CATALUÑA EN EL CORAZÓN

Ayer por la noche saqué a mi perro de paseo tras llegar a casa, como tantas otras noches. La terraza del bar de abajo estaba bastante ocurrida. En una de las mesas se tomaba una cerveza una señora a la que conozco, más de vista que de otra cosa, desde hace años. La saludé mientras pasaba a su lado, y al momento se volvió de la mesa para gritarme: “Te he visto en las setas hace un rato. ¿Qué hacías allí vociferando?” También yo me giré y me acerqué, por no gritar, y le respondí: “Haciendo lo que hay que hacer”.

Había participado en la concentración organizada en solidaridad con el pueblo de Cataluña. Voy a pocas manifestaciones. Muchas veces no puedo asistir por mis horarios, pero debo reconocer que nací burgués, y aunque me he estropeado bastante, como diría mi tía Carmen, no lo suficiente, como para que me gusten las manifestaciones, así que entre las excusas que tengo y las muchas que me pongo, no suelo asistir a casi ninguna, y mucho menos, a vociferar o a gritar consignas. Prefiero estar, hacer bulto y ya está, y en el momento que puedo lo escurro.

Pero lo de ayer me espantó, así que en cuanto dejé a mi madre en su casa, me acerqué a las setas. Tarde, lo cual pueden entender que agradezca, pero fui. Necesitaba mostrar de alguna forma mi solidaridad ante una actuación tan desproporcionada, tan poco inteligente, tan hecha desde las tripas que algunos creían que habían curado.

Tengo muchos amigos y amigas en Cataluña. Unos están asustados, otros indignados y cabreados por lo que está pasando. Opinan de formas muy diferentes y los quiero igual. Mis amigos son gente que ha sido generosa conmigo, acogedora, afectuosa. No creo que los catalanes sean ni mejores ni peores que cualquier pueblo del mundo, pero a mis amigos los quiero, me han dado muchísimo amor, y me preocupan. Y por eso me espanta todo lo que ha pasado.

Me espanta porque es un auténtico fracaso que el deseo mayoritario de resolver de una vez si quieren formar parte o no del estado español tenga que resolverse con obstrucción y violencia. Sí, lo siento, creo firmemente que diga lo que diga una Constitución, los pueblos que conforman un estado deben tener siempre el derecho a formar parte o no del mismo, al igual que puedo romper mi matrimonio y debo poder hacerlo de manera pacífica, si éste no funciona, por mucho amor que haya habido, por muchos hijos en común que hayamos tenido, por muy triste y mucha sensación de fracaso que podamos tener.

Pero el espanto aumenta cuando se constata qué poco ha aprendido la derecha española y cuánto ha habido de represión contenida en sus actos. Y siento mucha vergüenza de que el anterior alcalde de mi ciudad haya sido el responsable de todo esto.

Y espanta lo que viene. El ejercicio de la violencia, uso de la fuerza de manera innecesaria y por parte de los únicos que la podían ejercer, es la demostración de la falta de razón. No se puede utilizar contra personas desarmadas que lo único que deseaban era votar, por muy ridícula y mucho desprecio que produzca lo que se vota.

Tengo amigos a ambos lados, y están a ambos lados porque durante estos años se ha querido conscientemente separar. Esto se ha ido de las manos. Nunca quise que Cataluña se separase de España, pero siempre he respetado a que sean ellos quienes lo decidan. Viendo el coraje cívico mostrado, hoy más que nunca lamentaría esa pérdida. Pero este gobierno torpe y peligroso, pretendiendo recuperar la mayoría absoluta a costa de los catalanes, va a ser el responsable de romper España. Porque la España que ellos representan ya no se sostiene ni identifica a una gran parte de la población no catalana, y antes de que sea demasiado tarde, tendremos que rehacer una nueva España, con otras reglas y otras formas de convivencia, y me temo, que sin Cataluña.

Han pasado 24 horas y todo parece ir a peor. Puede haber razones de todo tipo para defender cualquier posición, para elucubrar sobre cualquier antecedente, pero la violencia ha marcado un antes y un después en todo esto, quizás irreversible.

Amigos catalanes, ya no me siento con ningún derecho a deciros que no os vayáis. Dejadme al menos deciros que os quiero y os admiro.

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TREINTA AÑOS

MANUELMACHUCAFERNANDEZ

Ayer hizo treinta años que falleció, y el martes próximo cumpliría noventa, una edad difícil de cumplir para cualquiera, y seguro que aún más para él, que no llegó siquiera a alcanzar los sesenta. Me daba mucha pereza retomar el blog. Sin embargo, un día como la de hoy, a caballo entre estas dos efemérides familiares, me ha empujado a hacerlo. Y más, cuando su esposa, mi madre, que tan bien recordaba las fechas importantes, se ha adentrado en la niebla de la que ya nadie regresa y nunca más evocará acontecimiento alguno. Treinta años hace que murió, aunque huérfanos nos dejó mucho antes.

No recuerdo haber tenido referencia paterna. Sin duda, esta circunstancia ha marcado mi vida, una vida en constante búsqueda, llegando a veces demasiado tarde, otras, demasiado pronto, a los destinos marcados por la única herramienta de la que he dispuesto, esa tan poco fiable a la que llamamos intuición.

Tampoco he sabido lo que es la autoridad, más allá de las regañinas estresadas de una madre que no podía llevar todo adelante. Quizás por ello haya desarrollado mi capacidad de escucha, mi gran afición a juntarme con cualquiera que me pueda dar luz, así como mi absoluta incapacidad a plegarme a nadie que me gobierne, ni tampoco lo contrario, pues he huido siempre, tan rápido como he podido, de dirigir a otros. Una independencia rayana en la anarquía. You are a maverick, un disidente, un inconformista, dijo una vez de mí un profesor en Estados Unidos. Y sí que lo he sido, a pesar de que los años aporten serenidad y distancia.

Fue una persona afable, que me legó muchas interrogantes. Sin embargo, creo que gracias a él también, creí en la bondad de las personas, al menos como punto de partida, y eso tiene un valor incalculable, por lo que le estaré agradecido mientras viva. Reconocer que debajo de las muchas capas y pieles que tenemos la mayoría de las personas, pueda existir la magnanimidad, da mucha paz, aunque luego sea la libertad y las formas de interpretar la vida las que nos den la capacidad de utilizarla o no. Aquellos que viven en la permanente sospecha hacia los demás, a título individual o colectivo, con esa visión profundamente negativa del ser humano y de sus instituciones, sólo me producen compasión.

Treinta años, quizás cuarenta desde que todo empezó, dan para mucho, para pasar por todas las actitudes posibles, para estar a punto de caer en casi todo, para ver cómo otros caen también. Y treinta años después, con lo único que me quedo es con sus ojos de bondad, con el camino recorrido y por recorrer para tratar de entender, pero desde esa paz que me dan,  y que siento por primera vez en todo este tiempo. Que no me abandone.

Sevilla, 18 de junio de 2017

Reseña de la novela ‘Tres mil viajes al sur’ (Manuel Machuca), escrita por Reyes García-Doncel

+LECTORES

Con esta novela, Machuca fue finalista del Premio Ateneo de novela de Sevilla 2015

cubierta_tresmilviajesalsur Cubierta de ‘Tres mil viajes al sur’ (Editorial Anantes, 2016)

La tercera novela de Manuel Machuca, ‘Tres mil viajes al sur‘, narra las vivencias de cuatro mujeres en un barrio marginal de una gran ciudad. El autor nos pasea por sus desventuras, esperanzas, sueños y desgracias, los personajes se entrelazan en los diferentes relatos y las historias se muestran como un prisma de puntos de vista, se hacen redondas. En ellas el lector padece su necesidad de escapar de ese barrio, de ese negro destino de paro, drogas, cárcel y miseria, ya sea por la ilusión de un nuevo trabajo, o por conseguir un instituto mejor para su nieto, o mediante la escapada final.

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HISTORIAS DE ALLÍ

2014-04-30 17.57.56En estos días he comenzado a entrevistar a mujeres de un barrio deprimido de mi ciudad. Llevo dándole vueltas a un asunto que ojalá fuese el eje central de una próxima novela. Voy dando como palos de ciego en busca de la historia, tratando de que alguna de ellas me dé las claves de lo que en realidad quiero contar.
El barrio es un lugar al que poca gente quiere entrar y del que muchos quieren salir. Aislado del mundo, en una especie de vacuola poco permeable, este suburbio de mi ciudad en el que el desempleo llega hasta a niveles del 70 %, no deja de sorprenderme.
Viven allí personas a las que alguna vez les dieron un pisito. Venían de corrales y casas de vecinos, de chabolas y toldos en descampados, que ocupaban terrenos de interés inmobiliario. Vivían en casa con pozos ciegos, con bombas de agua en los patios. Hijas de lateros, de afiladores, de gitanos encarcelados, lavaban de niñas la ropa en casa de un policía, trabajaban de internas en casas bien de la ciudad.
Una de ellas me dijo que no sabía dónde vino al mundo:

Yo no nací en ningún sitio,
porque los gitanos siempre íbamos de un lado para otro.

Otra era hija de un gitano de familia con dinerito y una paya, pero que se quedaron sin nada por el dichoso casamiento. También había a quien le crió su abuela porque sus padres estaban presos por la política. Por la política de unos civiles que no podían ver a los gitanos y tenían el régimen y la excusa perfecta para ponerlos entre rejas.
Hoy sus hijos son electricistas, albañiles, camareros. Muchos están parados y han vuelto a las casas de sus padres y sus abuelos, a los pisitos que les dio Franco allá por los años 70 del siglo pasado, los socialistas veinte años más tarde, para que abandonasen sus barrios de origen y otros se enriqueciesen haciendo pasar la piqueta por aquellas casas viejas y erigiendo altares de ocho o más plantas al Dios especulación, el único Dios en el que esos otros creen.
Aquellos niños que hoy son adultos sin trabajo jugaban en descampados junto a las tapias del cementerio. Alguno se trajo a su casa la dentadura, o el brazo de alguno de los muertos cuyo nicho había caducado, cuyos restos eran arrojados por los sepultureros al otro lado de las cercas del camposanto.
A muchas de ellas sus maridos no les dieron buena vida. Como aquel que bebía y se iba de putas cada vez que le daba la gana, u otro al que su mujer le tiró la freidora con aceite caliente para evitar que le pegara.
A pesar de todo, la mayoría coincide en que lo mejor del barrio son sus vecinos. Contrariamente a lo que los de fuera pensamos, se llevan muy bien con sus vecinos, con los de su plazoleta.
La plazoleta ha sustituido al corral antiguo. Se sientan a charlas en los portales y conservan tradiciones de cuando vivían en los corrales de Triana o San Bernardo, como celebrar las cruces de Mayo, aunque quizás hayan sustituido la del Santísimo por Halloween. Aunque quizás los móviles hayan sustituido a otros juegos infantiles y ya no jueguen las niñas a la comba ni se les escuche cantar aquello de:

Viva la media naranja,
viva la naranja entera.
Vivan los guardias civiles
que van por la carretera…

Su aislamiento geográfico, al final de la ciudad, incomunicado por unas vías del tren que el Ayuntamiento socialista dejó como único lugar sin soterrar de toda la ciudad, hizo del barrio un lugar excepcional para cobijo de delincuentes, esos que tendrían que marcharse si algún día los de aquí dejásemos de cercar a los de allí. Porque parece que nunca vamos a permitir que deje de haber un aquí y un allí.
Quién quiere un cambio, a quién le preocupa. Por eso la única solución que algunos habitantes solo es esta:

Yo le pido a Dios que me toque la lotería,
para poder comprarme un pisito y volver a mi barrio.

Así escribimos la historia de esta ciudad del último siglo. Todos jugamos al trile. Los ricos, al trile de la especulación inmobiliaria; los pobres, al trile con los dados en la calle Sierpes si no vienen los guardias. Y los de en medio, acarajotados, continuamos mirando al cubilete que nos han presentado los que han dirigido con democracia o sin ella, que han hablado en nombre de muchos, pero que al final siempre han beneficiado a los mismos.
Por eso me quedo siempre con ellas, aunque la historia de exclusión les esté comenzando a robar lo que nunca creyeron que iban a perder: los recuerdos.