MEDICALIZAR LA DESIGUALDAD

Este fin de semana la doctora Martha Milena Silva Castro, farmacéutica y antropóloga, ha vuelto a utilizar el primer texto de mi novela Tres mil viajes al sur para enseñar a realizar investigación cualitativa a los alumnos del Máster de Atención Farmacéutica y Farmacoterapia de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Y al igual que en el curso pasado, aún más si cabe, el resultado ha sido sorprendente.

Josefa es el título de la primera parte, subtitulada como Veo un tren y se me cambia la cara. En ella se relata el camino de una mujer hacia su suicidio. Josefa vive en la marginalidad, dentro de un barrio mortalmente herido, víctima de la exclusión social, de una familia tan desestructurada como el suburbio en el que reside. La vida ha dejado de tener sentido para ella y decide acabar. Utilizando diferentes técnicas de investigación cualitativa, desde la entrevista en profundidad, el grupo focal y el de discusión, se discutió acerca de los recursos con los que contaba la protagonista, los que la sociedad ofrece, para evitar llegar al desenlace que se había propuesto.

Josefa, gracias a nuestro sistema público de salud, contaba con un variado arsenal de medicamentos para la enfermedad mental. Asistía periódicamente a visitas a su psiquiatra. Quizás, una, dos, hasta tres o cuatro veces al año. Lo que no podía hacer era salir del entorno en el que vivía, de un barrio estigmatizado, de unos hijos e hijas víctimas de drogas y de la prostitución, de un entorno salvaje y descarnado, estigmatizado, como el que representa su barrio. No uno ni dos, ni tres ni cuatro días al año estaba en aquel suburbio dejado de la mano de Dios y sobre todo, de los hombres, en aquella cárcel sin barrotes; trescientos sesenta y cinco. Trescientos sesenta y seis habrían sido si hubiera vivido este, porque hasta en el dolor puede haber propina, a modo de bonus track de la desgracia.

Asistimos en estos momentos la crisis sanitaria del coronavirus. El aislamiento es una de las medidas que se han tomado para evitar contagios. Algo muy lógico, que lo entendemos de cajón en el marco de las enfermedades infecciosas. Sin embargo, nada de eso se aplica, ni se piensa, en lo que se refiere a los trastornos del ánimo derivados de la exclusión social. Para Josefa, personaje de ficción, solo hubo profesionales de la salud y antidepresivos, medidas absolutamente ineficientes ante la tragedia social de la marginalidad.

Dicen que contamos con un sistema sanitario universal, pero este solo aporta profesionales, tecnologías y medicamentos. No es poca cosa para lo que hay en el resto del mundo, pero tampoco es mucho para unas personas que necesitan a veces cosas muy diferentes.

Josefa era víctima de la sociedad, de la injusticia. Los medicamentos y los psiquiatras en su caso, y en el de muchísimas personas reales, de carne y hueso y no de la pasta de celulosa de la que están hechos los libros, no suponían otra cosa que un encarnizamiento terapéutico ante la ausencia de verdaderos recursos para ella, porque su enfermedad tenía raíces sociales y no clínicas. Una enfermedad social que emerge con sintomatología clínica se parece mucho a eso de agarrar el rábano por las hojas (te dejas el rábano dentro).

Entre todos los asistentes a la sesión llegamos a la conclusión, sin necesidad de adoctrinamiento político alguno, de que un profesional de la salud debería ser primero defensor de la justicia social. Porque sin justicia social no será posible garantizar la salud de los más débiles. Sí, la justicia social debe ser previa a los recursos terapéuticos, y como no lo es, asistimos a un mundo cada vez más esquizofrénico que demuestra que las enfermedades nos e pueden dividir en contagiosas o no, porque todas lo son.

Sí, gozamos de un sistema sanitario universal y público, pero que lamentablemente no ofrece lo que las personas necesitan. Un mero brindis al sol, si nos conformamos con conservarlo, un mero espejismo. O un apasionante camino por recorrer juntos, un desafío por alcanzar, para beneficiarnos todos.

Sí, en este Máster tan original, tan humano, tan único en su profesorado y en sus objetivos, algo que merece una entrada aparte para explicarlo, tratamos de enseñar y aprender cómo disminuir la morbi- mortalidad asociada a medicamentos. Pero somos conscientes de que esto no es más que una mínima parte del camino a recorrer para garantizar la salud de las personas. Y si queremos de verdad garantizarla, la justicia social tiene que ser un reto innegociable.

CON EL SUELO EN LOS PIES

CON LEL SUELO EN LOS PIESRegresó feliz del entierro. Incluso se atrevió a acercarse a la viuda y presentarle sus condolencias. La mirada ausente de ella no varió cuando le confesó la admiración que sentía por su esposo y lo mucho que le debían por su trabajo, tan luminoso como adelantado en el tiempo, él y los colegas a los que representaba. Quizás ella no le recordara, puede que ni siquiera le hubiera escuchado, ajena a todo lo que le decían. Por si acaso, pensó que lo mejor sería no quedarse más tiempo del aconsejable ante aquella mujer.

Las circunstancias de la muerte no podían menos que otorgarle la razón. Demasiado idealista, poco apegado a la realidad que él se negaba a aceptar, como si en la vida fuera posible cambiar el orden establecido. Idealista y peligroso, porque en los últimos tiempos había enfrentado incluso a las instituciones democráticamente elegidas, como la que él representaba. Si este país era una democracia, tenía que haber acatado el veredicto de las urnas, aunque fueran ya tres las legislaturas en las que sólo él hubiera dado el paso adelante para presentarse como candidato.

Un suicidio, sí. Era lo esperado, por su orgullo, por ser tan emocional, tan vehemente defendiendo lo que no tenía defensa alguna con los pies en el suelo. Mientras abría la puerta de su automóvil en el garaje del tanatorio, no pudo evitar una sonrisa por la maldad que acababa de pensar. Por no tener los pies en el suelo había muerto así, con los pies colgando a unos metros del suelo, en el salón de su casa.

Miró el reloj y se dio cuenta de que no iba sobrado de tiempo. Tendría que dirigirse a toda prisa a la sede. Ya sabía lo que le esperaba: firmar una serie de documentos, devolver unas llamadas inaplazables y atender un par de citas antes del consejo de última hora de la mañana, en el que iban a discutir una vez más los cambios que necesitaban para recuperar la credibilidad social perdida. Hoy ya no les dolería la cabeza, ni a él ni a sus consejeros, por las críticas, afrentas decía más de uno, del difunto. Aunque tampoco estaba muy seguro de que las cosas fueran a cambiar con la desaparición de este hombre, ya que ahora más que nunca se daba cuenta de que el consejo estaba minado de contestatarios y de gente con poca altura de miras, que nada más que le preocupaba su propio interés.

Al llegar a la sede aparcó en la plaza que tenía reservada para él. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que el garaje estaba casi desierto. Mientras recogía su chaqueta del asiento contiguo tuvo una idea luminosa: al iniciar el consejo pediría un minuto de silencio en memoria del suicida, desaparecido en circunstancias desgraciadas, diría. Y al final, en ruegos y preguntas para que la sorpresa fuera, les propondría institucionalizar un premio que llevase el nombre del finado, para reconocer a los colegas más significados.

Volvió a sonreír, no era para menos. Al fin y al cabo él accedió al puesto que ocupa por transformar la realidad. Siempre había compartido los fines con el fallecido aunque su forma de hacerlo, su estrategia a la hora de conseguirlo, había sido bien diferente, más con los pies en el suelo, como a él siempre le gustaba decir. Y después de tantos años seguiría siendo así.

La alegría le impidió controlarse al cerrar la puerta del automóvil, aunque luego respiró aliviado al comprobar que no había roto nada. Mientras se dirigía al ascensor dudó si posponer su idea y dejarlo todo con el minuto de silencio. Las elecciones estaban próximas y quizás la propuesta podría ser un gancho electoral de primera. Y se habrían disculpado, u olvidado tal vez, las circunstancias de la muerte. Porque, al fin y al cabo, el tipo era un contestatario y se había suicidado.

La imagen que ilustra la entrada se tomó de cachunbanbe.wordpress.com/2012/02