YO SÍ PUEDO

Cada mañana paso por este parque para comprar el pan. Son las siete y media, aún no ha amanecido. Es un paraje tranquilo, solo apto para hombres. Cuando alguna vez me he cruzado con alguna mujer, noto su prisa. Paso acelerado, mirada al frente, cuando no un giro brusco en su itinerario.

Ellas no pueden pasar por aquí, pero yo sí. Yo soy el macho, el que puede mirar a donde le dé la gana, el que puede pasar por donde le plazca. Por ejemplo, por aquí a esta hora, antes incluso si me place.

Recuerdo a esa gente que acabamos de elegir para representarnos en el Parlamento de Andalucía, a los que amenazan con romper el pacto para desalojar a Susana Díaz de la presidencia. A ellos y a los que consienten mancharse con sus votos para conseguir el poder sin necesidad de vomitar, sin sufrir ni tan siquiera una leve náusea. Los chicos y chicas de Casado y Rivera. A ellos y a los cuatrocientos mil andaluces, y andaluzas, que les han votado.

Hay que derogar la legislación contra la violencia de género en Andalucía para que ellas sigan sin poder pasar por aquí y yo camine a mis anchas. Al parecer los hombres estamos perseguidos. Igual que la religión católica, los toros, o la caza. ¿También las procesiones?

Aguardo expectante el desenlace de esta comedia trágica de protagonistas tan siniestros. Se me levanta el estómago imaginando la escena final. No os levantéis, andaluces; seguid acostados, en la siesta interminable de vuestra dejadez. Cambiar al señorito del cortijo os va a costar caro.