CUÁNDO SE VACUNA LAURA

Ella no lo sabe, yo tampoco. Laura es una de las empleadas del supermercado al que suelo ir. Nos conoce por nuestros nombres, está atenta a lo que cada uno de sus clientes necesitamos. Estuvo desde el principio de la pandemia, soportando nuestras neuras de compras de papel higiénico, de latas de conserva, de lo que fuera. Ha trabajado domingos de navidades que luego dicen que van a pagar con vacaciones y luego… Luego, eso, lo que todos sabemos.

Ella ha formado parte de los trabajadores esenciales de este país, pero nadie se acordó de ella para vacunarla… de la gripe. Un 40% más de vacunados de la gripe este año, pero nadie la tuvo en cuenta a ella ni a sus compañeras para protegerla con una vacuna que podía disminuir la gravedad caso de sufrir la covid-19.

Y allí sigue. Ella y sus compañeras. Sin saber si alguien las tendrá en cuenta para otra cosa que no sea garantizar reservas de papel higiénico que pongan a prueba nuestra cobardía. La vacuna, como el pago de las horas extras retrasadas, tendrá que esperar para ella, que continuará reponiendo nuestros caprichos y apagando nuestros miedos.

ADIÓS 2020. UNA REFLEXIÓN EN CLAVE COMUNITARIA

2020 no ha sido en lo personal un año malo, ni muchísimo menos. Para mí, hasta ahora, ningún año lo ha sido, al menos no lo recuerdo. Y no porque goce de dones especiales, sino porque hasta ahora no he perdido el del asombro ni el del deseo de aprendizaje. Admito que si hubiera tenido una pérdida antinatural a mi lado quizás pensase de otra forma, no lo sé, pero creo que lo esencial de la vida es el camino, no los resultados, y caminar, no he dejado de caminar y siento que 2020 me ha enseñado mucho porque he caminado mucho también. Pero creo que debo dejar de hablar de mí y tratar de hacer una reflexión personal en clave comunitaria. Que es de lo que se trata, como animales sociales que somos.

La pandemia no ha sido la gran causa de nada sino la desgraciada consecuencia de todo.

Este año que acaba de terminar nos ha mostrado que la vida que llevábamos no conduce a ninguna parte. Así de simple. La pandemia no ha sido la gran causa de nada sino la desgraciada consecuencia de todo. Por eso, la vacuna solo servirá para paliar un efecto, un síntoma de la gran enfermedad que padecemos, que tiene que ver con la crisis ecológica y las desigualdades sociales, las verdaderas responsables del cambio drástico en el clima del planeta y las grandes migraciones que se derivan.

Podremos encontrar una vacuna salvadora frente a la covid-19, pero si nos quedamos en eso, si nos empeñamos en ver lo sucedido como un mero accidente microbiológico, un mal sueño, vendrán otros males, probablemente peores

Son el calentamiento global y las desigualdades sociales las que han provocado la pandemia por covid-19, una enfermedad que se extiende por el mundo. Por ello, podremos encontrar una vacuna salvadora frente a la covid-19, pero si nos quedamos en eso, si nos empeñamos en ver lo sucedido como un mero accidente microbiológico, un mal sueño, vendrán otros males, probablemente peores. No, 2020 no ha sido un año nefasto, ha sido el año en el que la realidad nos ha caído encima, una realidad que llevamos fabricando con ahínco y determinación durante décadas, en Europa probablemente desde la conquista de América, y hoy nos da la oportunidad de tener una prueba real para comprender la necesidad de un cambio radical en nuestra forma de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza.

Una persona durmiendo en una calle de Sevilla a +1 ºC

Un primer gesto de que nos hemos dado cuenta de la verdadera dimensión del problema sería que la vacuna llegase a todos los países, a todos los habitantes del planeta sin distinción. Porque la inmunidad de rebaño solo se conseguirá si esta llega a todo el rebaño. Y mal estamos empezando cuando cada país hace una estrategia tipo “Sálvese quien pueda” y solo se preocupe de los suyos. ¿Para qué debería estar la Organización Mundial de la Salud sino para liderar las acciones en una pandemia? Mal empezamos.

Debemos girar nuestra mirada hacia los más vulnerables de la sociedad, y que llegue un día en el que no importe la familia en la que nazcas para que te puedas desarrollar como ser humano en plenitud.

Las desigualdades sociales tendrán que afrontarse, y para ello habrá que acabar con el neoliberalismo, esa igualdad de oportunidades en un mundo tan desigual que tanto daño ha hecho y que es la responsable de que las diferencias sociales se hayan agudizado hasta hacerse absolutamente tóxicas. Debemos girar nuestra mirada hacia los más vulnerables de la sociedad, y que llegue un día en el que no importe la familia en la que nazcas para que te puedas desarrollar como ser humano en plenitud. No hay otra salida, y cuanto antes lo aceptemos antes podremos resolver los problemas de todos, incluso los de los neoliberales. Pero pueden quedarse tranquilos, en ese nuevo escenario también se podrá ser de derechas, pero de una forma mucho más sana.

2020 nos ha dado la oportunidad de reconocer que estábamos equivocados, de comprobar que desde el yo no llegamos a ningún lugar habitable y que es en lo comunitario donde podremos encontrar la verdadera felicidad y no la fugaz satisfacción que hallábamos antes y que rápidamente se volatilizaba, dejándonos peor que estábamos.

El Yo ha muerto con la pandemia, y tratar de resucitarlo solo traerá más muerte y destrucción.

Una nueva normalidad solo podrá construirse desde el nosotros, desde lo plural y colectivo. Y en ese escenario también, como mencioné en el párrafo anterior, se podrá ser conservador o progresista, dos miradas lógicas al mundo, para preservar lo bueno que tenemos o para avanzar en nuevos horizontes, pero siempre desde el nosotros. El Yo ha muerto con la pandemia, y tratar de resucitarlo solo traerá más muerte y destrucción.

El año que acaba de terminar nos ha mostrado de una forma dura que estábamos en un callejón sin salida, ante un muro impenetrable que la vacuna no va a poder socavar. Creer que la vacuna va a destruirlo es como confiar en que con la aguja de la inyección vamos a lograr derrumbar la gruesa pared que entre todos hemos construido y que nos ha endurecido el alma.

El cambio no es tampoco fácil, porque necesitará el acuerdo de todos, y hay mucha gente a la que el miedo la moviliza a la histeria en lugar de al diálogo. Pero somos infinitamente más los que podríamos estar de acuerdo que los que no lo estarían nunca, porque sobrevivir es algo que todos deseamos y porque, reconozcámoslo, cualquier escenario es susceptible de ser manipulado por unos cuantos. Pero no nos desanimemos, cambiar dependerá de que quienes creen que esto es una locura piensen que tal vez no lo sea. No esperemos a que sea esta la única salida, porque para cuando este tiempo llegue ya no habrá posibilidad de dar marcha atrás y los caídos de ahora nos parecerán una broma ante los que sucumbirán a lo largo del tiempo. Nos hace falta sosiego y deseo de pensar juntos. Cuanto antes nos dispongamos a ello, menos dolor sufriremos.

Ojalá sea la pedagogía y no la violencia o la tragedia la que nos haga recapacitar.

Ojalá sea la pedagogía y no la violencia o la tragedia la que nos haga recapacitar. Recuerden el mito de las siete plagas que sufrió Egipto antes de liberar al pueblo israelí. Que no sean necesarias siete pandemias, sean del tipo que sean, antes de sacudirnos el yugo de los faraones del siglo XXI.

Que 2020 haya sido o no un buen año dependerá de las lecciones que hayamos aprendido. Yo solo deseo que la Historia cuente de él que marcó el inicio de una nueva época para la humanidad. Pongámonos a ello, que vamos tarde.

LA FARMACIA Y LA VIOLENCIA SIMBÓLICA

La gente afirma y perpetúa la relación de dominación al hacer las cosas por costumbre, como corresponde. La cotidianeidad es la afirmación de las relaciones de poder existentes. La violencia simbólica, sin necesidad de violencia física, se ocupa de que se perpetúe la dominación. El sí a la dominación no triunfa de un modo consciente, sino reflejo y prerreflexivo. La violencia simbólica pone a un mismo nivel la comprensión de lo que es y la conformidad con el poder. Consolida la relación de dominación con gran eficacia, porque la muestra casi como naturaleza, como un hecho, un es-así, que nadie puede poner en duda.

Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio.

Creo recordar que conocí esta cita del filósofo coreano gracias a la cuenta de Twitter de Antonio Villafaina. Coincide esto en tiempos de quejas de los farmacéuticos comunitarios españoles. ¿Cuándo no es tiempo de quejas?, se preguntarán con razón algunos, por lo que habré de ser más preciso. Coincide, pues, con las quejas acerca de su ninguneo como profesionales de la salud, por la resistencia de la administración sanitaria a contar con ellos, con nosotros, mejor dicho, para detener la pandemia por covid-19. Coincide también, en el caso de Andalucía, con la reaparición, cuando nunca desaparecieron del todo, de la selección de medicamentos mediante subastas. Y digo yo, que esta época ha coincidido con los escaparates de muchas farmacias adornados con ofertas por el Black Friday, y en breve coincidirá con los de las rebajas de enero. Porque habrá que contarlo todo, ¿no? Ah, sí, eso de que somos profesionales y empresarios, se me olvidaba. Nuestra naturaleza.

Desde hace muchos años los farmacéuticos se resisten a cambiar su rol en la salud pública. Presos de la transacción económica, del margen comercial como forma de retribución, la profesión ha venido alejándose de un papel protagonista que tuvo en otros tiempos y que la medicalización de la sociedad, que busca y trata de encontrar remedios de todo tipo para curar la grave patología que sufre, no ha hecho sino profundizar en el progresivo hundimiento de su relevancia. Este paulatino declive, en el que siempre hay generaciones que con razón pueden esgrimir el sálvese quien pueda, favorece la incorporación de nuevas generaciones que asumen, como afirma Byung- Chul Han, que las cosas son así y que lo que existe desde hace un tiempo no es sino la naturaleza propia, la esencia de la profesión.

Pero, más allá de esto y de lo que los farmacéuticos quieran o deseen hacer con su profesión—y en esta afirmación ya me salgo de la primera persona del plural, porque ni quiero ni deseo lo que sufro como profesional—, sería bueno que la sociedad se plantease qué farmacéuticos desea para ella. Que respetase al medicamento, aunque no respete a los farmacéuticos, y a partir de ahí crear un nuevo tipo de farmacéutico que pueda ser útil a una ciudadanía que muere desde hace mucho más tiempo, y lo seguirá haciendo tras la vacuna frente a la covid-19, de una pandemia mucho más antigua y que se prolongará en el tiempo llamada pandemia farmacológica. ¿Por qué tiene la sociedad que conformarse con el farmacéutico que ve si necesita otro?

La violencia simbólica que los farmacéuticos ejercen sobre sí mismos desde las instituciones que los representan, alienta a las instituciones públicas a maltratarlos y, por ende, a hacerlo también con la sociedad a la que dicen representar, que necesita de quien la defienda de su medicalización y que desaprovecha la distribución geográfica de las farmacias, de lo poco bueno que le queda a la profesión, para llevar a la población alivio para sus necesidades. Que son muchas aunque no lo parezcan, y no solo en relación al acceso equitativo a los medicamentos. Esta violencia simbólica que ejerce la profesión sobre ella misma no se queda ahí, porque otras instituciones, las que se dedican a capacitar a los futuros profesionales, también forma parte de esta forma de terror, al desarrollar un modelo de enseñanza absolutamente alejado del perfil profesional que requiere la sociedad. La violencia desde diferentes ángulos.

Que el estado no sea capaz de superar los obstáculos que impiden aprovechar la estructura de articulación social que representan las farmacias, es un caso flagrante de miopía política que han sufrido gobiernos de todo el espectro político, y que sin duda sufrirían, no hay más que ver los programas electorales, los que llegaran algún día a estrenarse como gobernantes. Que el estado, en cualesquiera de sus estructuras relacionadas con la salud, sean en el ámbito central o en el autonómico, haga de su capa un sayo y ningunee a las farmacias y a los farmacéuticos y no los obliguen, ya que desde dentro nadie lo hace, a refundar su papel en la sociedad, es un tiro en el pie si, claro está, de lo que se tratase fuera de defender la salud de los ciudadanos.

Y es que lo más fácil es ningunear como forma de violencia simbólica. Una forma de violencia que no va solo contra la profesión sino también contra los ciudadanos. Porque, si nos referimos a la pandemia por covid-19, no pueden diagnosticarse a tiempo, porque se pierden miles de jornadas laborables que arruinan muchos negocios por culpa de confinamientos que luego se saben injustificados. Y si nos referimos a la pandemia farmacológica, porque dejamos morir a las personas por culpa de los medicamentos, a menudo inefectivos e inseguros, y muchas veces utilizados de forma innecesaria en una especie de encarnizamiento farmacoterapéutico que permitimos en la sociedad. ¿De quién se encarga esto? ¿Seguiremos como sociedad sin profesional que nos defienda de este otro confinamiento, el farmacológico, al que hemos destinado a los ciudadanos?

Es la violencia que engendra violencia. La debilidad de una profesión, que tiene paralelismos indudables con la violencia machista, convierte en agresores a los cobardes. Matar por matar, por el mero hecho de que se puede. Ningunear por ningunear, aunque eso mate de variadas formas a nuestros semejantes, y con la impunidad del que sabe que no solo jamás será condenado, sino ni siquiera será puesto en busca y captura.

Y así seguiremos. Con una profesión que se desmorona sin que haya reemplazo. Y en medio de ese derrumbe moral, el gobierno de los miserables. Porque hay que ser miserable para poner tu bolsillo por encima de tu profesión y de las necesidades de la sociedad, y porque hay que ser miserable para no querer entender lo que necesitan tus votantes. Los que os colocaron ahí.

ESTOS CIELOS AZULES

Como cada día desde que comenzó esta crisis sanitaria, regreso por la mañana a casa antes de lo habitual, a eso de la una, para descansar un poco antes de regresar. Las calles están desiertas. Si la soledad de la noche produce desasosiego, el silencio a plena luz resultaba durante los primeros días sobrecogedor. Es la tercera semana y casi me he acostumbrado a esa paz, a la inusual calma del mediodía. A escuchar los pájaros piar y perseguirse despreocupados, a volver a contemplar el cielo azul y el sol de la infancia que evocó Machado en su último verso. A disfrutar de las flores, de las ramas tiernas que crecen en los troncos de los árboles, de los sonidos de la naturaleza antes cohibidos, ocultos bajo el fragor violento de la vida humana. Incluso me alegra presenciar el tranquilo paseo de los gatos callejeros que han regresado, que deambulan ajenos a la tragedia, tomando posesión de los espacios que arrebatamos al resto de seres que pueblan la naturaleza.

Camino y recuerdo los gestos de solidaridad de tantas personas en tiempos de la pandemia. En el barrio hay siete mujeres que cosen mascarillas para quienes las necesiten, ingenieros con impresoras 3D que fabrican equipos de protección, personas enfermas que ocupan su tiempo de convalecencia creando batas con bolsas de basura para las enfermeras de los hospitales. Hay jóvenes que hacen la compra o vienen a la farmacia para que sus vecinos no tengan que salir a la calle, innumerables gestos de paciencia, de solidaridad y de disciplina compartida. Camino y me pregunto hasta cuándo. Hasta cuándo seremos capaces de mantenernos fuera de nosotros mismos, de tener presentes a los otros. Medito si tendrán razón quienes dicen que ninguna epidemia cambió jamás al ser humano o, por el contrario, los que defienden que nunca volveremos a ser los de antes.

Pienso, no dejo de darle vueltas a cuál será la clave para que el ser humano cambie de manera definitiva su modo de estar en el planeta. Si necesitará siete plagas, como cuenta el Antiguo Testamento que sufrió el pueblo egipcio antes de liberar al israelita, antes de convencerse de que la vida tal y como la entendíamos, no podría sostenerse durante mucho más tiempo. De hecho, estoy convencido, quizás de lo único de lo que estoy, aunque sea esta una conjetura más, de que la COVID-19 es la enfermedad que nos alerta de que puede ser el principio del fin si no ponemos remedio. Que es la primera señal, porque la enfermedad no es la causa de los males, sino la expresión de un síntoma de algo que no nos atrevemos a realizar un diagnóstico serio y colectivo. Quienes estamos en el mundo sanitario, con mascarillas o sin ellas, sabemos bien que una cosa es la enfermedad y otra los síntomas, y que a veces los síntomas confunden el diagnóstico.

La aparición de nuevos virus, de cepas bacterianas no conocidas, tienen que ver con su extraordinaria capacidad de mutar ante el ataque humano. Las nuevas vías de contagio también aparecen como consecuencia de nuestras agresiones al ecosistema, apareciendo por nuestro hábitat natural especies que vienen huyendo de la deforestación, de la destrucción del medio ambiente en el que vivían. Y ello quiere decir que, de seguir así, superemos o no a la COVID-19, vendrán otras, quién sabe si peores, y nos sorprenderán más o menos de la misma forma que lo han hecho ahora. Porque para esta guerra no tenemos armas, y quizás los agentes patógenos que vengan, llámense virus, bacterias, calentamiento, etcétera, hagan de la COVID-19 una anécdota sanitaria.

Dicho esto, me preocupa mantener el espíritu comunitario, nacido probablemente de un miedo que se disipará en los próximos meses, al igual que también me inquieta la actitud de una creciente minoría, a la que también alimenta una atávica tradición de encomendarse a un dios salvador, con forma de deidad o de caudillo, tanto da, que no hará sino profundizar el daño que ya de por sí sufrimos. Me resulta repugnante la actitud de políticos y seguidores de partidos políticos que buscan el enfrentamiento para tener la oportunidad de derribar al gobierno. Autodenominados patriotas que se apropiaron de la palabra España hasta amoldarla a sus propios intereses particulares. Para quien piense que ellos hubieran gestionado mejor la crisis sanitaria basta con mirarse en el espejo de sus homónimos en el mundo: Donald Trump, Jair Bolsonaro o Boris Johnson. Aterrador.

Pero no hay que perder el tiempo con ellos. De lo que se trata es de sumar a parte de sus votantes, porque todos será algo imposible, a la inmensa tarea de lo colectivo.

Regreso por la tarde y vuelvo a disfrutar de la soledad en el camino de regreso al trabajo. Vuelvo a cruzarme con dos farmacéuticos que también van a cumplir con la oscura y necesaria labor encomendada. Así vamos, sorteando controles policiales que ya no nos molestan, disfrutando del sonido de las ramas de los árboles mecidas por la brisa primaveral. Próximo a llegar a mi destino veo el primer grupo humano en las inmediaciones de un supermercado. La fila de personas separadas por una distancia rodea la manzana sin romper el silencio del ambiente.

Ocho y cuarto de la tarde. Fin de la jornada y vuelta a casa. El cambio de horario ha reemplazado al sobrecogedor ambiente de la noche. El sol cae discretamente hacia el oeste y el ruido se ha vuelto a hacer dueño del atardecer. Las palmas a los profesionales sanitarios han finalizado, pero aún permanecen las personas en asomadas. Atravieso la plaza y contemplo a muchas personas conversando de terraza a terraza, de ventana a ventana. Me pregunto si antes lo habían hecho, si se conocían siquiera. Y también si lo volverán a hacer cuando todo pase. Quizás la respuesta a mis preguntas esté, como decía Bob Dylan hace casi sesenta años, flotando en el viento. Si bastará mirar a los balcones entonces para predecir el futuro de la humanidad. Si nuestro destino se jugara en el alféizar de una ventana.

De repente, poco antes de dejar la plaza y tomar la avenida que me llevará de nuevo a casa, escucho un grito desde las terrazas:

⸺ ¡Farmacéutico!

Levanto la mirada y veo a una mujer a la que no puedo reconocer desde la distancia que levanta el brazo con el puño cerrado y lo baja con fuerza.

¡Animo! ⸺ me grita.

Y yo, desde abajo, le doy las gracias sin que ella sepa que se me han saltado las lágrimas. Sí, también me doy cuenta de que, a pesar de que no me permita siquiera reconocerlo, mis emociones también están a flor de piel, aunque no las pueda compartir con nadie.

Al entrar en la avenida veo en el edificio de la acera de enfrente a unos niños bailando en la terraza al son de una bachata que recomienda quedarse en casa. Finaliza la música y los vecinos del otro lado de la calle los aplauden a rabiar y se despiden hasta el día siguiente.

Paso por delante del supermercado, que ya ha cerrado sus puertas. Tan solo permanece ante de su puerta un mendigo que aún espera una moneda de los últimos rezagados. A esta gente, a los que viven de la caridad, a ellos sí que les ha caído la crisis encima, con la confinación de sus proveedores.

Llego a las inmediaciones del estadio y veo bailar en sus balcones a los vecinos de un edificio de lujo recién terminado. Es curioso, pero, y quienes vivimos aquí sabemos lo que eso significa, unos tienen una bandera andaluza en su balcón, y otros la nacional. Pero todos bailan. Están despidiéndose unos de otros con un deseado «Hasta mañana». Me entran unas ganas terribles de sentarme en los bancos del jardín cercano a observarlos, pero sé que mi salvoconducto es para ir a trabajar, no para hacer lo que me da la gana. Quizás esos vecinos tengan también otra clave para responder a mis preguntas. Si son capaces de bailar juntos significa que es posible luchar por un destino común. ¿Cómo, quién es capaz de hacer que todos bailemos juntos? La respuesta permanece en el viento.

El sol de la infancia se oculta entre las nubes cuando mi camino está a punto de llegar a su fin. Me queda cruzarme con la chica joven de raza negra que regresa de su trabajo a la misma hora que yo. No sé quién es, solo sé que es mi compañera, que cada mañana y cada noche nuestros caminos se cruzan. Lo sabemos ambos, y hoy me he decidido a darle las buenas noches. Se las doy y sonreímos. También ella y yo somos parte del baile. De un baile que nunca deberíamos olvidar.

GENTRIFICACIÓN

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ELLOS REGRESARON

Primero echaron a los gitanos,

pero como no lo era, no me importó.

Luego desalojaron casas de vecinos

y barrios enteros, pobres y demasiado céntricos.

Pero yo no vivía allí, y tampoco me importó.

Y no solo no me importó.

Compré, vendí, gané,

a costa de ellos,

de los que echaron.

¿O echamos?

Ahora es mi vecino el que se ha ido,

y los nuevos inquilinos cantan y bailan

cada madrugada.

Y los nuevos son otros nuevos, mañana,

y pasado mañana.

Y gritan, y vomitan,

y arrastran sus trolleys sobre mi cerebro,

cada madrugada.

Ahora soy yo el que arrastra las maletas,

No tengo avión que me espere

ni nadie para ignorarme.

Andan ciertos plumillas escandalizados por la invasión de turistas de nuestra ciudad. Han aprendido a decir gentrificación sin que se les trabe la lengua. Incluso alguno, preso de un ignorante adanismo, perdonen la reiteración de sinónimos, hablan de que todo empezó con los gitanos de Triana, fenómeno poco estudiado, dicen, cuando hay libros y tesis doctorales, trabajos de antropología realizados que, como antes se las refanfinflaba el tema, habían ignorado.

Ahora se cruzan en el ascensor con individuos en pantalón corto y poco depilados a quienes no conocen y los escuchan cada madrugada beberse el mundo a mayor gloria de Ryanair. Ahora sí tenemos un problema. Antes, no, cuando se expulsaron a los pobres, gitanos de Triana y payos de la Macarena o San Bernardo, de su adorado centro para tener una ciudad entera, su casco histórico, pero para ellos, la ciudad, para mirarse el ombligo sin miedo, antes, repito, no existía problema. Fue entonces cuando se crearon guetos, la banlieau sevillana que tanta fama nos da y que existe en tantas ciudades. Gentrificación camino de la desculturización y la marginalidad, terreno abonado para la delincuencia.

Ahora son ellos los que caminan hacia la marginalidad, ahora son ellos los que tendrán que irse a los bloques de extramuros mientras sus jefes continúan arreglando apartamentos para turistas tatuados. Y en sus casas acabarán follando los y las de las despedidas de solteros y solteras del mundo mundial, que dejarán caer sus orejitas de conejo o sus monteras toreriles, la ropa interior del color de la vergüenza, sus fluidos seminales y estomacales sobre el suelo por el que un día arrastraron sus zapatillas.

Gentrificación, sí; del inglés gentrification. Tan antiguo como la avaricia. La que rompió el saco. En el que muchos ocultaron su cabeza para no ver nada. Pero ahora el saco está roto y se ve todo. Todo, todo, todo. En un par de generaciones, ya tendréis un piso donde cultivar marihuana. Al tiempo.

La foto está tomada del blog de José Fariña: https://elblogdefarina.blogspot.com/2018/03/gentrificacion-y-gentrificaciones.html

SÁLVESE QUIEN PUEDA

Ya, los costes económicos que nos produce el cambio climático son muy superiores a los que supondría paliarlo.

Desde hace ya muchos años, los costes, económicos también, del daño que producen los medicamentos, superan con mucho, con muchísimo diría yo, los de pagar su factura.

Desde el 2 de diciembre, los andaluces, con el indudable apoyo de las políticas que se han hecho durante décadas en su comunidad, han elegido democráticamente a los adalides de la desigualdad para gobernar en una de las regiones más pobres y desiguales de Europa, a los que en sus últimos años de gobierno han aumentado la brecha social en todo el país, haciendo pagar la crisis que provocaron los especuladores a las clases más desfavorecidas, las mismas que han hecho posible, por acción u omisión, tanto da, que el nuevo gobierno sea posible.

La pobreza no es solo ausencia de dinero. Esta más bien es su consecuencia y hay quienes han dado en la tecla para que juegue a su favor. Ya lo hizo el régimen anterior durante treinta y seis años y los que vienen al fin han aprendido a imitarles.

Y hay otros pobres que se creen que no lo son, que también están ahora henchidos de democracia y de alegría, a pesar de que esos a quienes les han entregado sus votos fueran quienes diseñaron las políticas que los pusieron de patitas en la calle de sus empresas, para dejarlos suspirando por llegar a la edad de jubilación, vendiendo seguros o lo que se pueda.

El planeta necesita cambios, urgentes y drásticos, y los seres humanos elegimos para nuestros gobiernos a quienes pretenden seguir exprimiéndolo. Quizás los votantes tengan razón, puede ser que solo ellos traigan cambios de forma drástica y urgente, tienen mucha experiencia en eso. Sálvese quien pueda. O quien quiera. Feliz 2019.

DIARIO DE A BORDO. LA PEREZA

Hay defectos en los seres humanos que me enervan. Y cuando me refiero a los seres humanos también estoy yo incluido, porque somos imperfectos y caemos, con mayor o menor frecuencia en la ineptitud, sea cual sea la causa. No obstante, eso de vincular humanidad e imperfección nos suele conducir a la autocomplacencia y, por tanto, a no cambiar. Movidos por la pereza.

La pereza. Hubo un tiempo en que lo que más me molestaba en los seres humanos era la soberbia, esa actitud arrogante que adoptan no pocas personas ante la adquisición de una una mínima cuota― y cuanto menos, peor―de poder. Quizás eso fue hace años, en la época en la que colaboré en la Universidad de Granada, donde no solo me encontré con gente soberbia, sino que cualquiera que apenas se iniciaba a trabajar con nosotros adquiría una porción inconmensurable en un brevísimo lapso de tiempo. Sin embargo, ahora es la pereza, la indolencia, la que más me preocupa.

La soberbia, aun siendo una pésima cualidad, tiene un aspecto innegable de partir de una cualidad, imaginada casi siempre, a veces real, de quien la ejerce. Sin embargo, la pereza, la indolencia, es un mal nocivo y a la vez silente, porque sus consecuencias son devastadoras en los demás ya que suelen pasar desapercibidas. Los perezosos, los indolentes, tienen además la rara y valiosa habilidad de hacer culpables a los demás de sus desvíos, acusándolos de soberbia, por ejemplo, de histeria, agresividad, o de cualquier otra cosa con tal de permanecer en su indolencia. Mientras la soberbia es ruidosa, abiertamente agresiva, la pereza es callada y, por qué no decirlo, traidora y egoísta.

Ya lo dijo Albert Einstein, si el mundo está en peligro no es por las malas personas sino por las que permiten la maldad. Y ahí dentro están todas las formas de indolencia. Desde las más pequeñas, desde las que, apenas sin darnos cuentas, nos llevan a las mayores tragedias.

Foto tomada de EL COLUMNERO

AVANTI CON LA GUARACHA

La vista es un sentido del ser humano, una capacidad fisiológica que permite ver los objetos materiales. Sin embargo, la mirada tiene que ver con lo social, con lo político, con nuestra interpretación personal. Por ello, una cosa es el objeto, o conjunto de objetos que tenemos ante nuestros ojos, y otra la interpretación que cada cual hace de ellos, su mirada.

No sé qué ven ustedes en esta fotografía. En mi caso, lo que me ha llevado a fotografiar este escenario es el recuerdo sobre las últimas elecciones en Andalucía. Veo en la foto cómo los andaluces hemos sacado la mierda afuera para dejarla esparcida por el suelo. Hemos dejado la papelera vacía, lista para volverla a llenar de mierda y, quizás, para volver a esparcirla.

Los próximos inquilinos de gobierno suprimirán diferentes organismos y fundaciones mientras se suben los sueldos un 50%. Habrá más para menos. También eliminarán impuestos a los que más tienen, así que en la tierra de las desigualdades creceremos en lo nuestro, en desigualdad por obra y gracia de los votantes. Volver a ser lo que fuimos, dice nuestro himno, el basurero de este país, eso sí, con cante jondo.

Pues nada, chicas y chicos de nuestra Andalucía, avanti con la guaracha. Con la guaracha de la compañía de la extrema derecha; con la guaracha de que estos que no son extremos sino tan solo algo rancios, y que por eso, por su moderación, van armados y besan la tumba de quien fue responsable de la muerte de centenares de miles de españoles, andaluces incluidos, por supuesto, y que en todo caso, para los que les van a soplar la gaita desde su escaño o desde el papel prensa, son iguales a los chicos, y chicas, de morado, esos que toman las calles pero solo las del centro, que por los suburbios se pierden; avanti con la guaracha de pensar, o esconder la ambición tras ese pensamiento ligero, que, al igual que en la Alemania prenazi, aliándose con ellos se les anula; avanti con la guaracha de que la regeneración va a venir de los compañeros de Bárcenas; avanti tutti.

Pero no se pongan nerviosos, ni nerviosas, queridos compatriotas (ponga usted la nación que desee al margen, legal o ilegal, que lo peor está por llegar. Que Dios os coja armados. Y, por qué no, si así lo deseáis, confesados. Hay alforjas que no tienen fondo. Y siempre se puede vaciar la basura para volverla a llenar de inmundicias aún peores. Las que vendrán de vuestra mano y vuestro voto.

Qué ojito habéis tenido, miarmas.

FELIZ NAVIDAD (y 2)

Hoy llega la luz

Llega la luz para abrirse camino entre las tinieblas, para darnos la oportunidad de resucitar entre nuestras cenizas. Venimos de tiempos oscuros, pero tenemos la oportunidad de renacer. La Navidad es tiempo de esperanza. Para intentarlo otra vez, para levantarnos, para hacer frente a la derrota, para combatirla. El otoño es tiempo de melancolía, de reconocer nuestros errores, de penar hasta acabar desnudos, sin las hojas que protegían nuestro cuerpo. El invierno lo es de fortaleza, de resistencia, de valentía, pues hemos quedado desnudos, nada tenemos, o lo tenemos todo, porque solo estamos, solo somos, nosotros. ¿Y qué somos sino nuestra desnudez?

La luz nos encuentra cuando el frío se ha incrustado en nuestros corazones, cuando parecemos muertos pero no lo estamos. El sol está lejos pero viene, ya viene el sol, y nada ni nadie podrá impedirlo. Hagamos frente a las sombras, al frío, muy pronto tendremos la oportunidad de sembrar, una vez más, de recoger nuevos frutos si hemos sido capaces de arar de otra forma nuestra tierra.

El sol viene pero no lo adores, porque antes de que lo pienses se alejará de nuevo. El sol ilumina tus actos, los únicos que pueden hacer que recojas nuevos frutos. Ya viene la luz, para todos. A todos nos da la oportunidad. Es hora de salir de la madriguera.

DIARIO DE A BORDO.FELIZ NAVIDAD (1)

Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada. Lucas 2,7.

Temblando, con su diminuto cuerpo aún sin lavar desde que salió del vientre de su madre. El resto trataba de proporcionarle estímulos y calor mientras él se debatía entre la vida y la muerte. Su primera cuna fue la cesta de salvamento en la que fue evacuado en un helicóptero de la guardia costera de Malta. […]

Respeto a quienes por sus convicciones no celebran la Navidad. Es más, admiro su resistencia ética, su coherencia y su disposición para ir en sentido contrario a la mayoría, por tener pensamiento propio. Ellas, estas personas que piensan así, nunca soltarán a Barrabás. Mejor dicho, claro que lo soltarán, pero tampoco permitirán la crucifixión, ni del hijo de Dios ni de nadie. A mí, en cambio, me encanta celebrar la Navidad, y no por cuestiones religiosas sino, me permito decir en mi ignorancia, antropológicas, además de porque me da la oportunidad de denunciar la hipocresía de no pocos creyentes, a quienes les parece que el fundamentalismo es cuestión exclusiva de facciones radicales musulmanas.

El diario.es publica hoy la noticia que motiva esta entrada en el blog. El Open Arms, es hoy un portal de Belén en alta mar.

Ningún país ha admitido a los emigrantes que alberga la embarcación de la ONG española. Ni la izquierdista (sic) Grecia ni las católicas Italia o Malta, ningún país ha permitido el desembarco, y no quiero ni pensar lo que dirá esa derecha nacionalcatólica de mi país y sus panfletos que le dan vox como el barco ose acercarse de nuevo a nuestras costas. Estos católicos para los que todos somos hermanos, siempre y cuando gocemos de pasaporte español ⸺ en vigor y desde el nacimiento, que no todo pasaporte es válido para ellos ⸺, seamos de tez no demasiado oscura y consideremos cultura eso de matar animales después de clavarle dos o tres puyas⸺ según categoría del lugar, a más categoría, más puyas⸺, seis banderillas y al menos un espadazo, si no son más, incluyendo verduguillo.

Estos patriotas que defienden sus alforjas, que no tienen fondo, que nunca están suficientemente llenas, me recuerdan mucho a Herodes y sus soldados, a aquellos fariseos  para los que la religión comienza y termina en el rito y el resto del tiempo lo pasan protegiendo su poder. Estos son los que crucificarían de nuevo a un Jesucristo renacido una Nochebuena en la que los de siempre, vagan buscando posada porque nadie les permite alojamiento. Y, además, gozan de un pueblo, como el mío, en el que no menos de cuatrocientos mil bárbaros elegirían, en elecciones libres como las del pasado 2 de diciembre, soltar a Barrabás con tal de que los de siempre, los que llevan siglos poniéndoles el pie en el pescuezo cuando no haciendo sacrificios humanos con ellos, continúen mandando. Y es que en una comunidad tan amante de las tradiciones, qué mayor tradición puede haber que perpetuarlos en el poder.

Claro, que todo esto, no sería posible sin esa figura, tan tradicional también en la comunidad del lazo amarillo, del caganet, que no sé qué significa pero que a mí me recuerda a esos especímenes que tan bien definió Martin Niemöller y luego popularizó Bertolt Brecht.

Que cada cual sepa dónde está. Mientras tanto, feliz Navidad a las personas de buena voluntad, entre las que siempre están quienes no la celebran y quienes tienen la valentía de pensar por sí mismas.