RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (IV)

chaleco-reflectanteHace ya muchos años, cuando la Dirección General de Tráfico introdujo la obligatoriedad de portar chalecos reflectantes en el interior de los vehículos, el colegio de farmacéuticos más numeroso de España reclamó la venta de los mismos en las oficinas de farmacia, aduciendo el carácter sanitario de dicho elemento de seguridad. Afortunadamente aquello no fue muy lejos y todo quedó en nada. Aquel presidente dejó el cargo y pudo montar la primera pseudocadena de farmacias, prohibidas por aquel entonces y aún ahora.

Muchos farmacéuticos se preguntan cuál es el límite de lo que se debe vender o no en farmacias. El tema no es exclusivo español, no vayamos a ser más críticos que nadie, basta darse una vuelta por esos mundos. Los compatriotas de Trump, el tocayo del pato Donald, defendieron la venta de tabaco en farmacias con una excusa parecida, esta vez en vez de reflectante, humeante. En muchos establecimientos de venta de medicamentos, me resisto a llamarlos farmacias, por toda Latinoamérica, que yo haya visto, la venta de tabaco, además de golosinas, muñecas (no sé si hinchables), productos de bisutería, etc, son una realidad.

Si ya desde hace muchos años se introdujeron en las farmacias productos de perfumería―llamada Dermofarmacia― o de higiene personal, esos medicamentos homeopáticos que se niega a dispensar nuestro colega madrileño y ante los que hace la vista gorda nuestra agencia gubernamental de medicamentos, en tiempos recientes, ante la cada vez más acusada caída de los precios de los medicamentos y acortamiento de las ganancias de las farmacias, cobra cada vez más relevancia la oferta de una cartera de servicios profesionales, entre los que se incluyen productos de ortopedia, servicios nutricionales y medidas diversas de parámetros bioquímicos y fisiológicos. En medio de esta crisis no son pocas las empresas, me resisto a llamarlas laboratorios, que, atentas a la crisis del sector y ávidas por aprovechar tanto los despojos del prestigio de las farmacias como la ignorancia de la inmensa mayoría de ciudadanos, independiente de su nivel social, ofertan toda una serie de productos de autocuidado con supuestos beneficios para la salud: nunca ha habido más tipos de suplementos vitamínicos que ahora (para mayores de 50, para menores, para mujeres, para hombres, para votantes de Podemos o del PP), crecepelos, productos naturales ¿? con supuestas propiedades infalibles y carentes de efectos secundarios― ¿? otra vez.

En aras de no alargar en demasía la entrada no voy a discutir estas huidas hacia adelante una por una. De todas parece deducirse que la farmacia es un establecimiento de venta de productos sanitarios, y esa es básicamente la cuestión, si la apuesta de la farmacia es ser el lugar donde se efectúen transacciones comerciales de estos productos, con el consejo subsiguiente de un profesional experto en la materia, como por otra parte se supone que hacen todos los que venden algo. Si esa es la apuesta de futuro, resulta obvio, al menos para mí, que es el producto el centro de todo―el que motiva la entrada en el establecimiento y genera el negocio― y no el profesional, y el éxito dependerá en esencia de la calidad de lo que se vende. Y sin venta no hay negocio.

En este caso, no hay profesión, o esta tiene una visibilidad mínima y supeditada al producto, ya que aunque existan grandes profesionales a título individual, el foco es el producto y el producto no genera profesión, porque es lo que es y el conocimiento que se genera lo que hace es acompañar a la venta del producto. Sí, ya sé, hay quien entra a preguntar sin llevarse nada, pero, ¿se cobra?. No, claro que no, igual que si alguien entra en una ferretería y pregunta cómo puede empalmar un cable. Lo que se paga es el cable, no el consejo ferretero.

No obstante, hay quien defiende que hay determinados servicios profesionales que se desean construir sí están orientados a los pacientes, como las medidas de parámetros bioquímicos y fisiológicos. Medidas que ya se hacen el sistema sanitario, pero que a módico precio, inferior al que otros profesionales piden, por supuesto, y más rápidos, podrían ser una fuente de negocio. Sería como el low -cost de la atención sanitaria, un Farma- Ryanair. Nuevamente estaríamos ante otro producto de venta si a estos servicios no se le añade el valor cognitivo que no da el aparato, sea un tensiómetro, un aparato de rayos X o de medicina nuclear. No es el aparato el que da el valor sino el profesional que toma decisiones a partir de la información del aparato.

¿Y qué decisiones podría tomar un farmacéutico, qué podría aportar al sistema sanitario, que debería ofrecer que no se esté ofreciendo ya y que impacte de forma trascendental sobre la salud de los ciudadanos? Pues algo que no está en ningún aparato ni en producto alguno; algo que está, o deberá estar, en su cabeza y en su corazón; algo que no se compra por leasing ni por renting; algo que sólo lo genera un cuerpo de conocimientos y una práctica basada en una mirada diferente hacia un problema real, de la sociedad y no imaginario o relacionado con el interés particular de un gremio que se resiste a cambiar.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (III)

Autoestima_2Hace no mucho tiempo los tribunales dieron la razón a un farmacéutico sevillano que se negaba a dispensar anticoncepción de emergencia en su farmacia, aduciendo motivos de conciencia. Motivos de conciencia también tendrá nuestro farmacéutico madrileño que se niega a dispensar homeopatía en la suya, aunque es de suponer que por causas diferentes. Imagino que en el caso de mi paisano las que prevalecían eran sus creencias religiosas y en el de Madrid los argumentos científicos.

Pero hay algo más allá que subyace, y es cuál es el papel del farmacéutico en el proceso de atención sanitaria, y que justificaría, o por otro lado cuestionaría, la actuación de ambos farmacéuticos. Si nuestro rol se circunscribe a facilitar el acceso a la población de los medicamentos, los recetados por los profesionales legalmente capacitados o los no sujetos a la restricción de la receta, a menudo tan difusa y cuestionable, entonces nuestros dos colegas habrían cometido sendas infracciones, independientemente de sus creencias religiosas o pareceres científicos, porque la ética y la ciencia se circunscribirían a la del prescriptor y a la del paciente; si por el contrario el farmacéutico se considera un profesional experto en medicamentos, con capacidad para tomar decisiones sobre la farmacoterapia, de conciencia o científicas, entonces estaremos hablando de otra cosa y el farmacéutico sería un actor más en cuanto a argumentación científica y moral. Y aún más: si en el primer caso el farmacéutico es un mero distribuidor, la pregunta es para qué necesita la sociedad un farmacéutico en ese puesto; y si se trata del segundo caso, habrá que facilitar la libertad del farmacéutico para que pueda actuar con argumentos científicos en defensa del paciente, esto es, habrá que acabar con el pernicioso sistema de percepción de honorarios basados en márgenes comerciales.

Me hace mucha gracia que se le exija al farmacéutico que actúe con honorabilidad y en defensa de los pacientes cuando su sistema de remuneración lo hace ser el brazo alargado de la industria y el negocio farmacéutico. Cuando además sesudos periodistas especializados en salud, profesionales y políticos así lo exigen, quizás sea que no todo el prestigio está perdido, pues esperan del farmacéutico lo que no esperan de cualquier otro profesional, sea de la salud, el comercio o el armamento nuclear. Ni siquiera de ellos mismos. Seamos coherentes con lo que exigimos a los farmacéuticos, ¿no les parece?

Un cambio en el modelo de remuneración sería una condición necesaria para el cambio y posible recuperación del prestigio profesional, pero no suficiente. Porque el siguiente aspecto, aspecto esencial, será el para qué se hace ese cambio. Y su único sentido sería para resolver algún problema que la sociedad tenga con los medicamentos, y hacerlo con una propuesta mejor que las ya existentes. Porque el cambio no va a ser para lo que a nosotros nos parezca ni en la forma que nos parezca, ¿no? Las profesiones no son otra cosa que servidoras de la sociedad, y no un fin en sí mismas.

Seguimos

CONTINUARÁ

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RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (II)

autoestimaA partir de este post hablaré de cómo entiendo que se puede recuperar el prestigio del farmacéutico, una visión personal que se podrá compartir o no, como todo en la vida, y que a buen seguro molestará en ciertos sectores endogámicos de la profesión, esos cuya defensa de la profesión no va más allá de gritar lo importantes que somos o de rasgarse las vestiduras de forma lastimera ante las críticas que nos hacen desde fuera, y poco hacen por rescatar una reputación profesional que parece que quedó anclada en los tiempos de la formulación magistral.

Para no hacerles perder mucho el tiempo, y que puedan cerrar esta página sin llegar hasta el final, señalaré unos puntos a partir de los que voy a desarrollar mi tesis:

  • Una profesión agrupa un conjunto de individuos, denominados profesionales, que resuelven un problema que tiene la sociedad mediante la aplicación de un conocimiento específico y una práctica reconocible, de modo interno para poder ser perseguida la mala práctica, y de modo externo para que los miembros de la comunidad, ciudadanos y resto de profesionales, puedan beneficiarse de sus servicios.
  • Ninguna profesión puede ser estática, ya que la sociedad evoluciona, resuelve problemas antiguos y aparecen otros nuevos, y si la profesión no evoluciona con la sociedad, desaparecerá. Son los profesionales quienes detectan problemas que tiene la sociedad y aportan soluciones a los mismos, y nunca al revés. Si otras profesiones ofrecen propuestas mejores para resolver los problemas, estas se harán cargo de dicha responsabilidad.
  • Al menos en lo que se refiere a los problemas relacionados con la salud, estos se han tornado tan complejos que no existe ninguna profesión de las clásicas capaz de abordar de forma integral su solución. Por tanto, no son las enseñanzas básicas sino las prácticas profesionales cooperativas las que ofrecen respuestas a la sociedad. Y lo cooperativo significa que diversas profesiones pueden ejercer una misma práctica por sí mismas o en colaboración con otras. De esto puede deducirse que el título universitario será una condición necesaria no suficiente, y que lo esencial será la acreditación para una práctica, que en ciertos entornos no será exclusiva de formación universitaria alguna. No hablo de prácticas muy específicas, como una cirugía, pero sí de otras como la prescripción de medicamentos, la detección y resolución de los problemas que estos producen o, por qué no, la dispensación.

Me temo que me he alargado más de lo que esperaba en las premisas expuestas, así que iré añadiendo más entradas al respecto. No obstante, sí que deseo exponer algunas mis conclusiones personales:

  1. Una profesión es conocimiento específico, una mirada diferente a la de otros al problema y, por tanto, si no existe tal mirada, no existe profesión.
  2. Si una profesión se engloba en torno a una práctica, no será la Universidad la responsable de formar en esta práctica sino las instituciones en las que se ejerce dicha práctica.
  3. Al ser las prácticas cooperativas las que dan sentido a una profesión, los profesionales que las ejercen deberían agruparse, asociarse, en función de estas prácticas y no en relación a la carrera universitaria que en su día estudiaron.
  4. El corporativismo mata, y anteponer los intereses de una agrupación al derecho de los pacientes a recibir la mejor respuesta a sus problemas de salud, es éticamente inaceptable.

A modo de resumen de esta entrada, si el farmacéutico quiere recuperar su prestigio no basta con decir sí, sino que debe poner palabras y hechos a dicha afirmación, esto es a un ejercicio profesional específico y reconocible que impacte de forma beneficiosa sobre la salud de las personas. No basta con decir que lo que ya se hace es fundamental, porque si hay que recuperar un prestigio perdido ello se debe a que la sociedad no tiene muy claro qué es lo que le aporta. Así pues, debe responder entonces a estas preguntas:

  • ¿Qué problemas tiene la sociedad respecto a los medicamentos, esencia tradicional de la profesión farmacéutica?
  • ¿Cuál es la respuesta que los farmacéuticos damos a estos problemas?

Vayan pensando.

CONTINUARÁ

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RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (I)

homeopatiaEn estos días ha salido a la luz, y creo que no es la primera vez, la noticia de que una farmacia de Madrid se niega a vender homeopatía, por sus dudas―certezas, más bien― acerca de la eficacia de esta medicina y los productos con los que trata las enfermedades, denominados medicamentos homeopáticos y catalogados así por las autoridades sanitarias de este país (España) y muchos otros.

Muchos son los temas que para discutir sobre esta controversia. El periodista de El País Emilio de Benito titula su artículo del 19 de agosto como Recuperar el prestigio del farmacéutico  y reflexiona sobre el papel de las farmacias como establecimiento sanitario. Fácil es criticar a las farmacias y no a las autoridades que mantienen el modelo farmacéutico; más difícil es proponer cambios, que no defienden de verdad ni responsables políticos ni profesionales, que desde años se limitan a enunciar hipócritas soflamas vacías sobre nuestro papel en la sociedad.

A mí se me ocurren varios aspectos a tratar, que me van a llevar a defender la tesis de que es imposible ser profesional de la salud si el modelo de remuneración es el de la percepción de un margen comercial por la venta de productos sanitarios o pseudosanitarios, desde medicamentos que han demostrado su eficacia y seguridad hasta fajas reductoras de peso, crecepelos o productos para la memoria, pasando por la homeopatía, pulseras con poderes mágicos o adelgazantes. Me gustaría saber si esa farmacia a la que se alude también se niega a vender muchos de estos productos. Si fuera así el titular sería mi héroe per secula seculorum.

Como en Internet no se deben escribir entradas muy largas si se pretende ser leído, voy a desmenuzar lo que pienso acerca del tema en varios posts, que más o menos vendrán a resumirse en estos puntos, aunque al final trate siempre de lo mismo:

  • Negarse a dispensar no puede ser un acto heroico.
  • Las farmacias y los farmacéuticos son parte del sistema sanitario, le pese a quien le pese, le guste a quien le guste.
  • La venta de homeopatía es un problema de quien la vende y quien autoriza que se venda.
  • Los colegios profesionales son parte del problema y no de la solución, y las autoridades gubernamentales, pudiendo ser parte de la solución, son parte del problema.

Recuperar el prestigio del farmacéutico es algo que todos deberíamos desear, no solo los farmacéuticos, pero únicamente se puede recobrar a partir de garantizar un modelo de ejercicio profesional en el que la legalidad y la ética vayan mucho más parejas de lo que hasta ahora van, y que lo que se les exige a los farmacéuticos sea compatible con ese modelo por diseñar, ya que el hoy por hoy existe se ha quedado obsoleto.

No importa cómo seamos los farmacéuticos de hoy, pues somos hijos del modelo que hay, tan obsoleto como nosotros mismos. De lo que se trata es de si la sociedad quiere y necesita otros farmacéuticos y que cumplan un papel de acuerdo a lo que cuesta formarnos. Y si no somos precisos, que digan quiénes van a cumplir esos papeles y cómo lo van a hacer.

Las farmacias deberían ser una puerta de entrada al sistema sanitario y muchas veces se convierten en la cloaca de un sistema imperfecto que desagua todas sus imperfecciones en unos establecimientos que ocupan un lugar privilegiado en la sociedad, pero que tienen la tremenda debilidad de sobrevivir gracias a lo que venden a casi un único cliente que desde hace años las extorsiona en lugar de facilitarles transformarse en una pieza importante de la atención sanitaria de los ciudadanos.

Por tanto, sí, hay que negarse a vender homeopatía, y no solo homeopatía. Pero para que esto no sea un gesto heroico o nada más que un motivo para el típico artículo superficial con el que más de uno, de dentro y de fuera de la profesión farmacéutica, se rasga las vestiduras, habrá que hablar del problema verdadero. ¿O no, farmacéuticos, médicos, periodistas sanitarios?

CONTINUARÁ

La imagen se ha tomado de www.timos.info

 

PACO MARTINEZ

PACOMARTINEZHa muerto Paco Martínez, el farmacéutico que nos hizo soñar con ser diferentes.

Conocí a Paco allá por 1995 cuando se conformó el Grupo Torcal, que aglutinó a farmacéuticos andaluces con afán de renovar una profesión que había perdido sus señas de identidad. Paco fue aquel farmacéutico que ejercía su profesión junto a la estación de autobuses de Jaén, en aquella farmacia mítica para muchos de nosotros, auténtico símbolo y ejemplo de lo que soñábamos ser.

Paco puso de moda el término de farmacéutico comunitario, nombre que aterraba a los más antiguos, que lo asimilaban al de comunista. Gracias a Paco, muchos farmacéuticos quisimos ser orgullosos farmacéuticos comunitarios, profesionales al servicio de una sociedad que, como ahora, no sabe que muchos de sus miembros mueren sin necesidad por culpa de un mal control de medicamentos.

Ese farmacéutico, que era de Jaén, y no de Sevilla, de Barcelona o Madrid, londinense ni parisino y mucho menos neoyorquino, nos hizo sentirnos orgullosos de ser farmacéuticos. Y quisimos ser como Paco Martínez; y actuar como lo hubiera hecho Paco Martínez; y parecernos algún día a Paco Martínez.

Luego pasó el tiempo, con sus vaivenes, con sus idas y venidas, con sus bajadas y subidas, como todo lo que se vive de manera intensa. El tiempo y las personas podemos borrar muchas cosas de nuestra memoria, pero nunca podrá con la certeza de que fue Paco quien nos puso en el camino. Un camino que está siendo duro, a veces infructuoso y desalentador, que nos vuelve a la casilla de salida más de una vez como en el juego de la oca, pero que también es irreversible.

Quizás ahora se le hagan más homenajes a lo que Paco Martínez ha representado para la farmacia comunitaria. Pero creo que el mejor que le podríamos hacer todos sería simplemente el hacer realidad todo aquello que nos hizo soñar.

EXPERIENCIAS MEXICANAS

Taller GuadalajaraQuienes me conocen saben que cruzar el Atlántico en dirección a Iberoamérica es para mí un gran estímulo. Desde que llegué a Colombia en el año 2000, he realizado más de cincuenta viajes hacia allá, y mis colegas farmacéuticos saben que ha sido en América donde he desarrollado nuevas técnicas docentes.

Fue en Argentina donde por primera vez entrevisté a un paciente en directo ante los alumnos; en Uruguay donde utilicé videos de grabaciones de pacientes; en Brasil donde hice mis primeras sesiones clínicas conjuntas; en Costa Rica donde impartí casi veinte horas de clase sin diapositivas y construyendo con los estudiantes la práctica asistencial desde la filosofía de estar en el mundo…. Grandes experiencias que luego he podido traer a España en los lugares en los que me han dejado.

Ha sido a mediados de junio y en Guadalajara , días antes de que escriba esto, cuando surgió la última innovación. Y esta , por casualidad.

Habíamos preparado un taller con dos pacientes que los colegas mexicanos habían traído. Una de ellas, esperaba con la cabeza apoyada en una cristalera del aula. Había sufrido un accidente de tráfico meses antes y tenía bastante dañado el cuello. Era muy molesto para ella adoptar otra postura, así que se me ocurrió que nos sentásemos en círculo a su alrededor para que no se moviese. Y comenzamos.

No sé cómo fue, pero cuando nos dimos cuenta estábamos haciendo una sesión clínica con la paciente integrada en la misma, y repetimos con la segunda. Discutimos en ambos caso los tratamientos con cada una de ellas, vimos diferentes aspectos de mejora, consideramos aspectos científicos, personales y culturales, adaptamos los mensajes al conocimiento y capacidad de comprensión… Las pacientes se abrieron, mostraron sus temores y expectativas, aquello que tan poco tenemos en cuenta y que se parece tanto a nuestra experiencia clínica, que finalmente nos hizo encontrar puntos de acuerdo y estrategias para alcanzar objetivos terapéuticos concretos y entender por qué hacerlo de esa manera.

Por cierto, no utilizamos más que bolígrafos, papel, conocimientos y experiencias. Ah, y el sentido común. No sé qué programa informático podrá ofrecernos esto, pero nos fue muy bien. Más que bien. Y desde ahora, es lo que pienso hacer.

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA

CEGUERAEn estos días, y a pesar de que cada día soy más pesimista con el futuro de los farmacéuticos como profesionales de la salud, por mucho onanismo triunfalista que se pregone en sus Congresos, he dirigido un modesto trabajo de investigación para que una alumna de un Máster de Farmacia cumpla los requisitos necesarios para la obtención de dicho título.

El objetivo propuesto era conocer si los usuarios de una farmacia que no hubieran recibido servicios de seguimiento/optimización farmacoterapéutica y que acudieran a retirar su medicación habitual sin quejarse de problema alguno con su medicación, alcanzaban o no los resultados esperados de la misma. Es decir, si había algún fallo de la farmacoterapia, o como les gusta decir a los consensuadores españoles que raramente han visto a un paciente, si experimentaban o corrían el riesgo de experimentar, resultados clínicos negativos.

La metodología seguida ―no me voy a extender mucho en esta entrada con la misma, ― consistía en ofrecer aleatoriamente a los candidatos una evaluación rápida de su farmacoterapia, aprovechando que acudían con su tarjeta sanitaria para prescripción electrónica. Se analizaba la medicación y se obtenían los resultados de efectividad en lo que se pudiese evaluar, ya que resultados analíticos o de otras pruebas han quedado sin verificar si el paciente luego no los traía, por no disponer de ellos o por la imposibilidad de acceder a la historia clínica del paciente.

Se captaron diez pacientes, cinco hombres y cinco mujeres, y ahora estamos estudiando los datos. Dan miedo. Estoy convencido de que este trabajo merecerá ampliarse y hacer una tesis doctoral, que daría para mucho si lo que va apareciendo se confirma, a pesar de una muestra tan escasa.

Lo primero que hemos visto es que todos, absolutamente todos los pacientes, sufrían al menos dos resultados negativos de la medicación, y eso que, como he dicho con anterioridad, han quedado aspectos de efectividad, que no de seguridad, sin evaluar. Este dato me parece importantísimo: el 100% de la muestra de pacientes que toman medicamentos de forma crónica tiene al menos dos problemas con sus medicamentos,  a pesar de que no se haya podido evaluar todo.

Cuando se presente la investigación se podrán dar más detalles de la misma, aunque me pregunto si a alguien le importarán esos datos. Pero sí quiero adelantar el caso de una mujer que se encuentra en prediálisis, y que en la evaluación detectamos que el cansancio que mostraba se debía a una bradicardia a consecuencia de su dificultad de eliminación renal del atenolol que tenía que utilizar por un infarto previo que sufrió. Informamos a su médico para que los sustituyera por otro medicamento de la misma familia pero de eliminación biliar y no hizo caso (en Román paladino se dice se acojonó), pero la paciente, que afortunadamente tenía cita con su nefrólogo en los días siguientes, confió en nosotros, no se rindió y le llevó nuestro informe. El resultado fue quey su atenolol se sustituyó por carvedilol y la bradicardia desapareció. Así, los profesionales de la salud dejamos de joderle el riñón a la señora, al menos la jodienda gratuita de darle atenolol, y quizás ese trasplante que pudiera venir se retrase un tiempo más o no tenga que hacerse, lo cual no sé si es positivo o negativo para estos políticos de la Andalucía imparable, que quizás deseen seguir liderando los trasplantes en España y nosotros hayamos contribuído a fastidiarles (iba a poner joderles, pero ya me estaba repitiendo mucho) las cifras.

Pueden conocer los costes de los servicios sanitarios en Andalucía en esta dirección:

http://www.juntadeandalucia.es/servicioandaluzdesalud/ordenpreciospublicos/default.asp

Por decirles algo, un trasplante renal en Andalucía cuesta 39.181,42 euros. Ahorrando uno solo, podríamos comprar 15.672 cajas de carvedilol y tratar a 1.300 andaluces (y andaluzas) durante un año con ese medicamento, por poner un ejemplo.

Pero más allá de los costes económicos del trasplante, y de los medicamentos tan carísimos que debería tomar de por vida con posterioridad para evitar el rechazo al nuevo órgano, ¿alguien tiene idea de las consecuencias sobre la calidad de vida del paciente? No hay página web oficial que nos informe sobre cómo se sienten las personas que sufren procedimientos como éstos. Es cierto que, ante la posibilidad de la muerte, cualquier aspecto así les merece la pena a muchos. Pero, ¿y si llegaran a saber que su caso podría haberse evitado? Muchísimos procedimientos quirúrgicos, muchísimo sufrimiento se podría haber evitado si los pacientes crónicos dispusieran de servicios de gestión integral de la farmacoterapia para optimizar sus resultados y prevenir problemas como éstos.

Aquí tienen algunas razones por las que de un tiempo a esta parte, me dedico a la literatura. Para quienes me preguntan, aquí está la respuesta. Así he conseguido que mis frustraciones sean mías y sólo mías, y únicamente dependan de mi torpe manera de juntar palabras. No necesito a nadie más

Para modificar la situación expuesta, doctores tendrá la Iglesia, aunque me temo que esa Iglesia a la que aludo, sus feligreses y sus sacerdotes, padecen de una ceguera que sólo puede explicarse desde el talibanismo y la sinrazón. Y caerán en el infierno, que existe, claro que existe, al menos en lo que se refiere a quienes pudiendo hacer otra cosa, no la hicieron. Porque tuve hambre y no… pues eso.

La imagen que ilusta se ha obtenido de http://www.lamilanabonita.com

 

DESMEDICALIZAR. ¿CON NOSOTROS?

Artículo publicado en mi sección YA VIENE EL SOL de la revista El Farmacéutico nº 526 (octubre de 2015)

http://www.elfarmaceutico.es/index.php/ya-viene-el-sol/item/6390-desmedicalizar-con-nosotros#.VidIOPnhC02

Desmedicalizar a los pacientes  está de moda. Cada vez se cuestionan más tratamientos farmacológicos y por muy diversos motivos. Así, a bote pronto, podría recordar la utilización crónica de omeprazol, o de las benzodiacepinas; el papel de los bifosfonatos en la prevención de osteoporosis; la administración de vacunas como las de la varicela o el papiloma humano; los suplementos de calcio, los antidepresivos en no pocas situaciones, las estatinas o el ácido acetilsalicílico en prevención primaria… No se trata de hacer una lista exhaustiva de medicamentos cuya utilidad y seguridad a largo plazo está en cuestión.

La medicalización de la vida no se circunscribe a los medicamentos tradicionales. Se cuestiona la homeopatía en un reciente estudio, creo recordar que australiano, que demuestra su nula eficacia en cualquier patología. La opción por la medicalización natural que representa la fitoterapia resulta ser más de lo mismo, y qué decir de la importación de costumbres extrañas a nuestra tradición como el crecimiento en el consumo de preparados multivitamínicos o de complementos nutricionales para la alopecia, o para prevenir el inexorable envejecimiento. Estos productos no son considerados medicamentos desde un punto de vista legal, aunque los pacientes sí esperan de ellos un efecto terapéutico similar a si lo fueran, y además, los que se venden en farmacias carecen de exclusividad, por lo que los fabricantes utilizan este canal o no en función de sus estrategias comerciales.

Dicen casi todas las bolsas, ahora ecológicas, en las que se entregan los medicamentos en las farmacias, que el farmacéutico es el único especialista en el medicamento. Esta frase no me gusta, pero sin entrar en discutirla, entiendo que significa que es el profesional que salvaguarda a la sociedad para que obtenga el mayor beneficio posible de esta compleja tecnología sanitaria. De ahí mi reflexión acerca del papel que farmacéuticos y farmacias comunitarias debemos cumplir en relación a nuestra especialización.

¿Cuál debe ser nuestra función ante la sociedad en estos momentos? No tengo dudas acerca de que debe ser el profesional que dispense los medicamentos que necesita la sociedad, pero creo que para que esto sea útil, debe hacerlo en libertad, y ahora mismo esta libertad la coarta el modelo de remuneración. El farmacéutico no será libre para garantizar un uso eficiente de este recurso terapéutico si continúa cobrando sus honorarios en función de lo que vende. Por eso los farmacéuticos de hospital y los de atención primaria son más libres para actuar.

Los costes para la sociedad del sistema tradicional son brutales, puesto que el farmacéutico podría ejercer actividades asistenciales que previenen y evitan daños muy importantes en las personas, y costes económicos dramáticos al estado. Un farmacéutico del siglo XXI, si quiere continuar siendo el profesional del medicamento, debe de intervenir en la resolución del principal problema de salud pública que genera, el enorme impacto clínico y económico que genera la falta de control y vigilancia de sus efectos sobre la salud de las personas.

El farmacéutico lleva más de veinte años pensándose si apostar o no por la atención farmacéutica. Que tenga más tiempo o no para decidirse es algo que se me escapa. Pero lo que sí se ve venir es que su función tradicional tal como hoy la conocemos tiene fecha de caducidad.

CAMBIO OVARIOS POR PUNTOS

Quiste-en-el-ovario

De todos es sabido que existen comisarios políticos llamados gerentes que pululan por la sanidad pública, que hacen Másteres de gestión sanitaria e inventan indicadores en los que lo de menos son las personas. Esos aspirantes a ascender creen que un paciente es un papel que gasta mucho, que siempre es sospechoso de abusar de los recursos que sus jefes ponen a su disposición, que solo es un cacho de carne que se queja mucho y que trinca lo que puede y se lo toma como le viene en gana. A esos gerentes expertos en cuentas de la vieja versión 2.0 no les importa establecer indicadores de eficiencia que reduzcan el gasto en su presupuesto, pase lo que pase a los demás, para seguir siendo aspirantes a ascender, aunque ello implique aumentar los de otros que no estén bajo su jurisdicción, ya que esos otros indicadores no manchan su hoja de servicios. No importa tampoco que se trate de vidas humanas, porque al final a quien van a culpar de mala praxis es al pobre diablo con título de Medicina que da la cara por sus indicadores en lugar de por sus pacientes, que se fija en los puntos que tiene para no dejar de cobrar lo que sin duda cree que merece.

Una amiga los lleva padeciendo durante los dos últimos años. La pobre ha estado rogándole durante todo este tiempo a su médico de familia que la derivase a un ginecólogo, porque tenía un problema que le preocupaba y que no se resolvía. Claro, un indicador muy importante, por el que le reducen complementos salariales a los médicos de familia es la derivación a un especialista de forma innecesaria. Y la cosa no debía estar para hacer tonterías, con lo que se quejan y exigen los pacientes, en especial las mujeres.

Dos años después de que empezara a encontrase mal y que su médico hiciera caso omiso, mi amiga ha sufrido dos intervenciones quirúrgicas, con sus correspondientes estancias hospitalarias. Tenía varios tumores en los ovarios y en mes y medio, como dicen las mujeres mayores, la dejaron hueca. Eso sí, los indicadores se han cumplido dos años. Qué mérito.

Es un caso, vale. También digo que es un ser humano, que ha padecido durante dos años esos terribles indicadores y la falta de piedad de esos toreros de salón que juegan con las vidas de los demás.

Qué miedo está pasando ella (el miedo no provoca gasto). Y qué desazón, qué rabia, qué impotencia saber que hay otra forma de hacer las cosas, beneficiosa para todos, y que lo único que puedo hacer es escribir este texto. Y porque tengo un blog. Malditos sean.

La ilustración se tomó de http://www.quistesdeovarios.com

SANIDAD PÚBLICA O SANIDAD PRIVADA

Artículo publicado en la revista El Farmacéutico en mi sección YA VIENE EL SOL el 12 de junio de 2015

http://elfarmaceutico.es/index.php/ya-viene-el-sol/item/6051-sanidad-publica-o-privada#.VbnewPntmko

SANIDAD PUBLICA PRIVADAQue el estado garantice a sus ciudadanos el derecho a la salud es una muestra de su madurez como organización colectiva. Porque un estado, como conformación política, incluya o no los sentimientos de patria o nación entre sus ciudadanos, si tiene sentido para estos se debe a que juntos se consigue crecer como individuos, como personas, y a que existe igualdad de oportunidades para el pleno desarrollo de cada cual y nos sostiene en la enfermedad y en las dificultades de la vida. Que el estado garantice ese derecho, como el de la educación, es una manifestación palpable de que es instrumento para el bienestar de sus integrantes, y por eso las medidas de estos últimos años, penalizando la enfermedad mediante cuotas extra a los ciudadanos en el pago de los medicamentos, además de las que realizan a través de los impuestos, van en contra de ese derecho. Porque el gran problema de lo público es lo político. Lo público es muy bonito sobre el papel, y en la realidad si esto se alcanza; pero corre el riego, en sociedades poco maduras como la nuestra, de escasa tradición democrática, de que todo se politice y se llegue a poner en cuestión los avances que se consiguen de vez en cuando. En cambio, lo privado tiene menos política, aunque la tiene, y es el legítimo beneficio económico lo que prima. Esto, en salud, significa que pasa de ser un derecho a una cuestión más de mercado, orientándose los servicios sanitarios hacia la rentabilidad, como en cualquier otro sector.

Reflexionaba sobre estos aspectos escuchando una conferencia sobre el éxito de la implantación de los servicios de Medication Therapy Management en estados en los que la salud es un negocio y no un derecho. Envidio que existan cientos de farmacéuticos, cada vez más, que ejercen su profesión previniendo y resolviendo los problemas que producen los medicamentos, una de las tragedias más graves que existe en la actualidad en el ámbito de la salud pública de los países desarrollados. Me causa una profunda tristeza ser testigo de cómo un estado como el español, que ha sido referencia docente e intelectual para este tipo de servicios en Europa, se encuentre a la cola a la hora de implantarlos, y sea hasta el momento poco más que una entelequia vislumbrar que ello sea factible.

Es absolutamente lamentable que sigan muriendo ciudadanos a causa de los medicamentos, que continúen sufriendo sus problemas evitables, que gastemos millones y millones de euros en algo que se podría ahorrar, con que solo existiera altura de miras, voluntad de avanzar y vocación de servicio a los ciudadanos. Es descorazonador llegar a la conclusión de que en este país no existen este tipo de servicios porque en la sanidad pública prima la política sobre el bien común, y la economía, la verdadera economía y no las cuentas de la lechera que se hacen para cautivar votos, se subordine al sectarismo. Sectarismo al que no somos ajenos los profesionales de la salud en general y nosotros en particular, anteponiéndose los intereses de los agentes implicados a los de los ciudadanos a los que dicen defender.

Algún día esto se revertirá. Esperemos que los afrancesados que defienden de verdad el cambio, no tarden de nuevo dos siglos en ganar esta batalla.

La ilustración se tomó de http://www.ofertasbancarias.com/foros.php?t=48551