ME GUSTA LA NAVIDAD

NAVIDAD_PSUR¡Me gusta la Navidad! Me encanta, me divierte, me asombra; y a veces me entristece, me enoja.

Me gusta la Navidad. Me encanta ver a la gente alegre, corriendo de un lado para otro, con las manos llenas de bolsas, cargadas de paquetes, todos con su nombre escrito, al menos en la cabeza de quien los lleva.

Me gusta la Navidad, porque por primera vez en el año, a pesar de que ya esté a punto de finalizar, todos como colectivo pensamos en los otros, aunque los otros no sean muchos, aunque a los más otros no les dediquemos más que un gesto superficial. Me gusta la Navidad, porque nos saca de nuestro ensimismamiento y nos acerca a los demás. Me gusta la Navidad y sus comidas de Navidad. A pesar de los crápulas, que lo son todo el año, aunque no se les note.

Sí, ya sé, hay quien critica la Navidad, a quien le enoja. Se la ataca por el  consumismo que genera. Nos acusamos de derroche, de malgastar, de valorar más un objeto que un acto de amor, de afecto, y no seré yo quien diga lo contrario. Pero también pregunto: ¿es la Navidad la causa, o es simplemente el reflejo de la sociedad que nos hemos dado? ¿Somos así todo el año o es ahora cuando más se nota? ¿No será que debemos modificar nuestro comportamiento el resto del tiempo antes de pretender hacerlo solo por Navidad? Sí, claro que debemos cambiar; y mucho más en estos momentos en los que el planeta está dando muestras de su incapacidad para sostener más el crecimiento desmedido. Debemos sustituir el consumo como patrón oro de la sociedad por otro más solidario con el ser humano y con el planeta, y no nos va quedando más remedio que hacerlo. Claro que hay que buscar otro norte, y si lo buscamos el resto del año, también lo encontraremos en Navidad.

 

Me encanta la Navidad. Me encantan los mantecados, los polvorones. Mis primeros recuerdos de Navidad tienen que ver con ellos, en la cocina de la casa de mis abuelos paternos en Estepa. Mi abuelo era impresor. Tenía una imprenta cuya principal línea de negocio, como se dice ahora, era fabricar las cajas y los envoltorios de papel de los mantecados. Me encantaba entrar en aquella casa y, después de saludar a la familia lo más rápido que podía, correr a abrir aquella puerta secreta que no daba a los bosques de Narnia, sino a la imprenta. Tras ella, el ruido acompasado de las máquinas trabajando, el olor a papel, el ir y venir de personas enfundadas en batas de color café. ¿Eran de ese color o me traicionan los recuerdos?

Por aquella época, casi todas las casas de Estepa tenían su horno para hacer mantecados. Fue así hasta que, como luego se ha replicado al prohibir que produzcamos nuestra propia electricidad con placas solares, dejó de permitirse que se fabricasen, aduciendo razones de higiene. Como tanta gente, mi abuela María hacía mantecados en la casa, y luego el abuelo Antonio le imprimía sus propios papelillos. Nosotros tomábamos Mantecados Antonio y María. Las cajas lucían una foto de Estepa, con la torre de la Victoria bien visible, y en los envoltorios destacaban unas letras A y M de lo más barrocas, entrelazadas. Eran mantecados grandes, que se deshacían al partirlos. Los restos que quedaban en el interior los aplastábamos de nuevo con ayuda del papel para compactarlos y comernos hasta el último trozo.

Mis primeros recuerdos navideños son golosos, como podéis comprobar. Imagino que es así para todos. Lo primero que evocamos de estas fechas tiene que ver o con comida o con los Reyes Magos, y en mi caso son los mantecados y el pollo a la naranja que hacía mi madre cada cena de Nochebuena, lo primero que se me viene a la memoria. Pero también los Reyes Magos.

Me encanta la Navidad, me divierte, me asombra, aunque a veces me entristezca o me enoje. Y si me divierte, es sobre todo por la Cabalgata de Reyes Magos. Para mí, sin duda, el 5 de enero es el día más alegre de esta ciudad. Con todos mis respetos a otras fiestas y tradiciones solemnes de esta ciudad, que muestran una elegancia popular refinada e incomparable, la Cabalgata de Reyes Magos saca lo mejor de cada sevillano. ¿Quién no se ha lanzado a la calle, dispuesto a luchar a muerte por un caramelo, incluso armado de paraguas aunque no fuera un día de lluvia? ¿Quién no ha cantado La gallina turuleca al son de alguna de las bandas de Semana Santa que ambientan la Cabalgata, quién no ha gritado, saltado al paso de los beduinos, a cualquier edad? ¿Quién no se ha emocionado al ver los ojos de un niño, sea o no de su familia, y su mirada de asombro ante esa grandiosa representación? ¿Quién no ha sido niño de nuevo al disfrutar de un espectáculo así?

Resulta conmovedor reconocer que es posible ilusionarse al menos una vez al año, que se puede forjar una emoción colectiva de felicidad, de alegría. ¿Qué sería de nosotros, de esta ciudad adormecida y rehén de su pasado y de sus cronistas más trasnochados, si generásemos una ilusión por nuestro futuro como la que trasmina esta ciudad la noche del 5 de enero? ¿Por qué el día 6, o el 7, vuelve a dormirse, por qué regresan nuestros complejos, la culpa y el arrepentimiento por habernos comportado así durante la Navidad? ¿Qué sería de nosotros si cada día del año fuese un 5 de enero?

 Me divierte el día de Reyes, me asombra, me emociona. Y me han divertido y emocionado los 5 de enero como padre. La cabalgata pasa por delante de casa de mis padres. Es una segunda planta y ha sido siempre el lugar de reunión para la familia este día. Mi madre aún compra confeti, serpentinas, globos, que mis hijos y sobrinos lanzaban al paso de la comitiva. Cuando eran pequeños y terminaba de pasar, todos corrían a la habitación de mis padres. Siempre había un despistado que se había dejado una ventana abierta, por la que se habían encaramado los pajes de los Reyes Magos para dejar los regalos antes que en ningún sitio y así aliviarse del duro trabajo que les quedaba por hacer esa noche. Sí, me gusta, me encanta el día de Reyes porque representa momentos como este en muchas casas, porque seguro que al escucharme contar esta anécdota familiar se les ha venido a la memoria instantes parecidos en sus familias.

Otro momento especial de esta época del año, el primero en orden cronológico, es poner el Nacimiento. El día de la Inmaculada es el que solemos escoger para ello, como para tantas otras familias. A pesar de que ya son mayores, mis hijos son los primeros en continuar la liturgia de colocar todas las piezas que hemos ido comprando a lo largo de los años. Y eso, a pesar de que en nuestra casa tenemos una vitrina llena de Nacimientos de muchos países de América Latina, que lucen todo el año. Nacimientos de Chile, Colombia, Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Paraguay…Nacimientos guaraníes, incas, araucanos…Esto no es excusa para volver a poner cada año nuestro Belén, el que hemos ido construyendo con el paso de los años, y disfrutar de esos sencillos ritos que estrechan los lazos entre generaciones y se guardan en nuestra memoria colectiva.

Por días así de entrañables disfruto de la Navidad, pero no debo olvidarme del significado profundo de un tiempo como este. Muchos cristianos se sintieron tremendamente molestos cuando hace años un concejal, sin duda con afán provocador, denominó a estas fiestas como las del solsticio de invierno. También hay quien se queja de la descristianización de los motivos que se utilizan para iluminar nuestras calles. Pero hay que reconocer, y eso no le quita nada a nadie, que en su momento también el cristianismo se apropió de fiestas que estaban en la raíz profunda de la humanidad, en los cultos relacionados con la tierra y el sol. Esto no les resta nada a los creyentes, pero también quienes no creen pueden hacer suyas estas fechas.

¡Me gusta la Navidad! Me encanta, me divierte, me asombra; y a veces me entristece, me enoja. Y me gusta la Navidad porque no sucede en cualquier momento, sino en una época muy especial, como es el del momento en el que la luz vence a la noche.

El cristianismo celebra mañana el nacimiento del Hijo de Dios. El Niño Jesús no podría haber nacido en otra época del año que en el solsticio de invierno: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida”, dice el Evangelio de San Juan. El solsticio de invierno no es solo una fiesta para el cristianismo; también es un día sagrado para otros pueblos y religiones. Por mi cercanía personal a los pueblos de América, quiero recordar el Inti Raymi, o del Wawa Inti Raymi (la fiesta del sol o del niño sol), celebración que se hace durante el solsticio de invierno del hemisferio sur, el 24 de junio, nuestro día de San Juan).

El solsticio es el día en el que la luz vence a las sombras. Es un día en el que la esperanza se abre paso ante el pesimismo. Representa el derecho que toda persona tiene a rehacer su vida, a nacer de nuevo, a resucitar en vida; a superar sus contradicciones, sus fallos, sus inconsistencias. Es el día para volver a empezar, para resurgir. Vuelve la luz a la vida, vuelve a abrirse camino entre las tinieblas para vencer a la noche. A caminar. La luz del mundo, quien me sigue no andará entre tinieblas, luz de vida. Esta frase tan evangélica, puede ser asumida por cualquier persona, crea en lo que crea.

La luz viene para volver a empezar. Quizás los resultados que se han dado en las elecciones del domingo no hayan sido casualidad, en un momento como el del solsticio de invierno. Quizás necesitamos volver a empezar, puede que ese haya sido el mensaje que hayamos dejado los españoles en las urnas. Y necesitamos luz para recorrer ese camino.

El solsticio de invierno nos muestra que hay que resistir, que hay que tener paciencia y no hay que perder la esperanza. Aunque luego la luz  avance en su insolencia y terminemos por volver a caer en nuestros propios errores de soberbia, y nuestra falta de humildad acabe por arrojarnos a las llamas en las hogueras de San Juan, día en el que la noche vuelve a abrirse paso para hacernos pagar nuestros errores.

Y por eso, me gusta la Navidad, porque es parte de la vida. Y me encanta, me divierte, me asombra; aunque a veces me entristezcan o me enojen las miradas superficiales hacia ella.

La luz está llegando y nos ayudará a que nuestro aliento de vida se sobreponga a las tinieblas. Queridos amigos, feliz llegada de la luz, Feliz Navidad; paz a las mujeres y los hombres de buena voluntad; fuerza y aliento para que hagamos entre todos un mundo más justo, para ayudarnos a ver al otro como parte de nosotros. Somos humanos a través de la humanidad de los otros, dice la filosofía Ubuntu, de la que tan buen embajador era Nelson Mandela.

Y mucho amor. Mucho amor a la madre tierra que nos acoge. Liberémonos del miedo de las tinieblas, dejemos las tinieblas de ese pasado lleno de injusticias, de avaricia y soberbia. Hágase la luz, que ilumine nuestros pasos y nos haga caminar juntos. Que como los Reyes Magos, sigamos nuestra Estrella de Oriente, y que sepamos que no todos los caminos conducen a Roma si se trata de justicia. Sigamos la Estrella sin temor. Ya viene el sol, y viene para darnos luz a todos. No importa cuán dura fuera nuestra noche; es hora de caminar y de dejarnos iluminar.

¡Feliz Navidad! ¡Feliz llegada de la luz!

Sevilla, 23 de diciembre de 2015

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