UN CORAZÓN DE HORMIGA

El viernes 13 de febrero de 2015 tuve el inmenso placer de acompañar a Mila Guerrero en la presentación de su premiada colección de relatos. Esto traté de decir en un día tan especial

MILAEn primer lugar, quiero agradecer a Mila Guerrero el privilegio de poder estar aquí con ella, acompañándola en la puesta de largo de su “Corazón de hormiga”. Es para mí un honor y un orgullo muy grande. Parece mentira que años después de conocernos en aquel taller literario que dirigía, y aún dirige Eduardo Jordá, nos encontremos sentados aquí para presentar este magnífico libro.
Es un momento muy bonito, aunque no sea la primera vez, hace unos diez meses también tuvimos la oportunidad de compartir esta mesa aquí, en Morón, si bien entonces intercambiamos los papeles ya que ella fue la que me hizo los honores y me trajo a un lugar tan especial, a un lugar como Morón, abundante en escritores de categoría y que me merecen tanto respeto.
Es un orgullo que se acuerden de uno para participar en un acto como este, pero si también se conjugan el aprecio y la admiración personal, la amistad, al menos en mi caso me siento aún más feliz.
Conocí a Mila cuando ya llevaba ganados varios premios literarios. Sé que en estos años ha mantenido su vocación de ser escritora, a pesar de que sus circunstancias personales como trabajadora, como madre le habrán hecho sufrir grandes altibajos en este camino. Afortunadamente no ha tirado la toalla y espero que días como este le animen a seguir escribiendo, por el bien de todos nosotros. Porque Mila es una escritora de verdad.
Ha sido una coincidencia que mientras leía los relatos de Mila para preparar esta presentación hubiera compartido mi tiempo de lectura con el que empleaba en releer a grandes cuentistas norteamericanos como Flannery O´Connor o Raymond Carver.
Reconozco mi debilidad por el relato breve norteamericano, de autores como los que he citado, además de Truman Capote, John Cheever o Alice Munroe. Es un género al que todavía no somos demasiado aficionados en España. Cuesta trabajo publicar libros de relatos y me parece que hay que valorar el esfuerzo que una editorial como Anantes realiza por darlos a conocer. Me gustan mucho porque tienen una prosa cuidadísima que no se puede leer de cualquier forma, y porque, aunque aparentemente breves, encierran un universo prodigioso en su interior. Por eso creo que muchos de los grandes escritores del género son también excelentes poetas.
No quisiera extenderme demasiado, pero me gustaría traer el inicio de dos de los relatos que Mila nos presenta hoy para reflexionar sobre su creatividad literaria. He elegido los dos primeros que aparecen en el libro:

Solo hay una cosa en este mundo

que me guste más que el invierno:

las mañanas de Elena. Como el invierno,
Elena por las mañanas huele a tierra mojada.
(Un corazón de hormiga)

Elena huele por las mañanas a tierra mojada. ¿Quién no querría sumergirse en ese olor de Elena, quién no querría saber más sobre ella y sobre ese personaje que la describe así? Creo que la prosa de Mila es luminosa, nos invita a entrar en su mundo con delicadeza, descorre con suavidad el visillo de su prosa, con dulzura, pero no impide que ese delicado gesto nos deslumbre, y su intensidad nos haga cerrar los ojos, antes de salir en pos del rastro que nos muestra su luz. Dos frases han bastado para introducirnos en un mundo desconocido y acceder a él sin miedo y sin condiciones.

Odiar es fácil. Ya se lo dije a Sofía,
pero ella no quiso escucharme.
Por eso, y porque fue difícil
sacar a Willy de la bañera es por lo que ahora vivo solo.
(Odiar es fácil)

El contraste. La facilidad para odiar, para generar un sentimiento como el odio, y en cambio la dificultad para sacar a alguien de la bañera. Otra vez solo dos frases nos hacen esfumarnos de la habitación en la que leemos y aparecer en un cuarto de baño en el que no sabemos lo que ha pasado.
Creo que Mila tiene esa prodigiosa facultad de secuestrarnos con solo dos frases, de introducirnos en un instante en un mundo que nos suscita tanta curiosidad. Así, entregados, nos dejamos llevar hasta el final de su mano.
La literatura de Mila tiene la inmensa cualidad de hablarnos lo que está escrito y de lo que no lo está. En su prosa es tan importante la palabra escrita como la intuida. Es capaz de abrirnos a la complejidad psicológica del ser humano, a nuestros miedos, a nuestras profundas contradicciones y a ese mundo interior nuestro que no queremos destapar por el miedo de encontrarnos con nosotros mismos. Esto lo hace con una gran variedad de registros, como puede comprobarse en su magnífico blog Terapia Opuscular, que no puedo dejar de recomendar.
Los relatos de Mila son por eso, universales. No están localizados en ningún lugar físico sino en el alma de la especie humana. Eso los hace grandes. Y por ello les invito a todos a que los lean, y a que lo hagan con tiempo y tranquilidad. Son relatos para paladear, para degustar a sorbos, para que lo disfruten las papilas gustativas y lo saboreen en toda su plenitud. Y también para pensarlos y para volver a releerlos. La gran literatura deja poso y hay que volver a ella cada cierto tiempo.
Pensaba esto para decirlo aquí cuando caí en la cuenta de que estamos en una ciudad con una base norteamericana. Elucubré si nuestra escritora moronense hubiera nacido al otro lado de la valla de la base, si en vez de Milagrosa Guerrero se llamara Miracle Warrior. Su éxito sería indiscutible. Pues bien, por nuestra cultura, por nuestra literatura, hagamos que este libro de Mila sea un éxito y obtenga el reconocimiento que merece. Y que a este le sigan muchos más. Gracias por permitirme ser testigo de este día.

QUÉ PINTA UN GUIRI EN SEVILLA

John-Reel-Que-PintoJohn Julius Reel, escritor estadounidense afincado en Sevilla, acaba de publicar su primer libro, ¿Qué pinto yo aquí? Un neoyorquino en la ciudad de Nunca Jamás (Editorial Confluencias).

En primer lugar, como vengo del mundo de la investigación, he de declarar conflictos de intereses acerca de lo que voy a escribir. He de decir por tanto, que John es mi amigo. Por tanto, advertidos quedan y tómense lo que viene como ustedes quieran, pero les aviso de que esto no tendrá que ver con falsas adulaciones a la obra, sino con el mayor conocimiento de la misma, por las innumerables charlas que sobre ella hemos tenido desde que su publicación tan solo era el sueño americano de un tipo terco e insistente, que se había empeñado en escribir sobre la ciudad que le enamoró.

Dicen que este libro es una recopilación de los artículos que John publicó en la sección “La Sevilla del guiri” de Diario de Sevilla. Permítanme que discrepe, probablemente incluso con su autor y editores. Es cierto que uno a uno se publicaron en este periódico, pero si lo leen como un libro lo que verán es una declaración de amor por capítulos a la ciudad que escogió para vivir. Yo era seguidor de sus publicaciones y leí casi todas en su momento, pero al verlas en su conjunto he tenido la sensación de que todo era nuevo para mí. Creo que ha sido un gran acierto publicar esta obra así, porque de esta forma se puede concluir que lo que estamos leyendo es en realidad una historia de amor.

¿Qué pinto yo aquí? es una obra muy arriesgada, porque trata del amor de un extranjero hacia una ciudad que muchos sevillanos creen que tienen la exclusiva para amarla y, lo que es peor, cómo amarla. Parece que no se pueda amar a esta ciudad si no te gusta la Semana Santa o la Feria; si no la amas, y perdón que repita tanto este verbo, como aquellos que pretenden patrimonializar la ciudad del Nunca Jamás, como John la denomina en su particular fascinación. Porque John no suele ver la Semana Santa y hace tiempo que no va a la Feria, y no participa de esas tradiciones que muchos sevillanos piensan que hacen grande a esta ciudad. ¿Será que Sevilla es mucho más que eso? ¿Serán capaces algunos sevillanos de aceptarlo?

Es probable que a muchos sevillanos no les gusten algunas cosas a las que John hace referencia, o simplemente no estén de acuerdo con él, pero es que no se trata de eso. Lo que él pretende en este libro, creo que lo ha representado de manera extraordinaria el ilustrador Daniel Rosell en la portada, hacer una mirada hacia la ciudad de sus sueños desde el “yo” histórico de John, como estadounidense nacido en Staten Island en el seno de una familia tan especial como la de cualquiera, que cursa unos estudios universitarios, que tiene unas experiencias de vida, únicas también como las de cualquiera, y que un buen día decide dar un cambio radical y se topa con esta ciudad. Un tipo prepotente y ambicioso, como él mismo se autodenomina en el libro, nacido en el país más prepotente del mundo se adentra en la ciudad probablemente más endogámica de un país ciertamente endogámico.

¿Qué es Sevilla, cómo somos los sevillanos, nos parecemos en algo a lo que cuenta este guiri o solo somos nosotros los que podemos decir algo sobre esto? Me parece impagable tener la oportunidad de ver nuestra ciudad a través de los ojos de alguien de fuera, porque este alguien nos aporta una persepectiva que es difícil de captar con nuestros propios ojos. Esa mirada nos enriquece porque ensancha la nuestra y, permítanme decirlo, pone en valor aspectos a los que no se lo damos. Que un neoyorquino compare una de las ciudades más cosmopolitas del momento actual con otra que lo fue, y ahora sea de las más provincianas y endogámicas, no debería ser otra cosa que una muestra de orgullo para todos los sevillanos. Independientemente de que se esté de acuerdo o no con lo que allí se diga. Porque me pregunto si en realidad, se puede estar de acuerdo o no en una determinada visión, o simplemente debemos aceptar lo que cada cual ve con sus propios ojos. Creo que si alguien se siente ofendido o disgustado por la visión que desde este libro se hace de Sevilla, nada más que puede hacerlo desde su cortedad de miras y desde su  propia mediocridad.

No obstante, creo que esta obra es mucho más que un libro sobre Sevilla y eso es virtud de John. El escritor utiliza las dos ciudades como correlatos objetivos para hablarnos de valores universales. John escribe para entender el mundo, como lo hacía Clarice Lispector, y lo hace, de forma arriesgada una vez más, porque ¿Qué pinto yo aquí? también es un libro sobre su concepto sobre el amor,  sobre la familia, sus creencias, los valores cívicos, el choque cultural, y expone sin tapujos lo que cree y en lo que cree. En épocas tan ambiguas, tan políticamente correctas, en las que uno sólo pasa a ser aceptado en la manada si asume punto por punto los mandatos de la misma, poder recibir la visión particular de este escritor sobre el mundo es algo que deberíamos celebrar, y no para discordar, que por supuesto que podemos estar en desacuerdo en lo que dice, y yo me incluyo, sino para hacernos reflexionar. Porque este libro no debemos leerlo para aceptar o renegar de lo que John piensa del mundo, sino para que sus aportaciones nos ayuden a entender ese mundo que es el de todos, el de John, el suyo y el mío. Qué pobreza es leer nada más sobre aquello que nos sirva para refrendar nuestro propio pensamiento. Qué lujo poder leer al que piensa diferente para que nos influya y, sobre todo, para que nos ayude a entenderlo mejor y así ganar en uno de los valores más importantes, si no el que más, que debemos tener: la tolerancia.

John además, ha tenido la inmensa osadía de escribir el libro en español, un idioma que, como afirma, será siempre para él un idioma extranjero. Esto es toda una ofensa para los que pretendemos hacer literatura en español como lengua materna. Una afrenta de la que nos defenderemos sacando el bisturí filológico y así para poder cazar toda frase que esté mal construida, como muestra inequívoca de su atrevimiento. Aunque también nos podría servir para admirar el arrojo de una persona entiende la vida como una oportunidad para superar nuestros propios límites, y de esta forma contribuir con su granito de arena para que el mundo sea cada vez mejor. Que cada cual piense lo que le parezca.

LA IMPORTANCIA DEL PUNTO DE VISTA

IMG00420-20120602-1307En estos meses he leído un par de novelas que trataban temas de gran actualidad,  para los que nuestra sociedad está demostrando una creciente sensibilidad. Las historias las firman expertos en la materia que debutan en la ficción, profesionales comprometidos que conocen desde dentro lo que cuentan y que han querido trasladar esa experiencia en forma de novela, llevados sin duda tanto por sus aficiones literarias como por el deseo de encontrar nuevas formas de sensibilizar y divulgar la problemática en cuestión. Mario Vargas Llosa dice que una novela es una mentira que cuenta una verdad, así que la opción elegida por estos autores, de inventar una historia que sin haber ocurrido, podría ser realidad, es una estrategia más que legítima para acometer el loable fin que persiguen ambos relatos. Pero una novela no es solo contar una historia, también es un lugar desde el que hacerlo y de eso trata la reflexión que continúa.

IMG00421-20120602-1322Ambos autores han elegido para contar la historia un narrador omnisciente y creo que ahí ha habido un problema muy importante. Un narrador omnisciente es un contemplador de lo que sucede, que entra en los pensamientos de los personajes que el autor elija, pero que no debe manipular al lector. Debe ser invisible, testigo, pero nada más. Si se tiene otra intención hay que elegir un narrador en primera persona. En mi opinión, ambas novelas hubieran funcionado mucho mejor con este tipo de narrador, en lugar de un omnisciente, que además en ambas circunstancias se convierte en alter ego del escritor, transmitiendo los valores en los que cree el escritor. Valores que pueden ser muy legítimos pero que no por eso se deben transmitir de esta forma en la novela. No digo ni siquiera que no se transmitan, pero no dejarle este papelón al narrador.

Se hace muy difícil diferenciar entre el escritor y el narrador en ambas historias. Además, la buena intención de ambos escritores, la nobleza del fin que persiguen y su intención pedagógica, hacen que el resultado de alguna forma se difumine, pero si el tema que tratan hubiera sido de más dudosa unanimidad esta forma de narrar hubiera sido desastrosa. Caer en el maniqueísmo, por muy buena intención que se tenga, es un error, y creo que para contar la postura personal, si se piensa que una novela es la vía correcta, que esa es otra, quizás el narrador en primera persona hubiera sido una mejor elección. O en todo caso, un narrador omnisciente con menos presencia en la historia y más visualización de lo que se quiere transmitir a través de lo que hacen o dicen los personajes. Creo que el resultado hubiera sido mucho mejor, y probablemente con un menos número de páginas en ambas historias.

Otro aspecto que me parece importante para reflexionar es el papel del lector en estas historias, y en general, su papel en la literatura. En mi opinión, un libro es un lugar de encuentro entre autor y lector. No me parece ético, por muy buenas intenciones que tenga el autor, que este le imponga determinadas valoraciones. El lector es mayor de edad y tiene todo el derecho a sacar sus propias conclusiones acerca de lo que se le expone en el texto. Tampoco hay que darle toda la información, el lector se las puede componer para tratar de profundizar en lo que estime conveniente. La intención pedagógica tiene otras formas de exponer que no tiene por qué utilizar un género como la novela. Al menos, no de esta forma. Daba la sensación de que en lugar del narrador omnisciente de una novela, asistía al reportaje de un periodista que, micrófono en ristre, explicaba los hechos sucedidos y los contextualizaba. Un lector no lee para que le den lecciones, sino tomar sus propias conclusiones a partir del texto.

En fin, qué difícil es escribir y qué fácil ver la paja en el ojo ajeno. Pero creo que estas dos historias podrían haber dado mucho más de sí y hubieran alcanzado sus propósitos de una mejor forma, llegando a mucha más gente. Porque de la forma que eligieron únicamente habrán dado satisfacción a sus correligionarios.

INTEMPERIE

IntemperieTenía ganas de meterle mano a este libro desde hace tiempo. Me habían hablado tan bien, las críticas eran tan favorables, que me comía la curiosidad por leerlo. Si además, es el debut del autor como novelista, aparece entre las diez mejores obras de 2013, se va a hacer una película sobre ella, a traducir a no sé cuántos idiomas… no podía dejarla a un lado.

La verdad es que me chocó su lenguaje al principio. Mi gusto se inclina a prosas más sencillas, a más diálogos, pero debo reconocer que ese rechazo inicial cambió por completo, de inmediato.

Ha sido una lectura fascinante. Los personajes no tienen nombre, los lugares tampoco. El pastor, el niño, el alguacil, el tullido, el pueblo…Tan solo un apodo de uno de ellos, el del compañero del alguacil, Colorao. No se sabe la edad de ninguno, la época en la que sucede la acción, el lugar…Se pueden intuir, pero poco más allá. Creo que este es un acierto innegable porque colabora a crear esa atmósfera envolvente, inquietante, ocre y acre que tiene la novela.

El lenguaje preciso, incisivo, tan rico en palabras muchas en desuso en el lenguaje común, contribuye sin duda a generar ese universo que Jesús Carrasco ha sido capaz de hacer. He sentido que cada frase estaba medida al milímetro, que no había palabra de más, por mucho que la descripción de una escena se alargase páginas. Por un momento me recordaba a “La lluvia amarilla” de Julio Llamazares, cambiando la dureza de la nieve pirenaica por estepas agrestes y áridas en un tiempo de sequía interminable.

Una novela muy descriptiva, con pocos diálogos y muy cortos, que no se hace en absoluto tediosa, sino todo lo contrario. El título también me parece un absoluto acierto, porque no solo describe el paisaje sino a cada uno de los personajes que aparecen. Todo, todos, están a la intemperie.

Que no existan nombres para los personajes hace que los animales que aparecen en la historia adquieran la fuerza de personajes. El burro, el perro, las cabras, incluso el agua. Todos conforman el universo de una historia que no puede dejar de leerse, pero que no hay que tener prisa en leer.

No obstante, quiero ponerle un pero, que me gustaría discutir alguna vez con el autor y que no me extrañaría que me convenciese de que no tengo razón, y es el personaje del niño. Aunque no se precisa la edad ni cuándo suceden los hechos, me cuesta trabajo entender los pensamientos que tiene y nos relata el narrador omnisciente. Creo que son pensamientos, deducciones, visiones de hombre y me choca verlos en un niño, por mucho que su vida tan dura le haya hecho madurar más deprisa que otros, aunque la historia se hubiera dado en tiempos anteriores a este.

De todas formas, esto no le resta un ápice a la conmoción que me ha causado leer “Intemperie”. Jesús Carrasco se ha puesto el listón muy alto para su segunda novela, que pronto va a salir. Aunque muchos ya quisiéramos habernos puesto ese listón en nuestra opera prima.

En definitiva, creo que es una lectura imprescindible que hay que hacer y un goce para los que amamos la literatura. Una lectura que hay que hacer de día, fresco, para no perder detalle…y para dormir bien.

Y si el libro me parece sublime, lo que ya creo que es apoteósica es la frase final. Imposible acabar mejor una historia tan demoledora.