DIARIO DE A BORDO. COMENZAMOS

Regreso de Zaragoza de mis clases en la Universidad San Jorge. Prácticamente son las únicas que doy ya después de más de veinte años dedicándome a impartir docencia sobre una práctica asistencial con una capacidad impresionante de beneficiar a la salud pública, pero que ha tenido la desgracia de nacer en el seno de una profesión indolente y mercantilizada, dirigida además por auténticos miserables.

Ya en el tren de regreso, una de mis compañeras docentes me escribe un mensaje en el que una vez más, porque no es ni la primera ni la segunda vez, me dice que está muy bien que escriba novelas pero que tengo un don para la práctica con pacientes y para la docencia, y que tengo la obligación moral de desarrollar ese don. Si ello fuera posible, tal vez lo haría, pienso, pero para las prácticas nuevas no solo es necesario tener un don, sino que hay que ser capaz de acabar con los miserables, esos que tienen el liderazgo político, y también docente, de una práctica que prostituyen un día sí y otro también, con la fortaleza que da encontrarse inmersos en una profesión cobarde. Demasiado para alguien que va camino de los cincuenta y seis años y se siente muy feliz escribiendo, alejado de presiones de ningún tipo.

No obstante, durante el largo viaje de regreso en tren surge la idea de hacer un “Diario de a bordo” en mi blog, un espacio en el que verter las ideas y pensamientos que cada día surjan. Este ha sido el primero. Desconozco si habrá un segundo o un tercero, si llegará a ser diario, como es mi propósito, o no, ni de qué irán esas reflexiones. Pero como esa práctica asistencial de la que tantos miserables y miserablas pontifican, solo sabremos lo que dará de sí conforme pasen los días. Comenzamos.