SEÑOR ZOIDO, EN ESPAÑA SÍ HAY GUETOS

Señor ex Alcalde de mi ciudad:

El sábado pasado le escuché decir que en España no había guetos. Me dejó estupefacto, tengo que reconocerlo. ¿Cómo pudo decir eso? Nada más que en la ciudad que usted gobernó, la que le mando a Paseo…del Prado cuatro años después, tras haber dilapidado la mayoría absoluta más grande de la reciente historia de la ciudad.

¿Cómo llamaría usted a la periferia sevillana? Me refiero a ella, porque imagino que es la que mejor podría conocer. Mejor dicho, la que le sonará. Una periferia que no es exclusiva de la ciudad de la gracia―maldita gracia esta, por cierto―, pero que usted debería haber conocido.

Pondré ejemplos únicamente de la ciudad ex-gobernada por usted, a ver si recuerda algo:

¿Por qué no le llama gueto a Los Pajaritos, el barrio más pobre de todo ese país al que ustedes llaman España y que parece no existir más allá de la M-40? Los Pajaritos es una jaula inmensa de indigencia, de marginalidad, aislada entre grandes avenidas para que la gente con poca memoria como usted se olvide pronto.

/ ©GARCIA CORDERO

¿Por qué no llama gueto a las Tres Mil Viviendas, ese barrio al que usted le ha negado una Comisaría de Policía―vergüenza le debía de dar como ex Alcalde― como vía de entrada de las instituciones, algo esencial para normalizar un barrio? Esas Tres Mil a las que niegan el soterramiento de las vías del tren y les dificultan la entrada al nuevo parque que se ha hecho alrededor.

¿Por qué no llama gueto al Vacie, a ciertas calles del Polígono Norte, a tantos lugares de la ciudad que usted tan mal gobernó, a la vista de lo que opinaron los votantes, y a tantos y tantos barrios de tantos y tatos lugares?

España es un país muy retrasado, señor Zoido, y por eso, lo que pasa en muchos lugares de Europa se está cociendo a fuego lento ―cocina mediterránea le llaman― en la periferia de nuestras ciudades, se reproducirá con una generación de retraso en este país. Y el combustible no lo pondrá la religión. La religión arde, claro que arde, cualquiera puede llegar a ser muy inflamable. Es la desigualdad la que todo lo provoca, esa desigualdad que produce las políticas de su partido, esas políticas económicas liberales basada en el crecimiento a costa de otros, en la producción a costa de todo, en la contaminación del planeta; o esas esas políticas de trabajo que dirige otra andaluza como usted, que obliga a elegir entre esclavitud o huida (lo mismo que pasa en los países del sur). Es la economía, …. Eso.

Mucho me temo que si los suyos, los de su partido y los satélites, no se enteran a tiempo, que la siguiente generación, que hablará andaluz como usted, quizás mejor que usted, o cualquier otro acento hispano tan bien como nosotros, sea la que nos ponga un petardo en el culo. Y todos tendremos nuestra parte de responsabilidad. Ustedes porque ejecutan (esas políticas), y nosotros, porque les votamos.

España posee todos los ingredientes necesarios para fabricar esa bomba atómica que produce la desigualdad. Y esto no se resuelve mandando pobres a las escuelitas, como usted insinuó en su intervención, sino mandando a la escuelita a ustedes. Pero me temo que antes de que ocurra eso, Kim Jong-un se hace pastelero.

 

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ALEGRÍA EN EL TEATRO ENCANTADO

Queremos una piscina para las Tres Mil, y también parques infantiles. Y una piscina, y un cine, y que barran todos los días, y que…

El martes 27 de junio tuve la oportunidad de asistir al estreno de la obra teatral “El colegio encantado”, protagonizado por niñas y niños de las Tres Mil Viviendas, segundo barrio más pobre de España según estadísticas recientes, y sin duda líder a la hora de prejuicios y estigmas, esos tatuajes sociales con los que etiquetamos a quienes no tenemos el gusto de conocer.

Los alumnos de teatro de la Fundación Alalá incluidos en el taller “Pequeños Autores”, fueron los protagonistas de una obra que atrapó a un público entusiasmado. La Fundación Alalá, alegría en lengua caló, defiende la integración social a través del arte y la cultura y la alegría, y bien que puede presumir de hacerlo.

La pieza teatral, una reflexión sobre los valores personales que deben ilustrar al artista, y por ende, a cualquier ser humano, nos ofreció a los espectadores el arte de esos jóvenes como actores y actrices, músicos e intérpretes, con el flamenco y el rap y su fusión, como elementos predominantes en los cantes.

Tenía mucho interés en asistir, cambié mi turno de trabajo por estar, y más después de la invitación que me hizo la madre de una de las artistas, María del Carmen Fernández Pisa, una auténtica heroína de la vida, a quien admiro mucho y desde hace mucho tiempo por sus tremendos valores personales. Llevo más de once años de voluntario en el barrio y sé que aquella es tierra de heroínas, mucho más que de heroína, como algunos malpensados puedan sospechar.

Contemplando el espectáculo, viendo a esos jóvenes actuar, la cabeza me comenzó a dar vueltas, y reflexioné sobre la marginalidad. Probablemente no haya situación más injusta hacia los tuyos, hacia tus propios convecinos, que expulsarlos de sus barrios tradicionales para confinarlos en guetos, creados expresamente para que no molesten, como se hizo a partir de 1960 con los habitantes de Triana, San Bernardo y otras zonas de la ciudad. Ese aislamiento, esa cirugía inhumana con la que se intervino sobre la ciudad de Sevilla, y sobre muchas otras, todo hay que decirlo, trajo muchos, por no decir todos, los males que hoy continúan asolando las periferias.

Sin embargo, esta dolorosa e injusta ignorancia hacia el pueblo más humilde, allí donde se crea y se concibe el arte y la cultura de un pueblo, ha traído, entre el dolor y la injusticia, nuevas formas emergentes de arte, creaciones originales y novedosas formas culturales que esa forma de ignorancia pedante que es la cultura establecida, ignora. Y hoy, entre el desprecio de la ciudad de la caspa, ajena a toda consideración hacia las personas que conforman el cinturón de la urbe, surgen formas de expresión que sin duda conformarán el futuro, como en su día lo fueron el mismo flamenco, el tango, el jazz, el blues o el rap, que nacieron entre el desdén y la indiferencia de los que se sentían el ombligo identitario de la metrópoli.

Qué injusto y qué doloroso es el camino de la creación. Qué rabia da contemplar la marginalidad y las tragedias de muchas personas, y aún más escuchar los prejuicios que vomitan quienes tengo muy cerca. Qué maravilla el arte que surge. Qué tragedia el precio que han pagado y deben pagar muchas personas para que el arte perviva.

Mi respeto, mi reverencia, a las buenas gentes de las Tres Mil, héroes que no solo merecen la piscina, el cine, los parques infantiles y que barran sus calles todos los días, porque son ellos y no nosotros los que soportan el mayor tesoro para la supervivencia de un pueblo: su cultura.

Sí, la cabeza me dio muchas vueltas. Y salí del teatro encantado, encantado.

Las fotos se han tomado de la página http://www.fundacion-alala.org 

¿LOS BARRIOS POBRES CREEN QUE SE VIVE MUY BIEN?

Introducción al acto que organizó Iniciativa Sevilal Abierta en la Fundación Cruzcampo de Sevilla el lunes 17 de abril de 2017

Buenas tardes, bienvenidos a este nuevo capítulo del ciclo SEVILLA A DEBATE, Causas y consecuencias del estancamiento de la ciudad, que organiza nuestra asociación INICIATIVA SEVILLA ABIERTA, y que lleva por título, a modo de pregunta:

¿Los barrios más pobres creen que en Sevilla se vive muy bien?

Para ilustrar este debate contamos con la presencia de Manuel Lara García y Lola García Blanco, a quienes en breve pasaré a presentarles. Antes de ello, y a modo de introducción, me atrevo a hacer una breve reflexión personal acerca de si la pobreza en Sevilla es causa o consecuencia del estancamiento de la ciudad, si es este un bucle del que es imposible salir y que nos lleva a perder la esperanza de que la ciudad tome un nuevo brío, para regocijo de quienes no están interesados en que ese nuevo brío exista.

Si cuando salgamos de aquí caminásemos hacia la izquierda, nos encontraremos de inmediato con una avenida que marca uno de los cinturones más importantes de marginalidad de esta ciudad, un cinturón que la recorre desde oriente hasta el sur y que no es el único, porque qué decir de ese asentamiento chabolista de la zona norte, que nunca se vacía, que al igual que el Palacio Real del Alcázar, es el más antiguo de Europa.

El enclave en el que estamos se encuentra en una de las zonas de transición hacia nuestras propias vergüenzas, unas vergüenzas que ignoramos a pesar de que quienes viven allí, se crean o no que vivan muy bien en sus barrios, vengan o no a hacer carreritas en la Madrugá, son víctimas del modelo productivo de esta ciudad, tan falto de iniciativa empresarial a lo largo de la historia como rebosante de especulación en muchas ocasiones.

Hace unos días, a mitad de la Semana santa, quizás para que no se notara mucho, apareció en los medios un comunicado de Unicef que informa que España es el tercer país con mayores índices de pobreza infantil de la Unión Europea, tras Grecia y Rumanía; es el segundo, detrás de Letonia, en desigualdad económica, un país el nuestro en el que un informe de Intermón Oxfam afirma que 20 personas tienen tanto dinero como el 30% de la población. En el caso de Andalucía, tenemos además un 43,2% de riesgo de exclusión, muy superior a la media nacional, que es del 28,6% según la Universidad Loyola. Y qué decir de Sevilla, que alberga, a decir del Instituto Nacional de Estadística, a cinco de los diez barrios con menor renta per cápita de España.

La génesis de los barrios más pobres se explica por la migración rural a la ciudad ante la falta de oportunidades que el campo ofrecía a sus pobladores, allá por los años 60-70 del siglo pasado, y de los procesos de gentrificación de la segunda mitad del siglo pasado, por los que se expulsa a los habitantes tradicionales de arrabales como Triana, en los años 60 o San Bernardo en los 80-90, o los actuales, en la zona de Alameda de Hércules o en San Luis, en donde se sigue arrojando a sus vecinos históricos hacia la marginalidad, una marginalidad de la que no queremos saber o de la que no nos sentimos responsables aunque la generemos, y en la que, fruto de esa ignorancia, se instala y organiza la delincuencia, que victimiza por segunda vez a quienes no encuentran otro lugar en el que vivir, provocando la generación de una economía de subsistencia, sumergida y muchas veces relacionada con la delincuencia.

Por ello resulta indignante que oportunidades de normalización para estos barrios, como la construcción de una Comisaría de Policía en el Polígono Sur, que significa la entrada de las instituciones en el barrio y un paso importantísimo hacia su normalización, sean tiradas por la borda por la falta de sensibilidad de un Ministro, Juan Ignacio Zoido, que sí va a misa según vimos en una portada de prensa, pero que fue Alcalde de esta ciudad y concejal hasta hace bien poco. Y es que en Sevilla parece que somos muy dados a mantener muros que serían la envidia de Donald Trump, para poder lavar nuestras conciencias arrojando caritativas monedas desde el otro lado.

Índices de paro del 70% en estos barrios, de abstención en las elecciones de otro tanto, en un porcentaje sonrojantemente alto de nuestra población, nos deben hacer reflexionar sobre quiénes somos causa de esta pobreza y quiénes sufren sus consecuencias. Eso, o continuar encerrados detrás de esos muros ilusorios que marcan los límites de la ciudad de la gracia.

TRES MIL VIAJES AL SUR. ANABEL CARIDE

ANABEL Y YOCuando Tres mil viajes al sur se abría camino a través de las teclas de mi ordenador, y la estructura en cuatro historias adquiría forma, de pronto me sorprendí un día elucubrando acerca de la cita literaria con la que iniciaría el libro. A veces me pasa eso, que cuando aún no he terminado algo ya pienso en el paso siguiente. Para quienes no me conocen mucho, aunque estén cerca de mis trabajos, esto les lleva a pensar que hago muchas cosas a la vez y no las termino, que me enredo. Pero quienes están al corriente de mi trayectoria personal, saben que tiene que ver con mi forma de ser y que lo que empiezo, sea un maratón, una investigación o una novela, lo termino, aunque tarde siete años en hacerlo, como me sucedió con El guacamayo rojo. Los Tauro somos así.

Ahí se quedó el pensamiento, pero una vez que llegue al final de Tres mil viajes al sur, aun cuando sólo era por aquel entonces una obra apenas hilvanada, lo que me dio tiempo a presentar al Premio Ateneo de Sevilla de novela, volví a pensar sobre ello y se me encendió la bombilla de la mejor manera posible: hablar con Anabel Caride, una poeta que me encanta y que había vivido muchos años en el barrio de La Oliva, uno de los que conforman las Tres mil viviendas sevillanas, el término de la ciudad en el que brotan las historias.

Qué bonito sería―pensé―que una poeta del barrio estuviera en el libro.

Hablé con Anabel y le pedí si me podía hacer el poema de entrada de Tres mil viajes al sur. Me parecía precioso que la novela comenzase con los versos de una escritora del barrio, aunque ya no viviera allí. Y me dijo que sí, que le hacía mucha ilusión. Luego, la conversación continuó más o menos por estos derroteros:

― Anabel, había pensado que al ser  un libro basado en historias de mujeres, podrías ayudarme a buscar a diferentes escritoras y que cada una me hiciera uno para cada uno de los relatos. Aunque en realidad me encantaría que tú me hicieras todos, pero imagino lo difícil que tiene que hacer tantos, así que a ver si puedes ayudarme a encontrar a las personas idóneas.

― Yo te los hago todos. Mándame el libro.

Eso fue lo que ella me contestó y eso fue lo que yo también hice, enviárselo. Feliz.

Pasó el tiempo y, antes de que se fallase el Premio Ateneo, Anabel me envió……siete poemas a elegir: dos para la entrada y uno para cada historia, salvo para la de Blessing, para la que me envió dos. Abrumado, después de leerlos y releerlos, de pedir ayuda porque me gustaban todos, “me apropié” de seis de los siete, utilizando los dos de entrada, uno para la misma y otro como colofón, y cuatro para los diferentes relatos. Sólo tuve que dejar, y con todo el dolor de mi corazón, uno de los de Blessing, porque no se me ocurrió una buena excusa como para que esa historia llevase dos. Todos los poemas han salido publicados en el fantástico poemario de Anabel titulado Lloverá sobre tu nombre, editado por Anantes a finales de 2015, y que me hizo el honor de prologar. No ha habido forma mejor de redondear una obra como Tres mil viajes al sur como ésta, gracias a la inmensa generosidad de Anabel Caride.

Todos los escritores deseamos tener éxito con nuestras obras. Que tengan buena crítica, que se vendan y podamos ganarnos la vida con nuestra creación literaria, que nos hagan crecer. Imaginen cómo me encuentro yo a menos de una semana de que se presente Tres mil viajes al sur. Es muy difícil conseguir el reconocimiento que todos queremos, pero hay otros aspectos que son tan importantes o más que éste, como es el de encontrar en tu camino a personas espléndidas, con la calidad humana y literaria de Anabel Caride. Podrán suceder muchas cosas en mi corta o larga trayectoria literaria, exitosa o fracasada, pero conocer a gente de la talla de Anabel dará por bueno todo lo que venga.

Sirvan estas palabras para agradecer a Anabel que Tres mil viajes al sur sea mejor libro gracias a sus poemas. Que en el mundo haya personas como ella son la prueba de que no podemos perder la esperanza. Gracias.

TRES MIL VIAJES AL SUR. CARIDAD O JUSTICIA

Poligono surTres mil viajes al sur surge de mi actividad como voluntario en el Polígono Sur de Sevilla, las estigmatizadas Tres mil viviendas. Comencé a ejercer de voluntario a principios de 2006, después de que poco antes de la Navidad diese una charla sobre hipertensión arterial a mujeres del barrio, invitado por mi amiga Julia del Valle. Cuando conocí las instalaciones de la Parroquia Jesús Obrero, encontré muchas similitudes a la Clínica de Philips, un centro de cooperación y docencia que la Universidad estadounidense de Minnesota mantenía en una iglesia episcopaliana que había visitado meses atrás durante una estancia de investigación. Mi pretensión fue repetir aquella grandiosa experiencia, en la que profesores y estudiantes de Medicina, Farmacia, Enfermería y Fisioterapia compartían práctica asistencial tutelada, dirigida a emigrantes ilegales que residían en la ciudad de Minneapolis. Monté una consulta allí a principios de 2006 y allí sigo, a pesar de que la idea de repetir la experiencia fracasó, porque los profesores de la Universidad de Sevilla, y la forma de enseñar una profesión no son, desgraciadamente, iguales.

Una de las primeras personas a las que conocí fue a un antiguo trabajador de una empresa de cerámica de Triana. Padecía de un enfisema pulmonar del que murió poco tiempo después. Apenas pude verlo un par de veces y ni recuerdo su nombre. Lo que sí que no se me olvida era su historia. Carecía de medios para pagar sus tratamientos porque no tenía pensión. Nunca estuvo asegurado, lo supo cuando ya su enfermedad le imposibilitó para trabajar. Durante décadas su tarea se desarrolló dentro de un pozo de fango muchas horas al día. Antes de sumergirse encendía un cigarro, y con la colilla encendía el siguiente, ya que no podía echarse nada en los bolsillos. Aquel obrero que vivió muchos años en un corral de vecinos trianero, que fue desalojado de su casa para trasladarse al sur fue de los primeros que conocí y que me removió las entrañas. Después, he ido conociendo la vida de muchas personas más, como aquella mujer que pedía en las puertas de una iglesia, y  que perdió la custodia de sus hijas de un día para otro y cada día rezaba a su Vaticano, las estampitas de santos que le regalaban las feligresas, para volverlas a ver.

Cuando me preguntan acerca de lo que hago allí muchos me alaban. Cuando les hablo de las causas de la exclusión la mayoría no me contesta, se limitan a escucharme. Y si continúo y trato de hacerles ver el aislamiento que sufren, la necesidad de soterrar el tren y derribar los muros que los encajonan, ya el tema es otro, aparece el escepticismo, el miedo; el estigma.

En esta ciudad gusta mucho hacer caridad, donar ropa que se pasa de moda, hacer un festival para recoger donativos, o, para los más aventureros, realizar safaris solidarios adentrándose en barrios humildes. Hacer cositas y no modificar la realidad, para continuar sintiéndonos bien por lo buenas personas que somos. Cada día que pasa pienso si yo también soy parte del problema, si lo que hago lleva a que algún día pueda haber algún cambio real. Mientras tanto, lo único que puedo hablar es de lo agradecido que me siento por haber conocido a muchas personas que viven más allá de las fronteras del miedo.

Foto tomada de @miPoligonoSur