, aunque cambia su composición según sean los adelantos tecnológicos.

Una señora se nos acercó para preguntarnos por qué hacíamos fotos. Tenía la esperanza de que fuéramos técnicos del ayuntamiento con el cometido de detectar posibles mejoras en el barrio. Bendita inocencia, pensé. De señoras como ella está lleno el Polígono Sur, de gente que desea poder sentirse orgullosa de su barrio, que no tenga que dar explicaciones u ocultar que vive allí.

Continuamos hasta el final de la avenida y cruzamos para volver a subir al coche. Allí, junto a un contenedor de basuras nos encontramos al Neno, ¿o era el None? Sesenta y un años nos dijo que tenía. Llevaba varios tatuajes de los antiguos. Acababa de salir de la cárcel, seis días llevaba en libertad. Vivía con su madre, a la que según sus propias palabras le faltaban siete años para cumplir los cien, y su hermano. Cada uno con su paguita, y él con la que le van a dar después de haber pasado por prisión, a la que no quería volver más. Rebuscaba entre la basura para poder sacar algo que vender. También ayudaba en una tienda del barrio a cambio de una litrona de cerveza. Litrona, dormir; dormir, litrona. No robaba en el barrio, porque temía que le dieran un tiro; si acaso se iba lejos para poder robar donde no le conocieran. Vino muy joven con su familia de las casitas bajas del Polígono de San Pablo, y antes de quién sabe dónde. Sus padres, expulsados hace más de medio siglo de barrios que hoy muchos sevillanos desean habitar, barrios en los que convivían diferentes clases sociales, pero que un día se limpiaron de pobres para poder construir edificios para los aspirantes a ricos. Y a esos pobres, y a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, los quitaron de en medio, y los condenaron a vivir en lugares así para que no molestasen, con su orden de alejamiento correspondiente.

None, o Neno, nos contó por qué había estado preso, nos habló de su vida en la cárcel, de su vida en general. Hay vidas que nadie quisiera vivirlas, sobre todo quien las ha vivido. Qué triste y qué vergüenza para nuestra sociedad no encontrar respuestas para evitar que existan personas condenadas a vivir así.

Y allí lo dejamos, rebuscando entre lo que ya no quieren ni los pobres. Parias de la tierra, famélica legión a unos minutos de nuestra casa. Al fin llegamos al automóvil. Y los árboles continuaban dando sombra, y las chicharras cantaban. Y la ropa se desparramaba bajo los tendederos de las ventanas entre antenas parabólicas. Y a pesar de todo, había belleza.

28 de julio de 2015

BURGUESES

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Aún quedan burgueses
dispuestos a enfundarse camisetas,
a agarrarse de los brazos
para defender su superioridad moral.

Aún quedan pancartas
a la medida de sus vientres,
y megáfonos
para repetir consignas
que nacieron muertas.

Aún queda infamia
inmune a nuestra torpeza cómplice,
a nuestros gritos vacíos
que solo ahogan los de los calumniados.

La ilustración se tomó de http://www.puntofinal.cl

BROTES VERDES

2015-05-21 09.15.15Aunque esta metáfora de la superación de la crisis se le atribuye a Elena Salgado, ministra de economía del gobierno zapaterista, que la utilizó en 2009 para anunciar el cambio  para abrir una nueva época de prosperidad de ciclo económico que nunca existió, parece que fue el ministro de hacienda británico Norman Lamont quien casi veinte años antes, fue el primero que tuvo la ocurrencia de utilizarla con la carga semántica política que hoy tiene.

Seis años después aquella ocurrencia, que rima con flatulencia, de Elena Salgado, nos parece resultado de una combinación de ignorancia y estupidez difícil de olvidar. Imagino y espero que algo parecido suceda con las soflamas de superación de la crisis que hoy profieren Mariano Rajoy, Luis de Guindos y demás compañeros nada mártires. Porque los únicos brotes verdes que encuentro hoy son estos que he fotografiado durante mi paseo matinal con mi perro.

Hoy los únicos brotes verdes que hay salen de las alcantarillas. Los puestos de trabajo que se crean son pocos y mal pagados, y los que los tienen hacen horas extra gratuitas si no quieren verse de patitas en la calle. Se crean puestos de trabajo que vencen después de las elecciones para quitar pegatinas de las señales de tráfico, en las que se ofrecen señoras muy españolas para cuidar enfermos, o jóvenes licenciados para dar clases particulares a niños que suspenden.

Los indicadores macroeconómicos son una cuenta de la vieja en la que el enriquecimiento de unos dividido por el empobrecimiento de otros sale positivo. Positivo para los que alimentan esos brotes que surgen entre el cieno de las alcantarillas. Cuatro años más y convertirán la sanidad en un negocio, la educación en un negocio, y los huesos de Cervantes, otra metáfora más de la política que nos aplasta, en otro negocio. España, esa España que dicen que aman tanto, se convertirá en una sociedad anónima que no cotizará en bolsa puesto que las acciones las tendrán aquellos que nunca las soltaron.

En unos días toca votar, y en unos meses otra vez, para decidir si este pueblo prefiere comer de las miguitas que unos dejan caer de sus bigotes, o se planta. Mucho me temo que haya gente que vaya a votar desde el váter de su casa. Porque, al fin y al cabo, desde allí sale el humus orgánico que alimenta a esos brotes verdes que salen desde la alcantarilla.

TIEMPO DE ELECCIONES

TIEMPO DE ELECCIONESEn los barrios pobres de mi ciudad hay gente que ha comenzado a trabajar. Parados de larga duración, de escaso nivel formativo, han obtenido contratos para limpiar y quitar pegatinas y carteles de paredes, farolas o señales de tráfico de avenidas y parques. No son los jardineros que aparecen en la foto, pero cumplen una labor similar. Entre todos tratan de adecentar la ciudad a tres semanas vista de las elecciones. Porque sí, su contrato acaba a finales de mes, justo después de que los ciudadanos (¿o ya no se nos puede llamar así porque hay un partido que se ha quedado con el nombre?) haya ejercido su derecho al voto.

Desconozco si otros ayuntamientos de distinto signo político han hecho lo mismo. Me temo que sí. Pero de lo que estoy más seguro es de que contratos como estos son los responsables de la bajada del paro que hoy 5 de mayo de 2015 ha anunciado a bombo y platillo el gobierno de la nación. Y si esto significa que la crisis se ha acabado y hay alguien que lo cree, será porque unos nos faltan el respeto y otros no tenemos remedio.

OTRA MÁS

TERREMOTOAún reciente una de las últimas tragedias que acontecen en el Mar Mediterráneo, próxima la siguiente, si no está siendo ya, asistimos a otra más, esta vez en Nepal, y también relacionada con la miseria y la pobreza. Miseria económica y miseria moral a la que nadie somos ajenos.

Veo las noticias que aparecen en los medios de comunicación. Es mucho más extenso, infinitamente más, el espacio que se le da al rescate de españoles que a los muertos, heridos y damnificados de ese país, como dijo nuestro rey, lejano. Los muertos de tragedias como esta son tanto más importantes y dolorosos cuanto más tienen que ver con nosotros, cuanto más nos acercan a la posibilidad de que seamos las próximas víctimas. Los muertos tienen nacionalidad y color de piel.

Nuestra civilización se sentirá bien enviando ayuda humanitaria. Aparecerán cuentas bancarias de oenegés, se realizarán programas de televisión, teletones en los que exprimir nuestros ahorros, y festivales musicales en los que todos seremos Nepal. O Haití, o Sri Lanka, o Somalia. O Mar Mediterráneo. Es cuestión de cambiar el cartel. Y burgueses compungidos como yo escribiremos sobre nuestra indignación, sobre el egoísmo occidental, sobre las causas de la pobreza. Todo ello antes de almorzar, no nos vayamos a indigestar, no vaya a ser que en un golpe de pecho regurgitemos la comida.

Nuestra civilización se resquebraja como el suelo que aparece en la foto de El País. Y qué poco podemos hacer, qué poco estamos dispuestos a hacer. En mi caso, ni siquiera he alcanzado a rellenar un folio.

La foto se ha obtenido en http://www.elpais.com

O ELLOS O NOSOTROS

Ruta de muerteY pasaron los días. De compungidos minutos de silencio a reuniones grandilocuentes. Resolver el problema de África se circunscribe en decidir si se envía una fuerza militar a bombardear los barcos en los que las mafias transportan emigrantes, en reforzar la vigilancia marítima, o en legislar para que los trámites de expulsión rápida sean más ágiles.

Nada se puede hacer contra la pobreza, contra las matanzas de índole religiosa, étnica, de género o de lo que sea. Nada se puede hacer contra gobiernos corruptos que se sientan sobre las riquezas naturales de sus países, para enriquecerse ellos a costa de empobrecer a sus ciudadanos malvendiéndolas a nuestros gobiernos cómplices. Nada se puede hacer porque eso significa que nuestros hijos llorarían mucho por no poder tener cada año un móvil más nuevo y más rápido; porque no podríamos tener esas amenas charlas de café ―tendríamos que volver al anís El Mono― y Marca, porque no tendríamos café. Ni tampoco Cola Cao. Dejaríamos de cantar lo de soy aquel negrito del África tropical a soy aquel blanquito de la Europa Septentrional. Y eso no gusta.

Bombardeemos, vallemos, hundamos y recemos. Sigamos rezando. No dejemos de rezar, ni de darnos golpes en el pecho. Ataquemos, no vaya a ser que suba la prima de riesgo. Ocupemos, no vaya a ser que los analistas financieros, esos gurús que mueven el mundo gracias a su economía fantasma, esos trileros cuyos dados cotizan en las más importantes bolsas del mundo, se vayan a enfadar con nosotros.

Esto es algo muy simple. Son o ellos o nosotros, no hay que darle más vueltas. Para que haya un rico tiene que haber un pobre, y yo no quiero comer mierda. Que la sigan comiendo otros, que ya están acostumbrados y tienen el estómago hecho a ello. El mío necesita omeprazol con la segunda loncha de jamón.

La foto se tomó de http://www.rtve.es