COÑO, EL DE TU HERMANA (Y EL DE TU PRIMA MÁS CERCANA)

Dolors-Miquel_Hay una izquierda perdedora, con un miedo terrible a la victoria, que se siente mejor ofendiendo que luchando por combatir la injusticia. Es una izquierda cobarde, que aunque le duele la derrota, ha terminado por cogerle el gusto a compadecerse de ella misma. Es una izquierda torpe, infantil, que paga sus frustraciones con otros. Que no son otros cualesquiera, sino aquéllos que no les van a presentar batalla, tal es su cobardía.

Esa izquierda desbarra en presencia de quienes cree que son como ellos, en entornos de impunidad, porque les faltan huevos, o coño, para enfrentarse a quienes les puedan hacer pupa, no vayan a cagarse patas abajo. Una izquierda lerda y mostrenca que además, saca a relucir el coño para denostarlo.

Como persona que se siente de izquierdas, aunque por lo que veo puede que sólo sea una pose burguesa la mía, siento vergüenza de esa izquierda y no poca frustración, por las alas que dan esos payasos (en el sentido despectivo que aparece en el diccionario), a quienes han hecho de este país el reino de la desigualdad. Gracias a esta izquierda del coño mantendremos a los de siempre en el poder, que se descojonan con estas salidas de pata de banco de nenas malas, porque así continuarán esquilmando este país a su antojo y dejándolo como el erial  que hoy es, y seguirá siendo, con la inestimable colaboración de estos nenes o nenas malcriados.

Para ganar unas elecciones de verdad, porque espero que lo que querrán, si es que saben lo que quieren, es llegar al poder por vías democráticas, hay que convencer a muchos de los que rezan el padrenuestro de que se puede confiar en ellos para hacer un país más justo, y eso no se hace ni a hostias ni ofendiendo a quienes no se te van a abrazar con un cinturón de bombas alrededor del cuerpo.

Quizás después de escribir esto me quiten el carnet de izquierdas. Qué le vamos a hacer. Pero lo que sí tengo claro es que éstas del coño, me tienen hasta los cojones.

ME GUSTA LA NAVIDAD

NAVIDAD_PSUR¡Me gusta la Navidad! Me encanta, me divierte, me asombra; y a veces me entristece, me enoja.

Me gusta la Navidad. Me encanta ver a la gente alegre, corriendo de un lado para otro, con las manos llenas de bolsas, cargadas de paquetes, todos con su nombre escrito, al menos en la cabeza de quien los lleva.

Me gusta la Navidad, porque por primera vez en el año, a pesar de que ya esté a punto de finalizar, todos como colectivo pensamos en los otros, aunque los otros no sean muchos, aunque a los más otros no les dediquemos más que un gesto superficial. Me gusta la Navidad, porque nos saca de nuestro ensimismamiento y nos acerca a los demás. Me gusta la Navidad y sus comidas de Navidad. A pesar de los crápulas, que lo son todo el año, aunque no se les note.

Sí, ya sé, hay quien critica la Navidad, a quien le enoja. Se la ataca por el  consumismo que genera. Nos acusamos de derroche, de malgastar, de valorar más un objeto que un acto de amor, de afecto, y no seré yo quien diga lo contrario. Pero también pregunto: ¿es la Navidad la causa, o es simplemente el reflejo de la sociedad que nos hemos dado? ¿Somos así todo el año o es ahora cuando más se nota? ¿No será que debemos modificar nuestro comportamiento el resto del tiempo antes de pretender hacerlo solo por Navidad? Sí, claro que debemos cambiar; y mucho más en estos momentos en los que el planeta está dando muestras de su incapacidad para sostener más el crecimiento desmedido. Debemos sustituir el consumo como patrón oro de la sociedad por otro más solidario con el ser humano y con el planeta, y no nos va quedando más remedio que hacerlo. Claro que hay que buscar otro norte, y si lo buscamos el resto del año, también lo encontraremos en Navidad.

 

Me encanta la Navidad. Me encantan los mantecados, los polvorones. Mis primeros recuerdos de Navidad tienen que ver con ellos, en la cocina de la casa de mis abuelos paternos en Estepa. Mi abuelo era impresor. Tenía una imprenta cuya principal línea de negocio, como se dice ahora, era fabricar las cajas y los envoltorios de papel de los mantecados. Me encantaba entrar en aquella casa y, después de saludar a la familia lo más rápido que podía, correr a abrir aquella puerta secreta que no daba a los bosques de Narnia, sino a la imprenta. Tras ella, el ruido acompasado de las máquinas trabajando, el olor a papel, el ir y venir de personas enfundadas en batas de color café. ¿Eran de ese color o me traicionan los recuerdos?

Por aquella época, casi todas las casas de Estepa tenían su horno para hacer mantecados. Fue así hasta que, como luego se ha replicado al prohibir que produzcamos nuestra propia electricidad con placas solares, dejó de permitirse que se fabricasen, aduciendo razones de higiene. Como tanta gente, mi abuela María hacía mantecados en la casa, y luego el abuelo Antonio le imprimía sus propios papelillos. Nosotros tomábamos Mantecados Antonio y María. Las cajas lucían una foto de Estepa, con la torre de la Victoria bien visible, y en los envoltorios destacaban unas letras A y M de lo más barrocas, entrelazadas. Eran mantecados grandes, que se deshacían al partirlos. Los restos que quedaban en el interior los aplastábamos de nuevo con ayuda del papel para compactarlos y comernos hasta el último trozo.

Mis primeros recuerdos navideños son golosos, como podéis comprobar. Imagino que es así para todos. Lo primero que evocamos de estas fechas tiene que ver o con comida o con los Reyes Magos, y en mi caso son los mantecados y el pollo a la naranja que hacía mi madre cada cena de Nochebuena, lo primero que se me viene a la memoria. Pero también los Reyes Magos.

Me encanta la Navidad, me divierte, me asombra, aunque a veces me entristezca o me enoje. Y si me divierte, es sobre todo por la Cabalgata de Reyes Magos. Para mí, sin duda, el 5 de enero es el día más alegre de esta ciudad. Con todos mis respetos a otras fiestas y tradiciones solemnes de esta ciudad, que muestran una elegancia popular refinada e incomparable, la Cabalgata de Reyes Magos saca lo mejor de cada sevillano. ¿Quién no se ha lanzado a la calle, dispuesto a luchar a muerte por un caramelo, incluso armado de paraguas aunque no fuera un día de lluvia? ¿Quién no ha cantado La gallina turuleca al son de alguna de las bandas de Semana Santa que ambientan la Cabalgata, quién no ha gritado, saltado al paso de los beduinos, a cualquier edad? ¿Quién no se ha emocionado al ver los ojos de un niño, sea o no de su familia, y su mirada de asombro ante esa grandiosa representación? ¿Quién no ha sido niño de nuevo al disfrutar de un espectáculo así?

Resulta conmovedor reconocer que es posible ilusionarse al menos una vez al año, que se puede forjar una emoción colectiva de felicidad, de alegría. ¿Qué sería de nosotros, de esta ciudad adormecida y rehén de su pasado y de sus cronistas más trasnochados, si generásemos una ilusión por nuestro futuro como la que trasmina esta ciudad la noche del 5 de enero? ¿Por qué el día 6, o el 7, vuelve a dormirse, por qué regresan nuestros complejos, la culpa y el arrepentimiento por habernos comportado así durante la Navidad? ¿Qué sería de nosotros si cada día del año fuese un 5 de enero?

 Me divierte el día de Reyes, me asombra, me emociona. Y me han divertido y emocionado los 5 de enero como padre. La cabalgata pasa por delante de casa de mis padres. Es una segunda planta y ha sido siempre el lugar de reunión para la familia este día. Mi madre aún compra confeti, serpentinas, globos, que mis hijos y sobrinos lanzaban al paso de la comitiva. Cuando eran pequeños y terminaba de pasar, todos corrían a la habitación de mis padres. Siempre había un despistado que se había dejado una ventana abierta, por la que se habían encaramado los pajes de los Reyes Magos para dejar los regalos antes que en ningún sitio y así aliviarse del duro trabajo que les quedaba por hacer esa noche. Sí, me gusta, me encanta el día de Reyes porque representa momentos como este en muchas casas, porque seguro que al escucharme contar esta anécdota familiar se les ha venido a la memoria instantes parecidos en sus familias.

Otro momento especial de esta época del año, el primero en orden cronológico, es poner el Nacimiento. El día de la Inmaculada es el que solemos escoger para ello, como para tantas otras familias. A pesar de que ya son mayores, mis hijos son los primeros en continuar la liturgia de colocar todas las piezas que hemos ido comprando a lo largo de los años. Y eso, a pesar de que en nuestra casa tenemos una vitrina llena de Nacimientos de muchos países de América Latina, que lucen todo el año. Nacimientos de Chile, Colombia, Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Paraguay…Nacimientos guaraníes, incas, araucanos…Esto no es excusa para volver a poner cada año nuestro Belén, el que hemos ido construyendo con el paso de los años, y disfrutar de esos sencillos ritos que estrechan los lazos entre generaciones y se guardan en nuestra memoria colectiva.

Por días así de entrañables disfruto de la Navidad, pero no debo olvidarme del significado profundo de un tiempo como este. Muchos cristianos se sintieron tremendamente molestos cuando hace años un concejal, sin duda con afán provocador, denominó a estas fiestas como las del solsticio de invierno. También hay quien se queja de la descristianización de los motivos que se utilizan para iluminar nuestras calles. Pero hay que reconocer, y eso no le quita nada a nadie, que en su momento también el cristianismo se apropió de fiestas que estaban en la raíz profunda de la humanidad, en los cultos relacionados con la tierra y el sol. Esto no les resta nada a los creyentes, pero también quienes no creen pueden hacer suyas estas fechas.

¡Me gusta la Navidad! Me encanta, me divierte, me asombra; y a veces me entristece, me enoja. Y me gusta la Navidad porque no sucede en cualquier momento, sino en una época muy especial, como es el del momento en el que la luz vence a la noche.

El cristianismo celebra mañana el nacimiento del Hijo de Dios. El Niño Jesús no podría haber nacido en otra época del año que en el solsticio de invierno: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida”, dice el Evangelio de San Juan. El solsticio de invierno no es solo una fiesta para el cristianismo; también es un día sagrado para otros pueblos y religiones. Por mi cercanía personal a los pueblos de América, quiero recordar el Inti Raymi, o del Wawa Inti Raymi (la fiesta del sol o del niño sol), celebración que se hace durante el solsticio de invierno del hemisferio sur, el 24 de junio, nuestro día de San Juan).

El solsticio es el día en el que la luz vence a las sombras. Es un día en el que la esperanza se abre paso ante el pesimismo. Representa el derecho que toda persona tiene a rehacer su vida, a nacer de nuevo, a resucitar en vida; a superar sus contradicciones, sus fallos, sus inconsistencias. Es el día para volver a empezar, para resurgir. Vuelve la luz a la vida, vuelve a abrirse camino entre las tinieblas para vencer a la noche. A caminar. La luz del mundo, quien me sigue no andará entre tinieblas, luz de vida. Esta frase tan evangélica, puede ser asumida por cualquier persona, crea en lo que crea.

La luz viene para volver a empezar. Quizás los resultados que se han dado en las elecciones del domingo no hayan sido casualidad, en un momento como el del solsticio de invierno. Quizás necesitamos volver a empezar, puede que ese haya sido el mensaje que hayamos dejado los españoles en las urnas. Y necesitamos luz para recorrer ese camino.

El solsticio de invierno nos muestra que hay que resistir, que hay que tener paciencia y no hay que perder la esperanza. Aunque luego la luz  avance en su insolencia y terminemos por volver a caer en nuestros propios errores de soberbia, y nuestra falta de humildad acabe por arrojarnos a las llamas en las hogueras de San Juan, día en el que la noche vuelve a abrirse paso para hacernos pagar nuestros errores.

Y por eso, me gusta la Navidad, porque es parte de la vida. Y me encanta, me divierte, me asombra; aunque a veces me entristezcan o me enojen las miradas superficiales hacia ella.

La luz está llegando y nos ayudará a que nuestro aliento de vida se sobreponga a las tinieblas. Queridos amigos, feliz llegada de la luz, Feliz Navidad; paz a las mujeres y los hombres de buena voluntad; fuerza y aliento para que hagamos entre todos un mundo más justo, para ayudarnos a ver al otro como parte de nosotros. Somos humanos a través de la humanidad de los otros, dice la filosofía Ubuntu, de la que tan buen embajador era Nelson Mandela.

Y mucho amor. Mucho amor a la madre tierra que nos acoge. Liberémonos del miedo de las tinieblas, dejemos las tinieblas de ese pasado lleno de injusticias, de avaricia y soberbia. Hágase la luz, que ilumine nuestros pasos y nos haga caminar juntos. Que como los Reyes Magos, sigamos nuestra Estrella de Oriente, y que sepamos que no todos los caminos conducen a Roma si se trata de justicia. Sigamos la Estrella sin temor. Ya viene el sol, y viene para darnos luz a todos. No importa cuán dura fuera nuestra noche; es hora de caminar y de dejarnos iluminar.

¡Feliz Navidad! ¡Feliz llegada de la luz!

Sevilla, 23 de diciembre de 2015

DONDE DIJE DIEGO DIRÉ BARTOLOMÉ

Sandro Botticelli - La Mappa dell'InfernoA veces recibo críticas sobre lo que escribo en el blog, lo que comparto en mi muro de Facebook, o mis aportaciones en Twitter. Hasta ahí lo normal. Y no sólo lo normal, sino lo deseable.

Yo  concibo estas formas de comunicación como vías para contrastar opiniones, compartir dudas, ideas, propias o de otros, Incluso las afirmaciones más rotundas pueden, deben y de hecho son, discutibles, rechazables, mejorables y todo lo “able” que se pueda pensar. Lo más positivo de una red social es que te da la oportunidad de aprender de otros y con otros, porque en mi opinión, nuestras ideas se construyen de forma dinámica, de acuerdo a nuestra sensibilidad, el prisma a través del cual vemos las cosas, y la de los otros. No entiendo por tanto, las ideas como algo absoluto sino evolutivo, y por eso veo matices positivos en aquello de “donde dije digo, digo Diego”, tan denostado en mi país, que le parece mejor lo de “sostenella y no enmedalla”. Por supuesto que hay cambios y cambios, pero resulta difícil aquí no empezar por echarle en cara su pasado a quien hace una nueva propuesta o es crítico con alguna posición.

Esto no es exclusivo de España. Cambiar de idea, sobre todo cuando se ha tenido la posibilidad de ponerla en práctica y se ha comprobado lo erróneo que fue, debería implicar pedir disculpas por ello de forma paralela a la introducción de una nueva propuesta. Pero pedir perdón es algo prohibido en nuestra sociedad, algo que tarda en producirse. Desde al menos cuatro años en lo político, hasta siglos en instituciones religiosas.

De las diatribas que aparecen en las entradas que comparto, a veces estas se basan en que la persona citada antes pensaba o hizo alguna cosa y ahora defiende otra, no fue crítica con algo y ahora sí que lo es. Parece como si el tiempo no fuera un factor decisivo a la hora de evaluar. O que lo que ahora se propone pueda ser aún peor de lo que había, a pesar de que ahora se haya demostrado que también aquello era malo.

En todo caso, para mí no es un argumento de valor absoluto aquello que dijo o hizo alguien en su momento. Si soy contrario a la pena de muerte física, también lo soy por igual a la social. Me gustaría que me dieran la oportunidad de rehacerme antes de soportar la condena eterna en los infiernos. Y esto, en un país católico, se crea o no, es una cuestión de la religión social que se profesa.

La imagen que ilustra la entrada se titula La Mappa dell’Inferno”, de Sandro Botticelli y se obtuvo de la página http://infernofirenze.blogspot.com

PHILOMENA

PHILOMENALa última película de Stephen Frears me ha gustado mucho. Philomena trata la historia de Philomena Lee, interpretada por una fantástica Judi Dench.

Una joven adolescente queda embarazada y sus padres la internan en un convento católico, en el que dará a luz a un hijo y trabajará para las monjas a cambio de su manutención. Cuando el niño, Anthony, tiene unos tres años de edad, las religiosas lo entregan en adopción a un matrimonio norteamericano. Philomena no destapa la historia hasta el día en el que su hijo Anthony cumpliría cincuenta años, en 2002. Ese día se lo confiesa a su hija, que contacta con un periodista fracasado, expulsado como asesor del Partido Laborista británico, Martin Sixsmith, aquí interpretado por Steve Cooghan, el cual inicia la búsqueda de Anthony contratado por una publicación sensacionalista.

En estos últimos años se ha tomado una gran conciencia sobre el tema de los niños robados por religiosas católicas en España, aunque estos casos han sido aún más graves si cabe, por haber sido dados por muertos y entregados luego a padres adoptivos. Es de triste recuerdo también lo ocurrido en Argentina durante la dictadura militar, en la que hijos de desaparecidos los acogían matrimonios afectos al régimen. La primera pregunta que me hago al ver la película es el por qué de que estos hechos hayan ocurrido en el seno de la iglesia católica y no en otras iglesias cristianas.

Es probable que la adopción de niños en riesgo de exclusión pudiera tener un fundamento. De hecho, las adopciones son así. Pero por qué saltarse todas las normas éticas habidas y por haber es algo que se me escapa. Esa superioridad moral que se arrogan muchos religiosos y religiosas aún hoy, que se convencen de su verdad y de lo que ellos creen que hay que hacer, para imponérselo a los que tienen alrededor. Ese fin que justifica los medios, unos medios con frecuencia atroces para unos fines en los que solo ellos creen.

Recuerdo el caso que me contó una señora en el Polígono Sur de Sevilla. Llevaba una vida desastrosa. Sus hijas las internaron en un colegio de monjas y ella las veía los fines de semana. Un día llegó y sus hijas ya no estaban. Y no volvió a verlas hasta que muchos años después su búsqueda incesante dio sus frutos. Hoy sigue viviendo de las limosnas que le entregan a la puerta de una iglesia sevillana, pero nunca olvidará cómo se las arrebataron.

Me gusta mucho el planteamiento que se hace en la película porque en mi opinión hace una crítica muy dura sin caer en maniqueísmo. Creo que hay un respeto importante por la mayoría de edad del espectador, por presentar unos hechos, unos cuestionamientos, unos conflictos, ante los que el público debe reflexionar y adoptar una postura. Ni el director ni el guionista nos tienen que dar lecciones, sino que nos deben abrir una puerta a la reflexión. Y eso no es incompatible con tomar una postura firme y convencida ante los hechos que se plantean.

La dualidad creencia- increencia de los dos protagonistas me parece muy interesante, así como el poder del perdón. Sigo creyendo que a quien más beneficia el perdón es al que perdona y la mayor humillación que sufre la religiosa que urdía aquellas adopciones lucrativas, fue la de sentirse perdonada. Interesante, en una España en la que el castigo, la cárcel, se clama muchas veces como venganza en lugar de como forma de resarcimiento social, de oportunidad para rescatar a la persona que hizo daño.

Echo en falta un mayor dibujo del personaje de Martin Sixsmith. Creo que era compatible con centrar la historia en la auténtica protagonista, Philomena. Pero ese perfil de metepatas, de falta de formas y de pelea con la vida, quizás hubiera merecido algún detalle más.

En resumen, una muy buena película, a la que hay que llegar desprovisto de planteamientos previos, para dejarse influir por lo que se plantea y sacar nuestras propias, las de cada uno, conclusiones.

La imagen que ilustra fue obtenida de www.filmaffinity.com