LA PACIENCIA

TropezarDosVecesConLaMismaPiedraHabía esperado mucho tiempo. Primero aguardó a saber lo que quería hacer con su vida. Después, cuando al fin lo supo, vinieron los impedimentos. El temor de la familia ante todo lo que fuera nuevo, la falta de confianza que tenían en ella, a la que continuaban viendo como la niña que hacía años que dejó de ser.

Luego vinieron los hijos; los pañales, la educación, las adolescencias. Todo estaba en su contra, cualquiera que no hubiera sido tan fuerte habría abandonado, pero ella siempre tuvo la paciencia entre sus virtudes y jamás abjuró de sus sueños. Desde que tuvo la certeza de lo que deseaba no le faltó entereza para aguardar su oportunidad.

El tiempo pasó y al fin le dio la oportunidad de cumplir sus deseos, de hacer realidad aquello que tuvo que guardar en un cajón hasta que llegara su momento. Y el momento llegó. Hace días que comenzó a recorrer el mismo camino que otros surcaron antes hasta el fracaso.

La imagen utilizada se tomó de http://www.calvoconbarba.com 

EL SOL SALE PARA TODOS

2014-12-22 09.58.20Amanece. La luz muda el cielo de negro a azul oscuro, a gris azulado y a azul celeste en lenta sucesión cuando aún las farolas no han dejado de trabajar. Pasan los últimos camiones de la basura y se escucha el ruido de las primeras mesas de los bares colocándose a sus puertas. Los dueños de los perros aparecen por las aceras para que sus mascotas alivien sus necesidades contenidas durante la noche y los kioscos colocan los periódicos bajo gruesas piedras para evitar que vuelen. Hoy no necesitarán plásticos que los cubran.

Algunos mendigos aún permanecen sepultados en sus nichos de cartón, abrigados junto al muro de cualquier bloque de pisos. Los cartoneros rebañan contenedores olvidados y regresan apresurados a la choza en la que descansarán de la luz, esperando la vuelta de la noche como vampiros de desechos, carroñeros de las despojos del gran capital.

Las bicicletas comienzan a aparecer, las empleadas del hogar llegan a las casas. Algún que otro edificio mantiene su puerta abierta, sostenida por el cubo que utiliza la limpiadora de la empresa, que la tiene asegurada por muchas menos horas de las que en realidad trabaja. En las panaderías vierten los capazos llenos bajo los mostradores, dejando un olor tan familiar como el café recién hecho.

Las avenidas se llenan de coches apresurados que luego cuidarán los hijos de la exclusión. Retumba el sonido grave y hueco del izado de las persianas de los comercios más tempraneros. Niños y niñas de uniforme caminan apresuradamente, con su mochilas al hombro y la mirada atenta y sonriente a los primeros mensajes en las pantallas de sus móviles.

La luz rompe por el este, la luna se resiste a desaparecer. Nubes blancas dibujan un cielo lleno de matices que pocos habitantes de la ciudad se detienen a contemplar. Es el milagro de la luz que surge cada día y nos muestra que el mundo tiene que cambiar.

CON EL SUELO EN LOS PIES

CON LEL SUELO EN LOS PIESRegresó feliz del entierro. Incluso se atrevió a acercarse a la viuda y presentarle sus condolencias. La mirada ausente de ella no varió cuando le confesó la admiración que sentía por su esposo y lo mucho que le debían por su trabajo, tan luminoso como adelantado en el tiempo, él y los colegas a los que representaba. Quizás ella no le recordara, puede que ni siquiera le hubiera escuchado, ajena a todo lo que le decían. Por si acaso, pensó que lo mejor sería no quedarse más tiempo del aconsejable ante aquella mujer.

Las circunstancias de la muerte no podían menos que otorgarle la razón. Demasiado idealista, poco apegado a la realidad que él se negaba a aceptar, como si en la vida fuera posible cambiar el orden establecido. Idealista y peligroso, porque en los últimos tiempos había enfrentado incluso a las instituciones democráticamente elegidas, como la que él representaba. Si este país era una democracia, tenía que haber acatado el veredicto de las urnas, aunque fueran ya tres las legislaturas en las que sólo él hubiera dado el paso adelante para presentarse como candidato.

Un suicidio, sí. Era lo esperado, por su orgullo, por ser tan emocional, tan vehemente defendiendo lo que no tenía defensa alguna con los pies en el suelo. Mientras abría la puerta de su automóvil en el garaje del tanatorio, no pudo evitar una sonrisa por la maldad que acababa de pensar. Por no tener los pies en el suelo había muerto así, con los pies colgando a unos metros del suelo, en el salón de su casa.

Miró el reloj y se dio cuenta de que no iba sobrado de tiempo. Tendría que dirigirse a toda prisa a la sede. Ya sabía lo que le esperaba: firmar una serie de documentos, devolver unas llamadas inaplazables y atender un par de citas antes del consejo de última hora de la mañana, en el que iban a discutir una vez más los cambios que necesitaban para recuperar la credibilidad social perdida. Hoy ya no les dolería la cabeza, ni a él ni a sus consejeros, por las críticas, afrentas decía más de uno, del difunto. Aunque tampoco estaba muy seguro de que las cosas fueran a cambiar con la desaparición de este hombre, ya que ahora más que nunca se daba cuenta de que el consejo estaba minado de contestatarios y de gente con poca altura de miras, que nada más que le preocupaba su propio interés.

Al llegar a la sede aparcó en la plaza que tenía reservada para él. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que el garaje estaba casi desierto. Mientras recogía su chaqueta del asiento contiguo tuvo una idea luminosa: al iniciar el consejo pediría un minuto de silencio en memoria del suicida, desaparecido en circunstancias desgraciadas, diría. Y al final, en ruegos y preguntas para que la sorpresa fuera, les propondría institucionalizar un premio que llevase el nombre del finado, para reconocer a los colegas más significados.

Volvió a sonreír, no era para menos. Al fin y al cabo él accedió al puesto que ocupa por transformar la realidad. Siempre había compartido los fines con el fallecido aunque su forma de hacerlo, su estrategia a la hora de conseguirlo, había sido bien diferente, más con los pies en el suelo, como a él siempre le gustaba decir. Y después de tantos años seguiría siendo así.

La alegría le impidió controlarse al cerrar la puerta del automóvil, aunque luego respiró aliviado al comprobar que no había roto nada. Mientras se dirigía al ascensor dudó si posponer su idea y dejarlo todo con el minuto de silencio. Las elecciones estaban próximas y quizás la propuesta podría ser un gancho electoral de primera. Y se habrían disculpado, u olvidado tal vez, las circunstancias de la muerte. Porque, al fin y al cabo, el tipo era un contestatario y se había suicidado.

La imagen que ilustra la entrada se tomó de cachunbanbe.wordpress.com/2012/02