ANCHOA

Son muy pocas las veces en la vida en las que nos preguntamos cosas importantes. Es triste, tan triste como verdadero. Si frecuentásemos bajar al pozo de nuestra alma al que aludía el escritor brasileño Jorge Amado en su libro “Los marineros”, nuestra existencia sería mucho más feliz o, si no lo fuera, nos daría la oportunidad de encontrar alguna solución. Llevo un tiempo descendiendo a mi pozo. De forma más consciente, desde diciembre de 2016 en el que comencé a escribir mi última novela, y puedo asegurar que ese descenso, diario, podría decirse, está siendo una aventura prodigiosa, porque me ha ayudado a hacerme preguntas importantes, que son las únicas que se encuentran alojadas allí, en el fondo. Arriba, muy arriba, están aquellas otras que se evaporarían en un instante, que nunca nos haríamos si no fuera por nuestra soberbia, por rencor o por intereses mezquinos; preguntas que por vacías, son incapaces de bajar al fondo, allá donde también se encuentran las respuestas que merecen la pena.

También allá en el fondo, nos topamos con las personas que han sido y son importantes en nuestra vida, porque en el fondo del pozo nadie ha muerto, vivos y muertos comparten una existencia común y plena.

Hoy ha muerto Anchoa. Su fallecimiento me ha pillado en el fondo del pozo, y me ha dado la oportunidad de hacerme una pregunta importante y, por supuesto, de encontrar la respuesta. Su muerte me ha dado la oportunidad de cuestionarme acerca de cómo me gustaría que me recordasen tras la mía. La respuesta que hallé fue, sin duda, con agradecimiento, porque así es como siempre recordaré al gran amigo que ya no está acá en la superficie, pero al que siempre podré encontrar en el fondo de mi pozo.

Mi vida, la parte de mi vida de la que me enorgullezco, la que no escondo, no se podría explicar sin esa mano amiga que, sin ser consciente probablemente de lo que hacía, me ayudó a salir de otro pozo, mucho más desagradable e infecto, puesto que no todos los pozos son iguales, e impidió que yo pudiera hundirme sin remedio. Pero eso no es importante ahora, eso solo es importante para mí, porque tengo la certeza, y así lo he comentado con algunas otras personas tan cercanas o más que yo a él, que ese agradecimiento que siento, lo compartimos muchas otras personas a las que nos impulsó a creer en nosotros mismos y a sacar lo mejor de lo que llevábamos dentro.

Podría contar tantas cosas, tantas anécdotas, tantas alegrías y también tantas lágrimas, que todo debe haber en una vida plena, que correría el riesgo de acabar cayendo en lo que, con mucha frecuencia y la mejor de las intenciones, suele ocurrir cuando alguien trata de poner palabras al dolor por la pérdida de un ser querido: acabar hablando de uno mismo y no del que ha dejado de existir. Y no lo voy a hacer, al menos no de manera consciente.

Quiero recordarlo como la persona que me ayudó a creer en mí, como la que me enseñó a ser padre con su hijo Ignacio, como el que contagiaba alegría y optimismo, aquel para el que un revés no era sino una oportunidad para continuar adelante, porque es hacia adelante la única dirección en la que se puede caminar. Con Anchoa abrí los ojos, conocí la generosidad del que poco y a la vez tanto, tenía. Y me divertí. Mucho, muchísimo. Tengo el orgullo de haber sido su amigo, pero me siento aún más orgulloso de saber que hemos sido, que somos, tantos los que podríamos decir lo mismo. ¿Habrá mayor riqueza?

Anchoa, no José Antonio Muñoz, acaba de dejarnos más desamparados. Digo Anchoa, porque ese tal José Antonio Muñoz, no existía, no vivía aquí, como respondió una vez, en anécdota gloriosa, la única que me permito hoy, doña Concha, su madre, a alguien que llamó a su casa preguntando por ese tal José Antonio Muñoz. Fue una persona que repartió alegría y estímulos para creer en sí mismo a todo el que tuvo cerca, allá donde fue. Unos, con más o menos suerte, de forma más o menos torpe, hemos tratado de pagárselo bien; otros, no, como pasa siempre y, como también se suele decir, ellos se lo han perdido y que con su pan se lo coman.

Nadie está muerto si vive en el recuerdo de las personas que lo quisieron y admiraron. Ojalá seamos capaces quienes lo conocimos y disfrutamos, de hacer de Anchoa un ser inmortal.

Sevilla, 4 de abril de 2018

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DARSE EL LOTE

Son las nueve de la mañana del domingo, de un domingo cualquiera, a pesar de que sea hoy domingo cuando escriba esto y hoy haya sido también el día que haya hecho esta foto. Una mala foto, por cierto. Sin que valga como excusa, la hice apresuradamente, entre la indignación del suelo y la del cielo― la indignación de ver a ese anciano subido a la escalera― y con un profundo respeto hacia la persona que recogía aceitunas en un jardín público. Justo lo contrario a lo que sentía por quienes fueran los protagonistas de la escena que se dibujaba en el suelo.

Cristales rotos de botellas compradas en cualquier cadena de supermercado horas antes. Bolsas, latas, basura esparcida al compás de la risa y la educación. Papeleras arrancadas de cuajo de sus sujeciones como hitos y como mitos de esos héroes jóvenes gracias a los que continuaremos liderando en el mundo los trasplantes hepáticos.

Cada noche de cada fin de semana se abren las puertas de esos sepulcros blanqueados que son nuestras residencias y de ellas salen los zombis que se dirigirán a las selectas bodegas a comprar sus lotes. Para darse el lote, expresión que en mis tiempos era otra cosa bien distinta. Se acercarán a cualquier supermercado, en el que adquirirán lo que les plazca, mostrando cualquier carnet de identidad con la habilidad de trilero, para obtener esos lotes que incluyen bebidas, hielos o vasos de plástico.

Los muchachos que destrozan su hígado mientras destrozan nuestro mobiliario urbano, son hijos de un sistema educativo con religión y sin filosofía, hijos de un sistema económico en el que la ley del más fuerte o el engaño constituyen los modelos a seguir, hijos de un sistema político en el que hay un rey y una familia que hará lo que le plazca, inviolable, y heredará el poder sin más razón que su apellido, y de una democracia en la que prima la libertad de expresión a la vez que se coarta la de pensamiento. Son hijos de un mundo al que hay que mirar borracho, porque es la borrachera la que parece permitir la única vía de escape posible.

Estos muchachos son también hijos de padres universitarios, que un día fueron guays y trabajaban para multinacionales que parecían suyas, que viajaban por el mundo y se lo comían si hacía falta, que te miraban complacientes, satisfechos, creyéndose los putos amos, hasta que dejaron de necesitarlos y ahora se debatan entre continuar en el paro o vender seguros a comisión, dando sablazos a antiguos amigos que aún resisten en el mundo que ellos contribuyeron a crear y siguen manteniendo con sus votos, con la esperanza de que solo estén viviendo un mal sueño, con el anhelo de volver a formar parte del mundo al que solo pertenecieron en su imaginación.

He visto a alguno de estos muchachos de madrugada apedrear a vagabundos y salir corriendo, escupiendo su miseria sobre los parias, aquellos que justifican que ellos se sientan privilegiados a pesar de que solo vayan a acabar siendo millonarios en transaminasas. Porque la riqueza no es un valor absoluto sino relativo, y la mierda puede llegar a ser satisfactoria siempre que la de los otros huela peor.

¿Qué le habrían hecho al pobre viejo si en lugar de haber ido de día hubiera ido de noche a recoger aceitunas, las aceitunas que luego revenderá o meterá en salmuera para sacar un jornal o matar el hambre? Me temo que el viejo hubiera sido un residuo orgánico más entre tantos a la mañana siguiente. Unos ganándose la paga en el cielo y otros vomitándola en el suelo.

Si quieren ver cuál es la salud democrática de este país, atrévanse a entrar de noche cualquier fin de semana en los jardines de un barrio pijo. No hace falta irse al extrarradio canalla. Basta con ver a los nuestros. Seguid votándolos, que vuestra bilis ni la de vuestros hijos os ahogue, cobardes.

CON PINZAS

Que España está cogida con pinzas, no me cabe duda. Y de la ropa, como aparecen en esta terraza el Niño Jesús y una bandera que nunca conoció.

Hay quienes hasta ahora han monopolizado la palabra España, en relación a unos intereses, ideales o creencias particulares de su grupo, mientras que otros han repudiado dicha palabra, por una parte rechazando ese concepto al ser contrarios a sus intereses, ideales o creencias, y por otra, aceptando la monopolización quienes se la apropiaron.

Mientras tanto, España se resquebraja, se rompe como dicen los que acapararon su nombre, y no tanto por la posibilidad de un desmembramiento territorial―las armas y el poder económico que las sustentan están del lado de ellos―, sino por el rechazo que supone pretender imponer para todos su modelo de España, un modelo a medida, fabricado en una exclusiva sastrería.

España se agrieta, se cuartea en sus cimientos esenciales, y en Cataluña se ha descubierto un modelo de resistencia contra el que no pueden vencer las armas, por más lenta que sea la victoria. Una victoria, dicho sea de paso, que puede suponer la derrota de todos, por no saber encontrar un modelo en el que quepamos, que no nos fuera ajeno, ya que la integración, la aceptación por vías diferentes a las utilizadas aquí de forma tradicional, tiene que ser el referente que marque el sentido de pertenencia a una nación.

Los resultados electorales en Cataluña, creo, no dejan atisbo a la duda. Si ha obtenido más votos una fuerza constitucionalista conservadora se ha debido a que entre los conservadores los matices ideológicos pesan menos que en la izquierda, y el voto, y el rechazo a la violencia del referéndum impuesta por nuestro torpe gobierno estatal y suss encarcelamientos, se ha reunido en torno al partido con más posibilidades de ganar. Habría que reconocer que con la Ley D’Hont vigente, una alianza similar a la que reunió a Esquerra Republicana con el partido de Puigdemont hubiera arrasado. Sin embargo, la nueva situación que ha aparecido tras los comicios y los mensajes que se escuchan, no dan mucho pie a la esperanza de que todo se enquiste, se corroa y pueda acabar a la manera tradicional española, esa de la que aparecieron las primeras dosis en algunos colegios electorales el día del referéndum ilegal. ¿Hacia dónde ir?

Una vez más deberíamos reconocer que quienes tienen la llave de progreso son los mismos que la han poseído siempre, la derecha. Hasta que no consigamos que las fuerzas conservadoras de este país caigan en la cuenta de que un modelo federal y republicano es la única salida para España, las opciones serán la ruptura o las armas, es decir, volver a 1936, al siglo XIX o incluso al XVIII.

Hasta que no aceptemos que una república es un modelo de convivencia democrático en el que cabemos todos, y que no hay mayor democracia que aquella en la que tengamos la posibilidad de elegir, y de hacer caer, a todos y cada uno de los puestos de responsabilidad de gobierno, y que a ello pueda aspirar cualquier persona, piense lo que piense, nazca en un pesebre o en un palacio; hasta que no reconozcamos que nadie es inviolable en el delito, ni que por su mero nacimiento debe arrogarse el derecho de regir destino alguno de los ciudadanos; hasta que no admitamos que España es un compendio de naciones, que no necesariamente se corresponden con las autonomías que reconoce la Constitución de 1978, naciones entendidas como singularidades culturales también impregnadas por otras singularidades y culturas; hasta que no seamos conscientes de que un estado es un modelo de convivencia entre ciudadanos y naciones, y que su unión depende de que dichos ciudadanos y naciones puedan desarrollarse en plenitud, sin acaparar unas a otras, sin parasitar las riquezas de un lugar para llevárselas a otro; hasta que no entendamos que si Europa no ha adquirido mayor sentido y plenitud, ello se ha debido a la resistencia de los actuales estados que la componen a la integración, y que constituir un modelo europeo basado en sus pueblos no solo no va contra Europa sino que sería el único camino a su desarrollo integral, y que no hay internacionalismo mayor que el que respeta sus naciones y pueblos, y los une en un proyecto común; hasta que todos no asumamos en paz este concepto, sin que las armas condicionen o atemoricen, sin que se utilicen contra sus propios pueblos, no tendremos más remedio que recorrer un doloroso y larguísimo camino, que nos puede llevar de nuevo hacia ninguna parte antes de que nuestros descendientes, si es que los hay, dado el peligro que cierne sobre nuestra especie por su insostenible modelo productivo. No habrá España si España no es motivo de orgullo para todos. Y cada vez estamos más lejos, porque quienes gobiernan y quienes sostienen su particular modelo, día a día lo ponen más difícil. Pero, nos guste o no a quienes pensamos diferentes, son tan parte del pueblo como nosotros. Y se pueden destruir personas, pero no a las ideas, porque las personas pueden morir, pero las ideas perviven y evolucionan, y vuelven a emerger.

España, la España que representa la foto, está cogida con pinzas. Pinzas de la ropa, esas que pierden lo que sostienen al menor viento que aparezca. En las manos de verdaderos patriotas está crear un nuevo modelo, republicano, federalista y laico, en el que quepamos todos. Si lo aceptamos, estaré de su lado; si no, no tendré más remedio a colaborar desde el sur en el camino que se ha iniciado por el este. Los resultados electorales de Cataluña nos han señalado el camino. O encontramos un modelo para todos, o ninguno cabremos. Ojalá esta vez seamos capaces de dar una lección positiva, por nosotros, por Europa y por la humanidad.

ENCARNA

Es la que sale por la puerta. Una foto forzada pero intencionada para que no se la vea. Encarna es viuda. Cuenta que en su juventud se levantaba cada mañana a las cinco, cuando su marido y su hijo salían para trabajar. A esa hora, después de prepararles el desayuno y de darles el canasto con la comida, sacaba su caja de costura y comenzaba su jornada de trabajo, cosiendo los encargos de uniformes colegiales de la tienda para la que trabajaba. Entre puntada y puntada cuidaba que el puchero no se le quemara, y una vez que finalizaba la tarea de la tienda, continuaba cosiendo para la calle, si tenía suerte de que le hubieran entrado otros pedidos de señoras que, a pesar de tener más cerca las paradas del tranvía, jamás lo utilizaban.

Mientras ella comenzaba su jornada de trabajo bajo la lámpara que iluminase sus manos, su marido y su hijo atravesaban descampados encenagados de barro y huertas hasta llegar a la parada de tranvía más cercana, para dirigirse a la estación de ferrocarril de Plaza de Armas, a tiempo de subirse en el tren de los obreros, que los distribuiría por las diferentes fábricas y tajos, hasta finalizar la jornada y retomar el camino de vuelta.

Cuando pienso en quiénes sostienen este país me acuerdo de Encarna, de su marido y de su hijo, y en tantas Encarnas y familiares desperdigados por todo el territorio, habitantes de suburbios sin tranvías y a veces sin autobuses por decisión gubernativa. Y la verdad es que nunca me vienen a la mente todos aquellos que adornan sus balcones de banderas, ni tampoco esa raza con frecuencia maligna que se autodenomina intelectual, gente ayuna de calle y de agujeros en las suelas de los zapatos que se dedica a decir a los demás lo que tienen que hacer mientras se miran en el espejo de sus vanidades.

España no es una bandera. España es un canasto y una fiambrera, unas agujas de coser, una fregona y una manopla, y también una barra metálica y una bombilla para rebuscar en los contenedores de basura, que intelectuales y bandeirantes llenamos con nuestras opulencias doctas y  terrenales.

4 DE DICIEMBRE

El 4 de diciembre de 1977 tenía catorce años. Los días previos, mis amigos y yo nos acercamos al Siglo Sevillano a comprar dos o tres metros de bandera blanca y verde. Una de nuestras madres, no recuerdo cuál,  cosió las puntas de la tela para hacer un forro en los extremos y que pudiésemos introducir unos palos de marquetería que habíamos conseguido en el Arca de Noé, aquella tienda increíble que había en la trianera calle Trabajo.

El 4 de diciembre de 1977, como tanta gente, nos dirigimos Chiqui, Francis, Domingo y yo al Prado de San Sebastián, con nuestra bandera a participar en nuestra primera manifestación, quizás en la más multitudinaria que jamás hubo en la ciudad, la que sin duda, más entusiasmo despertó nunca.

Allí, en aquella manifestación de cientos de miles de personas, estaba la niña de once años que con el paso del tiempo sería mi esposa y madre de mis hijos. Fue con sus padres y con sus hermanos, al igual que muchas otras familias que se lanzaron a la calle, probablemente sin saber muy bien lo que pedían, pero siendo todos plenamente conscientes de lo que nos unía, lo que nos une aún, nuestra matria andaluza.

El 4 de diciembre de 1977 fue el inicio de una conciencia de pueblo que supo rebelarse, luchar y vencer a la injusticia con las armas de la paz. Nunca hubiera habido un 28 de febrero sin un 4 de diciembre.

Luego se fue todo al carajo, cuando unos tuvieron los reflejos y la habilidad de capitalizar este movimiento de libertad, y así someterlo, y vaciarlo de contenido durante estos cuarenta años, a mayor gloria de la oligarquía que empobrece esta tierra. Y nos convertimos en una Muñeca de Marín, aquellas flamencas que colocábamos sobre el televisor.

El 4 de diciembre de 1977 yo tenía catorce años, y hoy tengo cincuenta y cuatro. Cuarenta años de puños y rosas falsas, que lo que desprendían no era perfume sino cloroformo. Hoy continuamos dormidos, con un treinta por ciento de paro y con la mano abierta, otrora andalucista, pidiendo limosnas a quienes antes nos esquilman.

Cuarenta años después Andalucía no ha sido libre. Ojalá que algún día seamos capaces de romper las cadenas del miedo que nos atenaza, y que lo hagamos con las mismas armas de la paz con las que, hace ya casi cuarenta años, nos liberamos y liberamos a muchos de los pueblos de este país que tanto se ríe con nosotros, y que tan poco nos ama.

LA ESPERANZA VA EN AUTOBÚS

En cualquier barrio marginal, la esperanza va en el autobús. Si les quitas el autobús estás hundiendo a los que luchan por cambiar el futuro. Y no te engañes, ellos luchan solos. Luchan contra los delincuentes que aprovecharon la marginalidad creada para hacerse fuertes. Luchan contra los que nos acercamos a ayudar contaminados de prejuicios y paternalismo. Y luchan contra vosotros, nuestros representantes, que enterráis dinero sin sentido, para justificar la marginalidad de quienes viven allí, porque os limitáis a dar limosnas sin abordar las verdaderas causas de la marginalidad.

La marginalidad se rompe favoreciendo el encuentro, y se comienza derribando barreras. No les pongas aceras nuevas, derriba el muro del tren. No construyas fastuosos edificios culturales, lleva organismos públicos a la zona. Construye la Comisaría que prometió…Franco. Sí, sí, de los años setenta del siglo pasado está prevista, y la ha derribado sin poner un solo ladrillo el Ministro del Interior, antiguo alcalde de la ciudad, y, como a vosotros, no se le cae la cara de vergüenza. Lleva edificios públicos al barrio.

Derriba barreras, construye puentes.

No quites el autobús. Si lo quitas destrozas el futuro de los héroes, de los valientes que se suben a él cada día. La esperanza va en autobús. Si no eres capaz, si no tienes valor de derribar muros, de eliminar barreras que encarcelan y hacinan a más de cincuenta mil personas, si no tienes arrestos para romper el aislamiento, para acabar con los vertederos morales del liberalismo, al menos ten la decencia de no acabar con la esperanza de quienes cada día suben al autobús. No seas Espada de Damócles. Quizás esto no te dé votos, pero te dará dignidad, la que muchos de vosotros hace tiempo que habéis perdido.

ESTO ES LO QUE HAY

El glifosfato, herbicida utilizado en la agricultura, incluido en la lista de sustancias posiblemente cancerígenas para humanos, continuará utilizándose en la Unión Europea hasta 2022 con el entusiasmo del gobierno español. No en vano, nuestra Ministra de Agricultura incluso llegó a arengar el pasado mes de septiembre a las organizaciones agrarias para su defensa. Nuestro cáncer no importa, el mercado, sí. El mercado deja huellas y culpables, y si a usted le diagnostican cáncer nadie buscará responsables que no sean colectivos. Los gobiernos que aprueban y consienten estas medidas no son culpables, ¡es la humanidad la culpable!

España, su gobierno, continúa subvencionando, 400 millones de euros desde 2007, a catorce plantas de carbón, combustible fósil no renovable y uno de los mayores responsables de la contaminación de nuestras ciudades. El cambio climático continúa y lo hace ya sin brújula. La Tierra busca un nuevo equilibrio que no sabemos si será compatible con la vida humana. Pero no importa. El mercado, esa forma de esquilmar a los menos capaces, que tiene ideólogos, profesores de universidad, periódicos y empleados escribientes y, sobre todo, lacayos enjaulados que no dejan de votarlos, que esperan su alpiste diario a cambio de promesas de futuro vacías, el mercado, insisto, prevalece sobre todo bicho viviente.

Harías bien en no engañarte. A nuestro gobierno no le interesas si no es como paria del mercado. Espero que te hayas convencido ya de que lo de su preocupación por Venezuela era un camelo. También lo de Cataluña, no seas inocente, es otra cortina de humo más. Y si le preocupa algo esto, ya lo puedes comprobar cada día en la propaganda que emite en el canal público de televisión a través de voceros que en su día se creyeron que iban a ser periodistas, es por cuestiones de mercado. Incluso las banderas se las refanfinfla, no te engañes. Las patrias y reyes que les interesan son aquellos que cotizan en el mercado de valores. Su capacidad de adaptación al entorno es inimaginable, y les da igual reyes que presidentes, democracias que dictaduras, patrias grandes o pequeñas. Son los auténticos predadores de la especie más depredadora.

La democracia necesita de conservadores. Son fundamentales. Tanto, y si me apuran, aún más, que los progresistas. Pero, por favor, España, Europa entera, necesita otros, no estos. Gente moderada, mesurada, pragmática, que mire al mundo como un legado recibido y que hay que entregar a los que vienen, que respete al planeta, a los seres que lo habitan, que entiendan que el futuro, a día de hoy, o es colectivo, o no lo habrá.

Qué utopía esta. Esta sí que es una utopía y no la de los parias de la tierra y la famélica legión. Y cuánta falta haría. Pero ya vamos muy tarde para ese cambio de mentalidad El capitalismo extremo que vivimos agostará los campos, incendiará banderas y extinguirá una forma de vida, y puede que la vida humana, a pesar de que para cuando esto suceda, hasta los gusanos hayan acabado con sus conservadores cadáveres. Y con los nuestros, que lo consentimos. Así que esto es lo que hay.