DESDE LAS CLOACAS

Regreso hoy por la tarde a la farmacia. En la calle que ejerzo, la que en apenas 400 metros comunica la clase media alta con el barrio más pobre de España, solo quedamos abiertos una droguería, un supermercado, la farmacia de Sarah y la nuestra. La herboristería que teníamos al lado cerró sus puertas de manera definitiva y la panadería ha decidido no abrir por la tarde.

La calle Marqués de Pickman es por la tarde la boca del lobo, como el kilómetro que tengo que recorrer a la ida y a la vuelta. La semana pasada me paró cuatro veces la policía, dos el mismo día, pero en esta aún no me he estrenado. Tampoco pasa nada, cumplen con la importantísima obligación de evitar que nos saltemos la disciplina social, esencial si queremos salir pronto de esta situación, pero uno no está acostumbrado a que le pidan la documentación por la calle.

Son días tensos, porque la actividad de una farmacia que atiende a personas con tratamientos farmacológicos crónicos no cesa y hay que aumentar las precauciones higiénicas. Limpieza exhaustiva del local, lavado de manos, orden en la atención… Mucha disciplina en suma, porque se atiende a una población muy vulnerable, frágil a la hora de poder contraer una enfermedad grave por Coronavirus. Mucho más que el riesgo de ser infectados por los usuarios, temo el contagiarles yo a ellos, y creo que eso es lo que precisamente no acaba de entender el cada día más demacrado señor Simón, que en la noche del lunes se despachó a gusto con nosotros al descartar el aprovisionamiento de mascarillas a las farmacias, porque el riesgo que asumimos es inherente a nuestra actividad.

Pasada mi indignación inicial, entendí que el riesgo que asumíamos todos los españoles era tener a gente con poca calle al frente de responsabilidades así. Gente que vive pegada a un ordenador, a una estadística, para los que las personas son meros números, variables estadísticas que cabemos en un programa SPSS; gente en suma, alejada de toda variable cualitativa como la empatía, para la que la sensibilidad únicamente es un porcentaje de verdaderos positivos de una enfermedad en un estudio clínico, aleatorizado, por supuesto. En suma, nada que ver con lo que la gente de la calle sabe que es tratar de entender el sufrimiento y los miedos del otro. Aunque sea farmacéutico.

Algo más tarde comencé a escuchar las voces, los tuits, mejor dicho, de compañeros también indignados. En este caso no pude evitar sonreírme por el corporativismo que floreció (estamos en primavera) para reivindicar un papel como profesionales sanitarios, algo que pocas veces reclamamos con nuestros actos desde su actividad diaria. Pero también comprendí. Intento tener sensibilidad y especificidad, quiero ser un buen dato y no un outlayer de esos que joden los estudios y hacen fruncir poblados entrecejos de epidemiólogos como el señor de apellido de vino peleón como yo.

A los farmacéuticos, en esta crisis nos están pidiendo cosas que debemos dar, porque todos tenemos la obligación de ir más allá de lo que hacemos, porque la situación no se superará sin un esfuerzo extraordinario de todos los ciudadanos más allá de lo imaginable. Habrá que ir al domicilio de pacientes vulnerables, habrá que colaborar en la liberación de los centros de salud de tareas meramente administrativas, o postergables, para garantizar el acceso a los medicamentos de los pacientes crónicos. En realidad, y debemos ser conscientes de ello los farmacéuticos, lo que se nos está pidiendo, aunque no lo sepan ni los que nos niegan las mascarillas, es que nos hagamos cargo del grueso de la atención primaria de este país. Y tenemos que hacerlo bien si es que en el futuro, cuando las aguas vuelvan a su cauce queremos asumir más responsabilidades en la tarea cotidiana. Por supuesto que no debemos pedir remuneración económica por ello, faltaría más, pero al menos, sí que mereceríamos una mísera mascarilla. Aunque no la paguen ellos, aunque una vez más tengamos que apoquinar de nuestro bolsillo. Pero una mascarilla, sí, por favor. Porque, señor Simón, las actividades que estamos realizando en este momento, y las que vamos a realizar porque nadie la hacía ni la hace, no son inherentes a nuestra actividad profesional. A menos que, y no sería usted el primero que piensa así, y en realidad no he conocido a nadie que piense lo contrario aunque se calle, nos considere que somos la cloaca del sistema sanitario, el agujero negro que tiene que soportar en silencio todas las inmundicias que genera sus imperfecciones, su arcaica estructura piramidal y su no menos caducado médico-centrismo.

Sé que esto que he escrito no servirá para nada. Todo lo más, para el retuit por parte de profesionales que ni antes ni después se plantarán para salir de las alcantarillas, donde todos sabemos quiénes mandan. Un retuiteo corporativista para que todo siga igual, pero esa es otra historia que lleva ya demasiado tiempo escribiéndose, y sin mascarilla. Al menos me ha servido de desahogo. Para seguir vivo en la trinchera. Para resistir. Para continuar soportando las decisiones de quienes no ven más allá de la pantalla de un ordenador. O de un calendario electoral. Vaya país. Continuemos en la boca del lobo, resistiendo desde las cloacas.

APLAUSOS

La tarde del primer lunes de estado de emergencia la ciudad era un sepulcro al aire libre. El cielo azul plagado de nubes blancas y las flores de esta primavera impaciente lucían ajenos a los miedos que los seres humanos albergábamos en la pequeña superficie del planeta que yo recorría. La amplia avenida que conduce a la farmacia en la que trabajo era un desierto de asfalto en el que apenas se podía divisar a lo lejos un autobús de la empresa municipal de transportes, y sin que tuviera certeza alguna de que no se tratase de un espejismo.

La tarde fue muy tranquila en la farmacia, nada que ver con la intensa mañana. El sosiego que se respiraba puertas adentro me permitió ordenar pensamientos delante de la pantalla del ordenador. Al igual que hoy martes, que de nuevo tengo el privilegio de hacerlo. A ver qué sale.

A pesar de que apenas tuve trabajo cerré más tarde de lo estipulado. Una clienta de toda la vida, limpiadora jubilada de uno de los hospitales de la ciudad, apareció a última hora como en ella es costumbre, cargada con las tarjetas sanitarias de la amplia y enferma familia que la tiene para que le saque las castañas, y lo que no son castañas, del fuego. No me importó mucho, al fin y al cabo, es de lo que vivo y tampoco tenía yo otra cosa que hacer, a pesar de que ella ahora tiene todo el tiempo del mundo para venir en un momento más oportuno.

Con ella me dieron las ocho, la hora de cierre, y la buena señora, al escuchar los aplausos que la gente dirigía desde balcones y ventanas a los profesionales sanitarios, me dio la espalda para unirse a la celebración junto a nuestros vecinos, en un momento emotivo como pocos en el día, de agradecimiento a quienes se están dejando la piel por los enfermos. No pude evitar sonreír ante la evidencia de que de mí no se acordaba.

Soy sincero si digo que no me importó, porque creo que ese aplauso nos lo debemos todos. Porque todos, trabajando o confinados en los domicilios, tenemos una misión muy importante que cumplir en esta crisis. Porque nada podrían hacer los profesionales de la salud si las personas no fueran responsables. Nada. Y por ello acabé riéndome solo cuando se fue, cuando al fin pude cerrar con retraso.

De regreso a casa caminaba tranquilo, sin prisa, por la amplia avenida, de nuevo sin tráfico. Tampoco había un alma caminando por la calle. Las ventanas iluminadas de los edificios mostraban dónde estaban aquellos que otros días abarrotaban esas calles tan comerciales del barrio que estaba recorriendo. Los imaginé juntos alrededor de una mesa. Me emocionó contemplar las luces de las casas, me sentí parte de esas familias que también, como yo, como todos, estábamos haciendo lo que teníamos que hacer.

Continué mi camino a casa por el trecho más oscuro de la avenida, junto a los hermosos árboles que acompañan su recorrido. Quién sabe por qué razón, me acordé de cuando estuve trabajando como voluntario en la ciudad congolesa de Goma, fronteriza con Ruanda, durante la guerra entre hutus y tutsis de 1994. Recordé las noches en las que regresaba solo del almacén donde preparábamos la medicación con la que atendíamos a las personas que habitaban el campo de refugiados hutus de Mugunga, en las afueras de la ciudad. Rememoré aquellas travesías nocturnas que a veces, pocas, para ser sincero, no tuve más remedio que hacer, en las que quizás era yo el único hombre blanco que iba a pie en medio de la muchedumbre que rondaba aquellas avenidas también plagadas de árboles. Caminar entre la gente era algo desaconsejado por peligroso. Los blancos desaparecíamos de los campos de refugiados y de las calles en cuanto anochecía, a eso de las seis de la tarde, pero que el hecho de que no hubiera coche para regresar con más seguridad no era excusa para cumplir la parte que a me correspondía realizar. Y lo hacía con gusto.

Aquel era un trabajo oscuro, y no porque fuera de noche sino porque lo poco visible que resultaba para quienes se quedan en la imagen fija de la televisión, con su negrito enfermo y su blanquito curando. Pero, insisto, había que hacerlo, y yo me sentía muy orgulloso de que, visible o no, una pequeña parte de la responsabilidad de hacer que todo funcionase dependía de mí y lo hacía de la mejor manera que sabía. Y me sentía muy feliz por ello.

Quizás fuera ese paralelismo, ese recuerdo de aquello que sucedió veintiséis años atrás lo que terminó por emocionarme. Formar parte de un todo que rema en la misma dirección. Saber que la misión excede el esfuerzo y la capacidad de cada uno, pero que entre todos estamos haciendo lo que hay que hacer. Qué más da que te aplaudan. Qué puede haber más grande que saber que también tú eres parte del camino. De un camino común y compartido. Y cuanto más numerosos son los caminantes, más grande será el triunfo. Un triunfo que nunca podrá llegar sin la participación de todos y cada uno de nosotros.

CORONAVIRUS Y FARMACIAS

El pasado 11 de marzo, el gobierno italiano decretó el cierre de todos los establecimientos salvo tiendas de comestibles y farmacias. Es obvio que a día de hoy en España la crisis coronavírica no ha llegado, al menos todavía, a las cotas que ha alcanzado en Italia, pero no se puede descartar que las medidas que allí se toman, aunque solo sea por el procedimiento habitual de contagio, acaben por implantarse aquí. Así que pongamos nuestras barbas a remojar, aunque sea en alcohol, por si las moscas, o por si los virus, mejor dicho. Si es que lo encuentran fuera de un bar, claro está.

De lo que voy a escribir compete a farmacias, pero también a la población en general. Y tiene que ver con las prescripciones electrónicas de las que fuimos pioneros y con las que un día nos engatusaron diciendo, cuando nunca fue verdad, que sería la herramienta que nos integraría como profesionales en el sistema sanitario. Cómo nos la metieron doblada unos y otros, los nuestros y ellos, que también deberían ser los nuestros.

La receta electrónica no ha sido más que un intento de desahogar las consultas de atención primaria, de alejar a los pacientes crónicos del control y seguimiento de sus tratamientos y enfermedades. Con un máximo de prórroga de la medicación, sin control alguno, de hasta un año, al menos en Andalucía, la realidad es que hoy en muchos centros de salud basta con llamar a un teléfono determinado para obtener una prórroga automática de… ¡correcto!, un año más. Ese es el control que se hace, con total impunidad. Pero la entrada en el blog no va de esto. El título habla de Coronavirus, y hasta ahora no he hablado de él. Esperen, que sigo hablando de la receta electrónica.

Debido a la variedad de pautas posológicas y de formatos en los medicamentos, no todos los envases que ha de utilizar una persona salen disponibles el mismo día. Sí, el paciente no tiene que volver al médico, quizás en su vida si toca la tecla adecuada y no le importa morirse cuando le llegue su hora, la coartada de uso más frecuente frente a la ineptitud. Pero a la farmacia puede que tenga que acudir todos los días. Y ahora entra el Coronavirus en el artículo. Lávense las manos y póngase la mascarilla antes de continuar.

A propósito, un inciso, un espacio para la publicidad:

En una farmacia de la Carretera Su Eminencia de Sevilla, uno de los barrios más pobres de la ciudad, venden un pack protector frente al Coronavirus, que incluye una mascarilla, extraída por las manos del profesional que luego te cobra de una caja a granel, más un envase de gel hidroalcohólico de manos, al irrisorio precio de 20 euros. Creo que está siendo todo un éxito la promoción en esa zona de Sevilla esquilmada por la pobreza, la exclusión social, y también por su farmacia, que no puede quedarse atrás. Grandes profesionales de la salud esta gente, atentos siempre a las necesidades de sus vecinos. Seguro que llegan lejos.

Hablaba del Coronavirus, y al principio citaba el ejemplo italiano. Pero es que hoy 12 de marzo nuestro presidente Pedro Sánchez ha aconsejado tras el Consejo de Ministros extraordinario que no se salga a la calle salvo lo imprescindible, en especial los pacientes de riesgo. O sea, estas personas que son enfermas crónicas y que, aunque jamás vayan a volver a ver a su médico, necesitan ir cada día a la farmacia a ver si le ha salido la pastilla que les queda de su tratamiento.

¿Alguien está pensando en la Consejería de Salud flexibilizar a los pacientes crónicos el acceso a su medicación para evitar que durante esta crisis tengan que salir de su casa todos los días a guardar colas en las farmacias con otros enfermos potenciales o reales?

Me temo que no, ojalá me equivoque. Pero esta también debería ser una medida a considerar si se pretende minimizar el contacto entre personas de riesgo. Lo dejo ahí. Espero que les interese. Y si no, me queda el consuelo de haberles facilitado una pista donde, si les sobra 20 euros, pueden encontrar a unos profesionales atentos a sus necesidades. Al fin y al cabo, ¿qué son 20 euros si ya no van a poder ni salir a tomarse unas birras?

LA ARTROSIS DE MARADONA

La artrosis es una dolorosa enfermedad degenerativa de las articulaciones, en la que la edad y el sobrepeso juegan un papel muy importante. Si, como en el caso de Diego Armando Maradona, la profesión aumenta el riesgo por el sufrimiento de las rodillas, podremos explicar de forma muy clara las causas por las que el ex futbolista argentino padezca un problema así.

La artrosis es una patología que en mi opinión es paradigmática de cómo se están abordando muchas enfermedades en los sistemas sanitarios, muy centrados en los productos, poco en la capacidad de los diversos profesionales, y aún menos en las de los pacientes. A pesar de que el incremento del ejercicio físico y la disminución de peso constituyen el tratamiento principal, para lo que se requiere tiempo en los profesionales y motivación en los pacientes, son los medicamentos, analgésicos y antiinflamatorios, los que más se utilizan. Medicamentos que únicamente pueden paliar, si llegan a conseguirlo, el dolor, pero que no regeneran la articulación ni resuelven el problema, por lo que se necesitan siempre, no resuelven nada y… producen efectos secundarios muy graves, como le ha ocurrido a la “mano de Dios”, mano que no sé si también sufre de artrosis en su muñeca o en los dedos.

Diego Armando Maradona, a buen seguro, ha sufrido una hemorragia digestiva asociada a los antiinflamatorios utilizados para su artrosis, efecto muy común que hay que controlar y seguir, prevenir con medicamentos antiulcerosos y, en todo caso, vigilar para que no se produzcan, tanto por parte de los profesionales (síntomas como debilidad y cansancio del paciente, controles analíticos para identificar si el hemograma puede indicar pérdidas de sangre, anemia, etc) como del paciente, al estar atento a un oscurecimiento de sus heces, por ejemplo. La más que probable falta de control, la ausencia de seguimiento, en el caso de uno de los personajes más conocidos a nivel mundial, ha llevado a que el futbolista permanezca ingresado en el hospital hasta que pueda resolverse el problema.

El caso es sangrante, y no solo por los efectos sobre la salud y el estómago de Maradona, sino porque revela qué grado de control y seguimiento tienen los tratamientos con fármacos en el mundo, lo que constituye lo que hace tiempo denominé como epidemia farmacológica, una epidemia que, a diferencia de la mayoría de las epidemias, no afecta a pobres, sino también a ricos y a personajes relevantes. Se me vienen a la memoria la muerte de Michael Jackson, creo recordar que también la de Elvis Presley, y hasta la del genocida serbio Milosevic en su celda: todos murieron por un deficiente control de los medicamentos que utilizaban.

En el caso del astro argentino pueden haber influido otros medicamentos, incluso actitudes vitales, que puedan haber agravado el problema. Manejar la complejidad de la farmacoterapia no es tarea baladí, necesita de un especialista que lo realice junto a la persona que los utiliza, y no solo carecemos de servicios de este tipo, sino que relegamos al medicamento, en todos los sistemas sanitarios, a un mero papel instrumental.

La farmacoterapia falla al no producir los efectos deseados, falla al producir efectos no deseados y falla también al utilizarse de forma incorrecta por el paciente. Las consecuencias, en claves de pérdidas de vidas humanas y en aumento del sufrimiento en las personas, es inconcebible, y éticamente inadmisible cuando se posee la solución al problema. Y perdonen el asco que siento al escribir esto. Asco ante quienes dirigen las políticas sanitarias y ante todos los que tienen la capacidad de dar respuestas.

Asco, porque se podría financiar la solución con los ahorros de evitar el problema. El tratamiento de la artrosis de Maradona puede costar, como mucho, cien euros mensuales. Sin embargo, cada día que pase en el hospital supondrá unos ochocientos euros…¡¡¡diarios!!! Está medido: cada euro que nos gastamos en medicamentos supone gastar dos más en paliar los problemas que producen. Por cada euro que invertimos en profesionales que palien la epidemia farmacológica, el estado se ahorra cuatro al evitarse ingresos hospitalarios y bajas laborales, entre otros gastos.

El caso de Maradona no es una excepción. Millones de personas, centenares, miles de millones de personas toman medicamentos en el mundo y el único control que existe es que los pacientes que sufren estos problemas puedan llegar a tiempo a un hospital. Urge hacer las cosas de otra forma, pero a buen seguro que nada cambiará. Su padre, su madre, sus hermanos o sus abuelos, quizás sus hijos, morirán de una forma bastante gilipolla, y los responsables de ello jamás irán a la cárcel ni les pesará en sus conciencias.

No solo Maradona tiene artrosis. También los sistemas sanitarios, públicos o privados tienen enfermedades degenerativas y sangran a borbotones. Al menos el futbolista acudió a urgencias, pero los políticos, ni siquiera están alarmados.  

AMADO

Anoche murió Amado en Mar del Plata. Tenía noventa y dos años y hace casi diez que apareció con su hija Carolina por nuestra Unidad de Optimización de la Farmacoterapia. Carolina es una buena amiga, que hizo el camino inverso al de su padre, que emigró a Argentina de su Castilla natal, quizás en un barco como el de la foto, allá por los años cincuenta. Carolina está casada con Pablo, otro buen amigo, y de alguna forma ellos representan también los cambios sucedidos en mi vida a lo largo de la última década, ya que con Amado, el padre de Carolina, quizás llegara a mi cumbre como farmacéutico asistencial, y con Pablo acudo a la Universidad en la que es profesor para temas literarios.

Allá por 2009, Carolina acompañó a su padre a la consulta. Acababa de llegar a España y quería una segunda opinión acerca de lo que le pasaba, aunque eso solo lo supe más adelante, cuando le pedí meses después que me acompañase en mis clases de entonces en la Universidad de Buenos Aires. A Amado, su corazón le latía cada vez más lentamente. Su médico en Argentina le había advertido antes de viajar que, a sus ochenta y tres años, lo que procedía era implantarle un marcapasos después de visitar a sus hijos en esta patria tan madrastra con los que nacieron aquí sin mucho dinero.

Ajeno al diagnóstico de su médico, detecté que efectivamente su corazón latía lento, como consecuencia de utilizar un medicamento muy importante para él, pero que se podría sustituir por otro similar que se eliminaba del organismo por otra vía y dejaría de producirle ese problema. Se lo sugerí a su médico, cambió el tratamiento y Amado vivió, creo que sin marcapasos, hasta ayer, nueve años después de aquello.

Cuando Amado se presentó en la Universidad, les contó a los alumnos esta historia, de la que yo solo conocía el pulso lento, no lo del marcapasos. A raíz de aquel día, la primera vez que llevé a un paciente a la Universidad, la primera vez que comencé a dar clases de esta forma, a tumba abierta, sin trampas ni power-points, el caso de Amado me sirvió, además de para exponer cómo se pueden evitar efectos secundarios aprovechando las diferentes vías de eliminación de medicamentos, para explicar los impresionantes beneficios económicos y sociales de esta práctica asistencial, puesto que con una modificación del tratamiento que incrementaba su costo apenas un euro al mes, se había conseguido evitar la implantación de un dispositivo que costaba unos nueve mil euros y ahorraba una estancia hospitalaria que como media suponía unos setecientos euros al día. Esta charla que Amado me inspiró, llegó a muchos lugares, incluso creo recordar que se publicó como artículo científico, pero de poco o nada ha valido, porque la cobardía produce sordera y ceguera en quienes la sufren y deberían cambiar las cosas. Mucho me temo que pronto estará contemplada como enfermedad profesional entre los farmacéuticos, como la silicosis en los mineros.

Quiero pensar que en algo contribuí a que Amado viviera estos nueve años desde que lo conocí, como sé que vivió como su nombre indica, querido, muy querido, por Carolina y su hermano, por Ángeles, su mujer. Las veces que volví a verlo, cuando regresaba a visitar a sus hijos y sus nietos a España, sentí su afecto y tuve la oportunidad de conocer la dura vida que le tocó, desde ser un niño minero en su Castilla natal a conserje del hotel en el que, oh, casualidad, me suelo hospedar cuando voy a Buenos Aires, hasta ser empresario en Mar del Plata. Coraje de emigrante.

Pienso en Carolina y en su hermano, en la dureza de saber que su padre ha muerto tan lejos de donde están. Pienso en los emigrantes que cuando regresan de visitar a sus familias, no saben si esta vez será la última que los ven. Y también, aunque cada vez menos, pienso en esa España madrastra, tan comprometida con sus élites y nada más que con ellas; y en los farmacéuticos, tan poco dispuestos a tomar responsabilidades reales, no comerciales, con los medicamentos, y tan gallitos a la hora de entablar batallas dialécticas vacías contra sus fantasmas.  La vida es muy jodida.

Foto obtenida en:

http://www.condistintosacentos.com/percepciones-y-discursos-sobre-el-retorno-de-la-emigracion-en-la-espana-tardo-franquista-y-de-la-transicion/

 

TERNURA SANITARIA

Cada vez me gusta menos escribir sobre la carrera que estudié y que ejerzo, cada vez me gusta menos escribir sobre salud pública, nuestro sistema sanitario y el papel de los profesionales que lo integran. Cada vez, digo, me gusta menos oír hablar sobre nuevas políticas sanitarias porque poco hay de nuevas, y cuando las hay, son casi siempre para empeorar lo que había, en especial en estos años de Partido Popular en el gobierno, en el que ha estado a punto de destrozar el derecho a la salud en este país y la sanidad universal. Y caso de haber novedades que no puedan tacharse de negativas, acaban siendo meros brindis al sol.

No he podido menos que mirar con ternura la disputa entre enfermeros y farmacéuticos por reclamar en exclusiva un espacio en el sistema. Digo ternura cuando en otro momento podría haber dicho asco, porque era asco y no otra cosa lo que sentía cuando constataba que ninguna profesión tenía un concepto de servicio a la sociedad sino de defensa de privilegios. Sí, era más bien asco lo que me producía, asco por los dirigentes médicos, por supuesto por los farmacéuticos, y también por los enfermeros, asco porque me parece nauseabundo que prevalezcan los intereses de colectivos en detrimento de los de los ciudadanos, pero ese es el resumen de este país y de sus patriotas, porque aquí un patriota se parece mucho a uno de esos profesionales que miran su ombligo y se desentienden de su misión, y más aún, de la misión colectiva que deberíamos tener los que decimos estar al servicio de una patria, sea profesional o política.

Al observar ese enfrentamiento de enfermeros contra farmacéuticos no he podido evitar esbozar una sonrisa. En mi época, quienes nos consideraban los enemigos eran los médicos. Perdónenme, eran enemigos de mayor altura, y estas luchas actuales no son sino reflejo de lo bajo que está cayendo mi profesión, algo que no me sorprende viendo quiénes la dirigen tanto del punto de vista político como científico. Sí, el enemigo no está fuera sino dentro, y no sale ni con aguarrás.

Ternura de verdad me produjo Spiriman, cuando lo vi rodeado de farmacéuticos empresarios y repitiendo ese discurso interesado y económico contra las subastas de medicamentos. Y parecía un tipo listo, me dije. ¿Ni este tipo, con todo lo que ha movido, tiene un discurso político colectivo, de verdadera salud pública?

Y cuando veo los programas políticos de los diferentes partidos, con esa pobreza de ideas en lo que se refiere a salud pública, a derecho a la salud, hasta en los más pretendidamente progresistas, veo solo a personas incapaces de dejar de priorizar lo suyo y pensar en los demás, o con falta de agallas por no enfrentarse al primo médico de Zumosol. En fin… nihil novum sub sole, lo de siempre, lo de tantos años. Historia pura de este país plagado de antipatriotas.

Continuará, no sé cuándo. Me falta la paciencia, y a veces la ternura acaba por darme náuseas. Qué negocio harían los fabricantes de Primperan si en este país hubiera un poco más de decencia y menos tibieza.

Imagen en: https://jenndiaz.com/2010/06/25/los-dedos-me-buscan-la-ternura/

FARMACÉUTICOS ESPECIALISTAS

La creación en España de la especialidad en Farmacia Hospitalaria fue un enorme acierto estratégico. Su reconocimiento legal en 1982 asentó de forma definitiva el ejercicio profesional de los farmacéuticos en los hospitales españoles y desde entonces su reconocimiento y prestigio no ha dejado de crecer. De esta forma se superó el escollo por el que, al igual que en el caso de los médicos, únicamente facultativos especialistas pudieran ejercer en este ámbito. Eran tiempos en que los médicos de atención primaria carecían de especialidad, eran generalistas, al igual que todavía hoy sucede con los farmacéuticos comunitarios, no así con los farmacéuticos de atención primaria, que recientemente han logrado después de años de lucha que se reconozca la especialidad en farmacia hospitalaria y de atención primaria.

Continúa leyendo en:

http://www.elfarmaceutico.es/index.php/ya-viene-el-sol/item/8546-farmaceuticos-especialistas#.WgLgq1vWxxB

DESAPROVECHADOS

La vida es una. Puede que no sea ni grande ni libre. No es grande incluso para los que llevan una doble vida, porque quienes la llevan, en realidad la viven a la mitad por la necesidad de ocultar la otra parte. Tampoco es libre, porque llevemos doble vida o una sola, las obligaciones carcomen nuestro tiempo y, si no estamos dispuestos a hacer vida de cada minuto de nuestra existencia, corremos el peligro de dar la razón a quienes piensan que esto es un valle de lágrimas.

Pensaba esto después de recibir la felicitación de un colega al que aprecio, en referencia a la lectura de las notas que preparé para un acto en el que intervine el pasado 20 de octubre en Madrid, con motivo de la celebración del 62º Congreso de la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria. Después de la enhorabuena, el compañero, con todo el cariño, manifestó su pesar por que yo fuera un farmacéutico desaprovechado, a lo que respondí que en modo alguno me sentía desaprovechado, que si acaso los desaprovechados eran los otros.

Sí, hay que admitir que de unos años para acá la profesión farmacéutica, en especial algunos de sus dirigentes y no pocos de sus pseudo científicos, me han hecho el vacío, que han tratado, con esa forma tan española de actuar, de ningunearme, de tratar de ocultar mi existencia. Pero, ¿y qué?, ¿puede eso impedir que alguien trate de desarrollarse, de evolucionar a la medida de sus progresos y de sus torpezas, de aprender de los aciertos y de las meteduras de pata? Imposible, salvo que vuelvan los tiempos de pistolas, lo que a la vista de los últimos acontecimientos, no hay que descartar.

No sé lo que me deparará la vida en el futuro, ni tampoco me preocupa mucho. Sí sé que el éxito, al menos para mí, no tiene que ver con el eco de lo que haga sino de mi capacidad de vivir la vida de forma intensa, abierto a crecer y a escuchar, a caer y a levantarme, y, sobre todo, a compartir con quienes aparezcan por el camino.

He vivido la profesión farmacéutica de manera intensa, tanto que me ha ayudado a entender mejor la vida. Y la literaria, como mucho antes la deportiva, también me ha permitido seguir creciendo como nunca imaginé. El secreto de todo es saber que en cada soplo de aire que se inspira hay una vida por vivir.

No, no hay vidas sino vida: una, tan grande por intensa como la que cada cual quiera vivir, tan libre como uno esté dispuesto a ser a lo largo de ella. Una vida que nos pone a prueba en cada minuto, una vida que hay que aprovechar y compartir con quien esté dispuesto en cada momento. Y si los sectarios pretenden como único objetivo echar a perder la de otros, es su problema. Los muertos no matan. Los muertos están muy desaprovechados y, además, no tienen solución.

HUMANIZACIÓN DE LA ACTIVIDAD DEL FARMACÉUTICO ASISTENCIAL

El pasado viernes 19 de octubre tuve la oportunidad de participar en el 62º Congreso de la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria (SEFH), en un DESAYUNO CON EXPERTOS, en relación a la humanización de la actividad del farmacéutico asistencial. El formato fue de una entrevista, que dirigió la farmacéutica de hospital Olatz Ibarra, y conversación con los asistentes. Aquí os dejo las notas que preparé para el encuentro, que no pueden considerarse un resumen de ponencia sino parte de mis pensamientos..

La humanización de la actividad del farmacéutico asistencial parte primero de establecer cuál es dicha actividad asistencial, cuáles son sus responsabilidades en el ámbito de la atención a los pacientes que precisan de medicamentos. Tendrá un grado diferente de compromiso con el paciente si la responsabilidad incluye facilitarle el acceso a los medicamentos y su utilización correcta, que si se desea asumir responsabilidades en el éxito de la farmacoterapia. No es lo mismo comprometerse a ayudar a realizar una utilización correcta de los medicamentos, conocer sus beneficios y posibles efectos no deseados, que pasar a corresponsabilizarse, desde una óptica definida y diferente, de la consecución de resultados concretos.

Humanizar debe partir de entender al otro como ser humano, es decir, un individuo con un pasado que explica su presente, un pasado que incluye sus deseos y aspiraciones, pero también sus miedos e incoherencias. Como dice Faulkner, el pasado no existe, ni siquiera es pasado.

Somos humanos a través de la humanidad de los otros, yo soy porque nosotros somos, concepto zulú y xhosa de Ubuntu (Desmond Tutú, Nelson Mandela). No existe humanidad si no hay otro, y ese es el gran problema en el mundo actual, al menos en lo que se refiere a la cultura occidental anglosajona, auténtica invasora del resto de culturas. No hay humanidad si no hay otro y si ese otro tiene la misma dignidad que uno mismo.

La humanización en la actividad asistencial tiene que ver con el nosotros, el profesional y el paciente, y en un plano de igualdad, de intercambio para hacernos más humanos.

La humanización no solo beneficia al paciente, sino también a los profesionales. La humanización de la actividad asistencial nos humaniza en todas nuestras facetas. Si no es así, se trata de un paternalismo encubierto, una falsedad revestida de bien.

El profesional se hace más humano al ayudar a los pacientes a ser más humanos, esto es, a alcanzar el mayor nivel de salud posible y, en el contexto de la cronicidad,  lo principal que le puede ofrecer es la capacidad de gestionarlo mediante el conocimiento, porque solo así podrá responsabilizarse de sus actos y consecuencias. Un paciente más autónomo se corresponsabiliza mejor de su tratamiento, entiende su necesidad y actúa, asumiendo su propia tarea y reclamando a los demás las suyas.

La humanización tiene que ver con la dignidad del paciente y respetarla puede suponer establecer diferentes objetivos terapéuticos en función de la evolución y situación personal del paciente, en un contexto vital finito y en un contexto científico limitado..

El paciente puede ayudar al profesional a ser más humano transmitiendo al paciente información veraz sobre su situación, así como sus necesidades, temores y aspiraciones, para que de esta forma que el conocimiento del profesional pueda beneficiar al paciente de la forma que mejor pueda este asumirla.

La humanización siempre se refiere al paciente. El compromiso siempre es con este, y todo compromiso con otro profesional debe subordinarse al que se tiene con el paciente, con sus resultados en salud y con el camino que hay que recorrer para alcanzarlos de forma asumible por todos.

La humanización en el equipo multidisciplinar tiene que ver con asumir el compromiso con la salud del paciente aportando cada miembro una mirada diferente a los problemas de salud que añada valor. Si la mirada es única, clásicamente la del médico, el resto de profesionales no añaden su valor en beneficio del paciente. El ejemplo más clásico es el control de la adherencia del paciente.

Asumir con otros profesionales de la salud la vigilancia del cumplimiento terapéutico puede contravenir en algunos casos la humanización de la actividad del farmacéutico asistencial, porque se coloca en segundo plano al paciente y porque con más frecuencia de la que reconocemos, el cumplimiento no conlleva resultados positivos en salud. Aun reconociéndose que la falta de adherencia de los pacientes puede estar en torno al 50% en muchas patologías, se sabe que como causa última y exclusiva de un problema de salud, esto es, que explique el fallo terapéutico en su totalidad, supone menos del 20% de los casos

Si el compromiso es con los resultados en salud nunca se pondrá por delante a nadie que no sea el paciente. La humanización solo es posible en la relación terapéutica entre el profesional y el paciente. El gremialismo, una parte esencial del sectarismo, es decir, poner en el centro de los intereses a nuestra profesión o gremio en lugar de al destinatario de nuestros cuidados, es lo más deshumanizador que puede existir y es causa con frecuencia de un daño irreparable a las personas y a la sociedad. La humanización únicamente puede apelar a un nosotros colectivo, a un nosotros en el que nada somos si no existe el otro (nos y los otros).

¿Por qué es necesario humanizar?

Además de porque todo ser humano tiene el derecho a ser tratado así, porque si circunscribimos nuestras intervenciones al estricto conocimiento científico se perderá eficiencia en la actuación del profesional. Necesitamos conocer los significados para el paciente de lo que significa estar enfermo, de lo supone tener que utilizar medicamentos, de lo que entiende como beneficio o perjuicio, de cuál es su balance beneficio- riesgo; e una palabra,  entender su proceso de toma de decisiones y tenerlas en cuenta a la hora de ofrecer soluciones. Si nuestras intervenciones incluyen siempre conocimiento (objetivo) y experiencia clínica (subjetivo), las actuaciones del paciente son iguales (conocimiento y experiencia farmacoterapéutica).

Debemos reconocer que en el ámbito de la atención primaria, el paciente, y su entorno, son quienes toman las decisiones de modo finalista (utilizar o no, y cuánto), y que la utilización de medicamentos, más allá de circunscribirse a un hecho clínico, se ha convertido, como así lo señala Robert Cipolle, en un hecho social.

¿Qué queremos conseguir con humanizar?

Entender y que nos entiendan. Solo desde el respeto al otro se puede establecer una relación terapéutica cooperativa que permita aplicar el conocimiento de forma eficiente. Humanizando nos volvemos más humanos nosotros también, nos hace entender al otro. En el marco de la cronicidad, preservar la relación terapéutica es un objetivo de primer orden, muchas veces a costa de ganar rápidamente efectividad. Las enfermedades crónicas no son carreras de velocidad sino de larga distancia. No pongamos obstáculos. El acompañamiento al paciente en su proceso es un factor determinante a la hora de alcanzar los mejores resultados en salud, y con ello se consigue un efecto retroactivo y positivo en el profesional. Pero acompañar nunca puede ser un acto pasivo, sino tan activo como el del paciente.

 ¿Conocemos la realidad del paciente?

La pregunta correcta que nos deberíamos hacer es si estamos interesados en conocerla, y si somos conscientes de la tremenda influencia que tiene dicha realidad a la hora de alcanzar los resultados en salud.

Poner en un primer plano la experiencia farmacoterapéutica del paciente ayudará a optimizar el conocimiento del profesional y hacerlo más útil al paciente.

La experiencia farmacoterapéutica engloba los significados de los medicamentos y los problemas de salud para los pacientes. No es necesario ponernos en la piel del paciente, porque no sabemos cómo es. La experiencia farmacoterapéutica comienza antes de haber utilizado medicamentos, y tiene que ver con su experiencia propia y la de su entorno, y con los mensajes que como sociedad damos.

¿Cómo tenemos que hacer?

Preguntando, estableciendo una relación terapéutica basada en la confianza, tratando de entender las dificultades que implica tener que tomar medicamentos a lo largo de toda la vida. Que el punto de vista del paciente importe, que sea el punto del que partir en la relación terapéutica, que sea una relación viva y entre iguales, porque el encuentro implica un intercambio de conocimiento y experiencias básico para que el paciente obtenga el beneficio esperado y el profesional cumpla el papel que la sociedad le demanda y para el que ha contribuido a través de sus impuestos en su formación y en su salario.

La humanización solo se alcanza si quienes se humanizan están en un mismo plano y son conscientes de que se necesitan, para ser más dignos como personas y más humanos. No hay profesional de la salud más humano que aquel que se forma y se actualiza, que da lo mejor de sí mismo a otro ser humano, para cumplir la función que le ha sido encomendada por la sociedad.

Hay que convencer a los servicios sanitarios públicos que la atención al paciente no es un suministro de productos y conocimientos, sino que una atención correcta pasa por que los profesionales tengan tiempo para atender a los pacientes. Que no haya tiempo es mucho más caro que si lo hay. Atender no es dar sino tiene que ver más con entender. Los sistemas no pueden ser paternalistas sino cooperativos.

 

 

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VIII)

Medicamentos tercer mundoDurante estos últimos años he tenido la oportunidad de entrevistarme con dirigentes políticos del Partido Popular y el Partido Socialista y con personas que estaban realizando el programa sanitario de Podemos, para diferentes elecciones en Andalucía y España. En todos los casos esto se debió a personas cercanas a los partidos que conocen las prácticas asistenciales que recuperarían el prestigio profesional del farmacéutico. A todas las reuniones acudí con las mismas diapositivas, aunque he de reconocer que el color de fondo variaba: azul en una, rojo en otra, y morado en la que resta (adivinen el color que llevaba para cada reunión). El resultado, con matices, fue el mismo en las tres ocasiones.

La responsable del Partido Popular quedó en llamarme la semana siguiente, y de eso han pasado más de cien. También los pobres creían que iban a ganar las elecciones y perdieron, aunque puedo suponer también quién desactivó ese hilo.

En el caso de los socialistas, que creían que iban a perder las elecciones y sin embargo ganaron, el señor que llevaba eso, a punto de jubilarse, no quería saber mucho del tema, a pesar de que tenía datos de la importancia de la práctica y de lo positivo que sería implantarla. El hombre no se jubiló, pero tampoco ha hecho nada después. Debe estar todavía pensando en la paguita.

En cuanto al partido emergente, escuchó y le gustó, igual que los otros dos, pero siguió en aquello tan propio de la izquierda y que gusta tanto a la derecha que hagan: medicina basada en la evidencia (esa medicina que deja de ser evidente en cuanto sale de los papeles pero que da para mucho en los curriculums), críticas a la industria farmacéutica y a sus crímenes, crímenes por cierto homologables a las los de las eléctricas, a los de los fabricantes de balones de fútbol, de ropa y de casi todo aquello que cotiza en la Bolsa de Nueva York. Poesía.

Al parecer es de izquierdas apoyar las subastas de medicamentos, para que el estado exprima a laboratorios para conseguir pasta, en lugar de lo que yo creo que sería verdaderamente progresista, seleccionar las moléculas que hayan demostrado más eficacia y seguridad, e implantar sistemas de gestión y optimización de los resultados de la farmacoterapia. En fin.

En un país de huella tercermundista como España, huella que se caracteriza por su sectarismo, su onanismo profesional (los congresos profesionales son toda una incitación a la masturbación mental en grupo, la cual, como toda masturbación, ya lo dijo Aute, queda en nada después del gustirrinín de la eyaculatoria conferencia de clausura).  Y es que el problema no está en discutir diferentes medidas para resolver un problema, sino en quién estás pensando cuando dices que quieres resolver el problema.

Quién piensa en resolver un problema que tiene la sociedad; quién piensa que quizás otro diferente a nosotros pueda ayudar a solucionar un problema; quién piensa en la sociedad para resolver un problema que tiene la sociedad.

Es triste que en un sistema público de salud como el español nuevas prácticas ajenas a las profesiones tradicionales tengan tanta dificultad para implantarse. Es cierto que los mayores enemigos están dentro, pero no deja de ser desolador después de tanto tiempo. Mucho me temo que hasta que no sea una práctica habitual en otros países, en los que ya se está abriendo camino, no llegará hasta acá. Como en cualquier país mediocre, copiar a los de fuera será el camino. Aquí la patria se resume en envolverse en una bandera, para taparse los ojos y no ver los problemas de los que no tienen más cojones que ser patriotas.

Recuperar el prestigio del farmacéutico, sí, pero a quién le interesa. Es mucho mejor tener a quien echarle la culpa de los males. Un mal farmacéutico conviene a los demás. Y al final, al papel de víctima acaba uno acostumbrándose.

Imagen tomada de osalde.org 

CONTINUARÁ