PERIODISMO BASURA

Esta portada de ABC hace vomitar. Los titulares son la demostración del nacionalismo más asqueroso, el más despreciable que puede haber; el que dicen atacar, a pesar de ser ellos sus máximos adalides. Cuando un estado antepone sus intereses a los de los seres humanos, algo abyecto, siniestro, esconde.

Responder a los fenómenos migratorios del siglo XXI es extraordinariamente complejo. Nadie huye del lugar donde vive porque sí, nadie abandona su tierra por capricho. Detrás de los fenómenos migratorios está la pobreza, el cambio climático, y detrás de ellos la explotación desmedida de los recursos naturales de los países de origen, el insostenible modelo de progreso en el mundo basado en el crecimiento. Un crecimiento que ya solo produce basura y desigualdad.

Para que no vengan migrantes a nuestras costas tendremos que cambiar el modelo de progreso en los países ricos, dejando el del crecimiento ilimitado y la producción de basura para pasar a un modelo de redistribución de la riqueza. ¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Preferiremos seguir como estamos y que los que vengan, nuestros hijos, arreen?

Hace falta mucha generosidad para cambiar. El ABC y los que se sienten representados por estos titulares prefieren seccionar la verdad por donde les conviene y hacer un discurso a la medida de su egoísmo. El nacionalismo gana, la humanidad pierde. Todos perdemos, incluso el modelo de nación que este despreciable periódico pretende defender, que no es más que un basurero moral. Lo peor de la especie humana.

Perdonen, me ha dado una arcada.

RAFA NADAL

Hace una semana, Rafa Nadal conquistó su undécimo Roland Garros y todos lo celebramos. O casi todos, porque días antes no se le ocurrió otra cosa que opinar que, tras la destitución de Mariano Rajoy como presidente del gobierno, le hubiera gustado que se convocasen elecciones en vez de que se conformara un gobierno tan en minoría como el actual, lo que cabreó a más de uno hasta el punto de no alegrarse de su victoria. Y es que en este país cuesta reconocer el esfuerzo y el talento de personas que no piensan como uno.

La postura del tenista mallorquín fue criticada en no pocas columnas periodísticas, en las que se le recomendaba que se dedicara a jugar al tenis, que lo hace muy bien, y que no se metiera donde no lo llamaban. Imagino que porque para eso estaba quien suscribía el artículo.

Como no juego tan bien al tenis como Nadal, puedo permitirme opinar que a mí me ha agradado que Pedro Sánchez se haya decidido a gobernar, y que haya resuelto, por ejemplo, acoger el barco de refugiados, que se haya vuelto a la sanidad universal, incluyendo de nuevo a los inmigrantes irregulares. Me siento esperanzado con gestos así, que nos dan a entender que hay otra forma de hacer política, que es posible mirar a lo colectivo, al bien común y no al de unos pocos, los más listillos. Pero, claro, solo es una opinión, tan legítima como la del deportista, o como la del abajo firmante de cualquier columna de pago.

Me llama la atención que algunos de los que han criticado al tenista no le permitan que exprese sus opiniones políticas, como si fueran de su entera exclusividad, aunque me temo que ello se deba a que no estén de acuerdo con sus ideas.

No estoy de acuerdo con Rafa Nadal, pero me encanta que se moje y diga lo que piensa. Tanto como el escritor o periodista que firma una columna, con el que también puedo estar en desacuerdo y me lo tengo que tragar. Es más, lo que me gustaría es que algunos columnistas pusieran tanto empeño en sus artículos como Nadal en jugar al tenis. Quizás otro gallo nos cantaría.

 

Foto tomada de http://www.diezminutos.es 

ANCHOA, OTRA VEZ

Ayer doce de junio, el Ayuntamiento de Sevilla honró a sus mejores deportistas de la pasada temporada y otorgó el Premio Vida Dedicada al Deporte al gran Anchoa. Durante el acto, no me quedó claro si se le premiaba o se le entregaba a título póstumo. Tenía entendido que se había aprobado concederle el premio antes de su muerte, pero la vida no le dio para recibirlo en persona y tuvo que ser María Luisa, su esposa, qué categoría humana la suya, qué grandeza, la que lo recibió en su nombre de manos del Consejero de Turismo y Deporte de la Junta de Andalucía, don Francisco Javier Fernández Hernández.

Más allá de los detalles que reseño, al Consejero se le escapó en su discurso una frase que luego corrigió, en la que afirmaba que necesitábamos premiar a alguien como él, para luego decir que premiarlo era algo necesario, esencial. ¿Le traicionó el subconsciente?

GALA PREMIOS MARCA PICHICHI ZAMORA

En este país de Lopeteguis y Florentinos, de esquilmadores envueltos en banderas, es rancia costumbre la de homenajear a muertos a los que se ha puteado en vida, a gente brillante a los que se les hizo la vida imposible sencillamente porque ni el mediocre ni el miserable soportan bien la luz, cazadores de días grises y noches de luna nueva.

No quiero personalizar, Dios me libre, en el Consejero ninguna de esas características que entiendo que son del país, pero sí que creo que cuando alguien genial, admirable como Anchoa nos deja, caemos en la cuenta de lo que hemos perdido. Es cuando no nos queda más remedio que desmontar el manido discurso del mediocre, ese que dice que nadie es insustituible. Una gran mentira, claro está, hecha a la medida de esos depredadores de inteligencia.

Digo esto porque Anchoa no necesita ya nada, quienes necesitamos darle ese homenaje somos nosotros. Para salvar nuestras conciencias, para lavar nuestras culpas; en definitiva, para darnos la oportunidad de ser algo menos mezquinos.

Quienes le conocimos y le quisimos sabemos muy bien de su grandeza y también de lo mal que lo pasó en muchos momentos, y no me refiero a su enfermedad. No merece volver a ello, todo quedó atrás. Para él, evidentemente, y seguro que para su familia también, porque el corazón que tienen no hay pecho que lo acoja, pero no está de más recordar que antes de que su enfermedad le hiciera la vida imposible, otros se la habían hecho también, de forma diferente, pero no por ello menos dolorosa.

Reconocer que Anchoa ha sido una de las figuras destacadas de esta ciudad de estos últimos veinte años, alguien de talla mundial en lo suyo, es algo que necesitamos nosotros. Ni él ni su familia, nosotros. Y el verdadero premio que deberíamos darnos como sociedad sería no volver a esperar a premiar a personas como él cuando ya solo sean memoria. Lamentablemente, me temo que no será así, hay demasiados Lopeteguis y Florentinos y aspirantes a serlos. Así nos va.

MIALMA

Nací en China hace muchos años. Mis dueños, unos emplesalios madalines que se instalalon en Sevilla, pusielon un lestaulante. Chino, clalo, quillo. Fui feliz una jaltá de tiempo, pelo un día de lluvia un cholizo me lobó a mi dueña, pendiente de que no se le pasala el aloz.

Mi vida fue un calvalio. Me vendielon en un melcadillo pol na. Ayel hizo viento y me lompí. Pelo como mi dueña es muy flamenca, me va a conveltil en un abanico de felia, polque en felia llueve mucho. Así que a paltil de hoy me espela una nueva vida, mialma.

ÁSPERA SEDA DE LA MUERTE

ARGUMENTO: En la Sevilla oscura y tenebrosa de la época posterior a la Guerra de la Independencia, Flora de Letona, harta de los malos tratos y la violencia de su marido, el teniente ilimitado Juan Ballester, héroe en la contienda contra los franceses, inicia una demanda de divorcio que la lleva a convertirse en mujer depositada, al quedar confinada en uno de los beaterios de la ciudad mientras se resuelve el proceso.

Premio de novela Ciudad de Badajoz 2017.

De Paco Gallardo, una leyenda del baloncesto sevillano, un excelente médico, tendría dudas a la hora de opinar cuál es su faceta más destacada, no en vano es de esas escasas personas que todo lo que hace lo realiza de una forma extraordinaria. Basta leer lo que escribe en Facebook para reconocer que es un excelente escritor, un poeta en prosa, que no necesita dibujar más allá de unas líneas para emocionar, para desarmar con la palabra a quienes tenemos la suerte de leerle. ¿Qué es si no la buena literatura?

Áspera seda de la muerte, la novela con la que ha obtenido el Premio de novela Ciudad de Badajoz, es una obra extraordinaria, y voy a tratar de explicar por qué me lo ha parecido sin que tenga nada que ver el afecto y admiración que tengo hacia la persona que hay detrás del escritor. No en vano hay muchos otros y otras a los que aprecio, a los que tengo por amigos, y a pesar de ello no es de mi gusto lo que escriben.

Ambientada en la Sevilla de principios del siglo XIX, Áspera seda de la muerte parece en principio una novela que nos habla del papel de la mujer en la sociedad de la época, en la que el maltrato no era más que una consecuencia tan natural como desgraciada. Y por supuesto que lo es, como lo es también, y creo que es el argumento de fondo, el coste personal y social que padecen en este país, y en Sevilla de una manera muy especial, aquellos que apuestan por el progreso, que acaban enfrentados al poder establecido, tan poderoso como ignorante.

La novela es un retrato de la Sevilla de la época, aunque me atrevo a decir que esa foto sepia que realiza el autor podría realizarse hoy también en formato .jpg. Desgraciadamente, los tiempos de oscuridad no han pasado en Sevilla y lo peor es que no hay indicio alguno de que desaparezcan. Ya lo dijo el reciente hijo predilecto de la provincia Alfonso Guerra, aquí quien se mueve no sale en la foto, y esta frase podría aplicarse a tiempos anteriores al daguerrotipo. Una ciudad que permanece ensimismada, secuestrada por las familias que la tomaron en 1248 y que condena al inframundo a los librepensadores. En este sentido, es magnífico el correlato que realiza el escritor en el último capítulo, en su recorrido a través de pasadizos oscuros hacia la casa del inglés convertida en prisión de liberales. Como sevillano y como librepensador, no puedo negar la angustia y desazón que he sentido al leer esta novela, desgraciadamente tan actual a pesar de los doscientos años que nos distancian de la trama. Sevilla, España, es la patria de unos cuantos que se encargan de taponar el progreso.

Los personajes me han resultado redondos y extraordinarios, tanto los principales como los secundarios: el doctor Arribas, como encarnación del progreso; Juan Ballester, el teniente ilimitado, correlato del atraso y de la violencia que lo sustenta; Flora de Letona, la representación de la heroicidad que supone tratar de cambiar algo; y todos los secundarios, bien cerrados cada uno en su papel. Mención aparte se merecería la ciudad como personaje que lo envuelve todo, que lo explica todo. Paco Gallardo se convierte así en uno de los escritores que mejor han retratado la ciudad.

La ambientación de la época tiene tras de sí un trabajo arduo, una documentación paciente, un trabajo de hormiga, de un paciente ratón de biblioteca al que puedo imaginar dedicándole durante años el escaso tiempo que pueda disponer.

No quiero terminar sin destacar algo que me ha parecido esencial de la novela, como es su prosa, auténtica prosa poética a la que nos tiene acostumbrados a sus seguidores de Facebook, tan poderosa que no solo es capaz de irradiar belleza, sino que sostiene ella misma la trama de la novela. Si afirmo que es prosa poética la de Paco es porque estoy convencido de que es la palabra y no la acción la que soporta todo el proceso creativo. La forma de escribir no es solo cuidada, bella o escrupulosa, sino que mantiene el ritmo de la obra por sí sola, se basta y se sobra. Qué pocos escritores son capaces de hacer eso y qué bien lo hace. El ritmo, la intriga, la emoción las marcan las comas, las repeticiones de frases cuidadosamente elegidas, los saltos de escena, las idas, las venidas. Es aquí donde Áspera seda de la muerte deja de ser una buena novela y se hace extraordinaria, y solo deseo que tenga el éxito que sin duda merece.

 

ANCHOA

Son muy pocas las veces en la vida en las que nos preguntamos cosas importantes. Es triste, tan triste como verdadero. Si frecuentásemos bajar al pozo de nuestra alma al que aludía el escritor brasileño Jorge Amado en su libro “Los marineros”, nuestra existencia sería mucho más feliz o, si no lo fuera, nos daría la oportunidad de encontrar alguna solución. Llevo un tiempo descendiendo a mi pozo. De forma más consciente, desde diciembre de 2016 en el que comencé a escribir mi última novela, y puedo asegurar que ese descenso, diario, podría decirse, está siendo una aventura prodigiosa, porque me ha ayudado a hacerme preguntas importantes, que son las únicas que se encuentran alojadas allí, en el fondo. Arriba, muy arriba, están aquellas otras que se evaporarían en un instante, que nunca nos haríamos si no fuera por nuestra soberbia, por rencor o por intereses mezquinos; preguntas que por vacías, son incapaces de bajar al fondo, allá donde también se encuentran las respuestas que merecen la pena.

También allá en el fondo, nos topamos con las personas que han sido y son importantes en nuestra vida, porque en el fondo del pozo nadie ha muerto, vivos y muertos comparten una existencia común y plena.

Hoy ha muerto Anchoa. Su fallecimiento me ha pillado en el fondo del pozo, y me ha dado la oportunidad de hacerme una pregunta importante y, por supuesto, de encontrar la respuesta. Su muerte me ha dado la oportunidad de cuestionarme acerca de cómo me gustaría que me recordasen tras la mía. La respuesta que hallé fue, sin duda, con agradecimiento, porque así es como siempre recordaré al gran amigo que ya no está acá en la superficie, pero al que siempre podré encontrar en el fondo de mi pozo.

Mi vida, la parte de mi vida de la que me enorgullezco, la que no escondo, no se podría explicar sin esa mano amiga que, sin ser consciente probablemente de lo que hacía, me ayudó a salir de otro pozo, mucho más desagradable e infecto, puesto que no todos los pozos son iguales, e impidió que yo pudiera hundirme sin remedio. Pero eso no es importante ahora, eso solo es importante para mí, porque tengo la certeza, y así lo he comentado con algunas otras personas tan cercanas o más que yo a él, que ese agradecimiento que siento, lo compartimos muchas otras personas a las que nos impulsó a creer en nosotros mismos y a sacar lo mejor de lo que llevábamos dentro.

Podría contar tantas cosas, tantas anécdotas, tantas alegrías y también tantas lágrimas, que todo debe haber en una vida plena, que correría el riesgo de acabar cayendo en lo que, con mucha frecuencia y la mejor de las intenciones, suele ocurrir cuando alguien trata de poner palabras al dolor por la pérdida de un ser querido: acabar hablando de uno mismo y no del que ha dejado de existir. Y no lo voy a hacer, al menos no de manera consciente.

Quiero recordarlo como la persona que me ayudó a creer en mí, como la que me enseñó a ser padre con su hijo Ignacio, como el que contagiaba alegría y optimismo, aquel para el que un revés no era sino una oportunidad para continuar adelante, porque es hacia adelante la única dirección en la que se puede caminar. Con Anchoa abrí los ojos, conocí la generosidad del que poco y a la vez tanto, tenía. Y me divertí. Mucho, muchísimo. Tengo el orgullo de haber sido su amigo, pero me siento aún más orgulloso de saber que hemos sido, que somos, tantos los que podríamos decir lo mismo. ¿Habrá mayor riqueza?

Anchoa, no José Antonio Muñoz, acaba de dejarnos más desamparados. Digo Anchoa, porque ese tal José Antonio Muñoz, no existía, no vivía aquí, como respondió una vez, en anécdota gloriosa, la única que me permito hoy, doña Concha, su madre, a alguien que llamó a su casa preguntando por ese tal José Antonio Muñoz. Fue una persona que repartió alegría y estímulos para creer en sí mismo a todo el que tuvo cerca, allá donde fue. Unos, con más o menos suerte, de forma más o menos torpe, hemos tratado de pagárselo bien; otros, no, como pasa siempre y, como también se suele decir, ellos se lo han perdido y que con su pan se lo coman.

Nadie está muerto si vive en el recuerdo de las personas que lo quisieron y admiraron. Ojalá seamos capaces quienes lo conocimos y disfrutamos, de hacer de Anchoa un ser inmortal.

Sevilla, 4 de abril de 2018

ESTE PARTIDO… LO GANAMOS

El domingo por la noche, después de reírnos un rato a costa del atracón de merengues que se estaba dando el vecino, Jul y Gan, más un servidor, nos quedamos un rato de tertulia. No teníamos mucha prisa, porque lo único que teníamos que hacer al día siguiente es ir a sellar la tarjeta del paro, y la cita era a las doce.

Cambiamos de tema, no sin despedirnos de nuestro ilustre colindante dándole las buenas noches al son del Arrebato. […]

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