TRUCO O TRATO

Llego a la farmacia y me encuentro con este cartel de promoción por el que una cooperativa de distribución farmacéutica anuncia una oferta irrechazable para sus asociados, que podrán obtener medicamentos y diversos productos sanitarios con un descuento tan legal como atractivo. La cooperativa nos invita a atrevernos, a ser valientes… y comprar. Comprar para luego vender. O dispensar.

Hubo un tiempo en el que creí a pies juntillas que los farmacéuticos pretendían convertirse en profesionales de la salud, y que las cooperativas farmacéuticas, tan importantes para el gremio, ayudarían a que el cambio fuera posible.

Hubo un tiempo además que esta cooperativa que nos invita a atrevernos también se lo creyó, aunque la fe, cuando hay dinero de por medio, dura lo que un caramelo a la puerta de un colegio., se pierde en un santiamén.

Pues nada, amigos farmacéuticos, compren por Halloween. Una máscara típica de estos días representa como nada en lo que han convertido su profesión, una profesión sin vida, ni con uve ni con be. A unos les provocará risa, y a otros, miedo.

 Atrévanse, entierren su futuro a cambio de los caramelos que les ofrecen. ¿Truco o trato?

ZARAGOZA OTRA VEZ

Me parece que el viaje a Zaragoza durante el último fin de semana de octubre va a dar para mucho. Ahí van otros pensamientos que surgieron.

Tras las clases del viernes por la tarde nos fuimos a cenar como tantas veces. Fuimos los cuatro profesores encargados de impartir las clases de las sesiones más nuestra anfitriona maña, responsable de las prácticas del Máster. En un momento dado, observando a mis compañeras de mesa (uso el femenino como genérico por referirme a personas), caí en la cuenta de que era el mayor de ellos. Recordé entonces mis inicios, cuando yo era el más joven del grupo, aunque no con tanta diferencia como la que teníamos los que compartíamos ilusiones en aquellos momentos. Quizás ilusiones no fuera la palabra correcta para algunas, reitero mi genérico femenino, sino ambiciones.

No, no fue melancolía ni cualquier otro sentimiento triste lo que en aquel momento me produjo el recuerdo. El equipo de ahora es magnífico, infinitamente mejor que aquel. Yo soy, y perdonen si se percibe inmodestia, mucho mejor que entonces. Me siento muy orgulloso de estar donde quiero estar y haciendo lo que creo, sin haber perdido la senda a pesar de la exasperante lentitud con la que la surcamos.

Sin embargo, hoy, quizás influido por el inicio del mes más triste, me vienen a la memoria aquellos compañeros de viaje de hace veinte años, los vivos, en sentido físico y también semántico. Aquellos que hoy copan espacios de poder y de honor en una profesión que parece haber tirado la toalla como corporación, aunque permanezcan resistiendo gente de una valía inconmensurable; aquellos que tiraron la toalla antes de que sus dirigentes lo hicieran, y pasaron de soñar con una profesión centrada en las necesidades del paciente a vivir centrados en las cajas registradoras, las de sus tiendas disfrazadas de farmacias y las de sus negocios paralelos; y aquellos que lo que buscaban, y consiguieron, fue poder, aunque ese poder sea reinar entre las tapias de un cementerio.

No he podido evitar hoy un sentimiento de rabia y frustración al pensar en esa gente que tiene nombres y apellidos, y por eso lo he escrito. Porque el mero hecho de escribirlo libera. Y al liberarme, puedo continuar mi camino. Un camino lento rodeado de fragancias que día a día me sorprenden, tan diferente del olor a muerte de ese reino funerario que aquellos compañeros de viaje se sienten tan dichosos de gobernar.

ESCRIBO

Hay días tristes y melancólicos, como este lluvioso y otoñal en Sevilla con el que finaliza octubre que, sin embargo, traen alegrías inesperadas. Las palabras del amigo Eduardo Cruz Acillona sobre mi opera prima Aquel viernes de julio han iluminado este día gris.

Escribo para entender el mundo. Escribo para saber de mí. Escribo para perdonar, para aliviar y para pedir disculpas. Escribo para caminar, para seguir viviendo, para sentirme pequeño en un mundo inmenso. Escribo para ser. Y escribo para continuar escribiendo.

FE Y JUSTICIA

En la Parroquia Jesús Obrero del Polígono Sur sevillano hay una pancarta con el lema “No hay fe sin justicia”. Desconozco si existen otras similares en diferentes parroquias. No sé por qué, pero me temo que no. Ojalá me equivoque, pero me parece que en otros barrios es la fe la que importa y no la justicia.

No es posible la fe si no hay justicia. Y si la justicia es lo primero, ¿para qué sirve la fe? Para nada. Desconozco si existe un Dios. Además, es algo que no me preocupa nada, Porque si lo hubiera, sería el primero en detestar la fe. La fe no une, divide a las personas en función de sus creencias. La justicia, en cambio, no, y aspirar a ella es lo que nos convierte en verdaderos seres humanos.

EL FASCISMO REGRESA

Me puse del lado de los indios, y me derrotaron.

Me puse del lado de los negros, y me derrotaron.

Me puse del lado de los campesinos, y me derrotaron.

Pero nunca me puse del lado de los que vencieron.

¡¡Esa es mi victoria!!

Darcy Ribeiro. Mi victoria

Precioso poema que me envía mi amiga María Emilia, una derrotada victoriosa de la vida, una mujer a quien admiro tanto.

Bolsonaro ha ganado las elecciones en Brasil. Un país de 210 millones de personas multicultural y multirracial, con vergonzosos índices todavía de desigualdad y de pobreza, va a ser gobernado por un antiguo militar golpista y xenófobo, que se congratuló del sufrimiento y tortura de la antigua presidenta de Brasil. Los herederos de los fazendeiros han vencido y vienen dispuestos a continuar su tarea esclavizadora. El mundo puede echarse a temblar con un tipo como este. Cerca de 550 millones de habitantes de América, los que suman Brasil y Estados Unidos, gobernados por indeseables. Y no son los únicos gobernantes indeseables del continente: Macri, Maduro, Ortega…

En Europa tampoco vamos muy por detrás, con partidos fascistas y nazis que han rozado victorias electorales en países que fueron arrasados hace setenta años por los ancestros de quienes votan ahora, y han vencido en una de las cunas de la civilización. Basta una generación para olvidar la tortura de nuestros abuelos y de millones de personas. Tuvimos un Hitler, un Mussolini en Italia, un Franco en España, un Salazar en Portugal, pero nuevos candidatos vienen a sustituirlos. De lo que sean capaces de hacer, el tiempo nos lo dirá.

En España, donde aún no se ha hecho justicia a los represaliados de la Guerra Civil, también crecen, con nuevos partidos que se abren paso a españolazos y nutriendo las estructuras de los antiguos, y no tan antiguos, que tan importantes son para alimentar al monstruo, con la complicidad de esa prensa que domina y maneja los resortes de la información, tan temerosa de perder los restos malolientes de su descomposición.

El fascismo ha encontrado los resortes para no tener que imponer dictaduras para continuar mandando. Ya no hace falta realizar golpes de estado ni pronunciamientos militares. Ha bastado con aprovechar los resortes que ha ofrecido el paternalismo y la caridad de la socialdemocracia, que prefirió dar limosnas antes que crear el camino que lleva a la auténtica libertad, que no es la de voto, sino la de pensamiento.

El monstruo ha engordado y amenaza con reproducirse entre nosotros. Parece que está llegando el momento de darnos cuenta de que hemos dejado de estar en el bando de los buenos. Quizás es que nunca estuvimos. no, ¿María Emilia?

Ay, María Emilia, al menos nos queda

LO SOCIAL EN LA LITERATURA CONTEMPORÁNEA

El jueves 4 de octubre de 2018 participé en el Espacio Santa Clara en la mesa redonda Lo social en la literatura contemporánea junto a los escritores Kiko Amat, Pablo Gutiérrez e Isaac Rosa, moderados por Daniel Ruiz García. Estas son las cuestiones y reflexiones que planteé:

Dice Fernando Pessoa que las decadencias son fértiles en virilidad mental y las épocas de fuerza en debilidad del espíritu. Creo que dijo bien Pessoa. Durante los años de la presunta bonanza económica, la que al parecer hubo hasta 2008, se consideraba algo patógeno incluir algún tipo de resorte político en la ficción literaria. Era, por así decirlo, de mal gusto. Todo iba bien.

Sin embargo, en aquellos años felices de la economía trilera del boom inmobiliario, los muchachos de las Tres Mil Viviendas de Sevilla, y los de tantos otros barrios similares como los que aparecen en la novela Maleza de Daniel Ruiz García, abandonaban sus estudios para ganar el dinero fácil que el cemento y el ladrillo les ofrecía, haciendo saltar por los aires desde sus andamios los esfuerzos que hicieron durante décadas la comunidades educativas, un fracaso del que aún se resienten estos barrios, ahogados por los tradicionales problemas derivados de la exclusión social, que se han vuelto ahora más complejos al ser lugar de destino de migrantes de regiones en conflicto, esos turistas de cuarta división que aparecen por nuestras ciudades, que, sin embargo, no se alojan en los apartamentos que la nueva versión 2.0 de la economía trilera, la que mueve una mano invisible similar a la que propone Isaac Rosa, nos promete, sino en los pisos patera que ofertan los basureros urbanísticos del extrarradio.

Con la caída de Lehman Brothers en 2008, que retrata Pablo Gutiérrez de en Democracia, regresa la literatura política. Desahucios, paro, el 15-M del Cienfuegos de Kiko Amat, y nosotros a adelgazar nuestra economía porque no hay pan para tanto chorizo.

Parece que la literatura social, al resurgir en momentos de crisis, en lugar de cumplir una función de compromiso, atiende a un nicho de mercado literario. Quizás ahora decline de nuevo y haya que esperar para un nuevo rasgado de vestiduras literario a la caída de Ryanair o al desplome de los alquileres turísticos en los que invierten hasta empresas taurinas.

A partir de estas reflexiones me surgen cuestiones para debatir en torno a la literatura social:

¿La ideología sustituye a la calidad literaria? ¿Puede suplantarla? ¿Escribimos sobre lo que los lectores, o los nuestros en particular, quieren escuchar? En todos los géneros hay buena y mala literatura, pero quizás en lo social sea más difícil de digerir una posición política diferente y se tiendan a perdonar las deficiencias de los que consideramos nuestros.

¿Sobrevolamos las historias o las aterrizamos? ¿Contamos historias en las que lo social es un marco o excusa, o es el centro de lo que queremos hablar? A veces lo social es nada más que la ambientación elegida para una historia que se podría haber escrito en otro entorno. Otras, en cambio, aunque no lo parezcan, arrancan nuestras miserias como sociedad a partir de una historia aparentemente intrascendente. Como ejemplo reciente: Cara de pan, de Sara Mesa. Sigue leyendo

PEROGRULLO

Un estado es una organización creada por el ser humano para organizar a los individuos de su especie, a fin de conseguir juntos lo que no podrían conseguir por separado, es decir, orientada al bien común. Por tanto, el principal cometido del estado será fomentar el desarrollo de los individuos que lo conforman y, por tanto, defender, proteger y estimular también el de los más débiles.

Entre los más débiles están los enfermos y las víctimas de las estructuras sociales injustas, de ahí que la protección a los enfermos y la revisión crítica del modelo de sociedad para corregir sus defectos y reparar a sus víctimas deban ser tareas primordiales del estado. Ningún ser humano que no esté enfermo tiene por qué tener menos capacidades ni derechos que otro. El homenaje a las víctimas del pasado, su recuerdo, deberán permanecer siempre para no volver a repetir errores.

La estructura del estado conlleva unos órganos de gobierno que, para garantizar la revisión crítica de su desempeño, debe contrapesarse con otras estructuras representativas que vigilen su desempeño y un sistema para hacer justicia en el caso de confrontación que garantice también la seguridad de sus integrantes. Los órganos de gobierno se elegirán entre todos y se revisarán de forma periódica. Por tanto, todo poder debe ser elegido, ninguno se ostentará por otro derecho  que no sea el de libre elección. Para que los ciudadanos puedan ejercer su libertad han de acceder a un modelo educativo orientado a ello, que garantice su libertad de pensamiento y crítica.

Los estados pueden ser grandes o pequeños pero no de cualquier tamaño. La identidad cultural correspondería a la estructura mínima de un estado, en el que pueden caber otras identidades culturales siempre y cuando se vele siempre por la protección de los más débiles y por el desarrollo de las potencialidades de todos los individuos, sin privilegios para nadie. En cuanto un estado lo conformen diversas identidades culturales, estas deberían tener siempre el derecho a formar parte o no de un estado mayor si se consideran perjudicadas.

Nadie es menos que nadie si tiene las mismas oportunidades. Por tanto, si hay lugares más pobres que otros, o personas de alguna raza, etnia o identidad cultural con menor desarrollo, es porque algo se está haciendo mal. Tampoco el bienestar de un estado se puede alcanzar en detrimento de otros.

Si has leído hasta aquí y te descojonas, háztelo mirar. Siempre podrás irte a cortar lazos amarillos (o del color que te guste). Para empezar, podrías entretenerte en cortarle las uñas de los pies al ciudadano que duerme bajo ese cartón.

 

GRACIAS

Cada mañana me levanto, y después de una ducha con agua caliente, salgo a la calle. Voy a la panadería, en la que Enrique acaba de hacer el pan. Para él soy el de la talega de cuadros, con la que voy para evitar usar tanto plástico. Después me dirijo al quiosco de prensa, en el que Luisa ha dispuesto ya los periódicos del día. Soy un antiguo, lo sé, me encanta desayunar pasando las hojas, leyendo a algunos articulistas, evitando por salud mental a otros. Luisa ha estado de vacaciones apenas una semana, porque “la cosa está muy mala”, a pesar de que trabaja todos los días del resto del año sin descanso. La he echado mucho de menos. Antes podía elegir entre cinco puestos de prensa para comprar el periódico, pero hoy solo queda Luisa a menos de quince minutos de casa.

Son tiempos en los que los gurús de la economía nos bombardean con que el cliente es lo primero, satisfacer nuestras necesidades, hacernos vivir experiencias inolvidables con los productos que nos venden. A mí, en cambio, en especial cuando pienso en ellos, en los enriques y luisas que me rodean, solo me sale darles las gracias.

Gracias porque el agua llegue hasta mi casa; calentita, además. Gracias a los que madrugan todas las mañanas para para que yo tenga el pan caliente, mi periódico. Gracias a los que cada día se levantan para que tengamos una sociedad humana.

No somos nadie sin el otro. Esta sociedad necesita mucho progreso aún, porque hay quien no tiene agua, y mucho menos caliente, ni dinero para pan ni formación para tratar de interpretar la realidad y poder hacerla mejor y más vivible para todos. Es en el todos en el que nos falta pensar.

Pero, de momento, y a pesar de todo, lo que esta mañana sale de mis labios es la palabra gracias. A mucha, mucha gente. Porque por muy malos que sean algunos, nosotros, de momento, somos más.

EL ASCUA Y LA SARDINA

Marc Márquez aconseja usar casco. La farmacéutica, género mayoritario en la profesión, aconseja utilizar bien los medicamentos, pero ¿quién defiende a los que los toman?, ¿quién se moja por ellos, ¿quién lucha de forma independiente para garantizar un derecho tan simple y elemental, tan simple y elemental que no está escrito en ninguna legislación, de que los medicamentos sean efectivos y seguros en las personas que no tienen más remedio que usarlos?

Sí, hoy puede que mueran tres mil quinientas personas en la carretera, pero hace tiempo que se sabe que los muertos por medicamentos triplican, y hasta quintuplican los fallecidos por accidente de tráfico. Solo cuatro de cada diez alcanzan el efecto deseado. Las consecuencias que se derivan son esas: entre diez y quince mil muertos diarios, y estados que triplican sus gastos de prestaciones sociales y sanitarias a pesar del despilfarro en medicinas (y en medicina también). Resulta lastimoso saber que esos cuatro medicamentos podrían ser ocho, ocho de diez, que se podrían ahorrar muchas vidas humanas y también, patriota, mucho dinero, pero no se hace.

Sin embargo, esto parece que a nadie interesa. Unos, nuestros políticos patriotas agitadores de diferentes banderas y sus funcionarios miran para otro lado, en un ejercicio de patriotismo. Otros, los profesionales, en lugar de erigirse en servidores de la sociedad, se contentan con servir a su amo (ya quisieran tener la dignidad de los perros y otros animales de compañía), o con preguntar eso tan patriota de “qué hay de lo mío”. Capaces de matar antes de que alguien toque algo de su parcelita de poder, sus exclusividades, aunque las exclusividades maten más que sus actuaciones profesionales.

Muchos denuncian hoy los males de la sanidad, pero pocos miran al horizonte. Es más, casi nadie mira más allá de su propio ombligo, por muy alejado que lo tenga. Su ascua y su sardina. Como lo que importa es el qué hay de lo mío, el que abomina de los crímenes de la industria farmacéutica se queda en eso, el que se dedica a la Farmacovigilancia con sus tarjetas amarillas y sus rams, el médico con su medicina y el farmacéutico mirando para otro lado, contando sus billetes en su jaula dorada por fuera y llena de excrementos por dentro, como todas las jaulas. Vuestra patria es vuestro ombligo, lleno de mierda por dentro.

Siento vergüenza cuando veo que las escuelas de salud pública no hacen esfuerzo alguno por investigar esta situación. También, y mucha, de los agitadores de banderas por ser capaces de matar por sus patrias, pero jamás de dar la vida por sus compatriotas. Y cuando salen agitadores como Spiriman a la calle y lo veo juntándose con ciertos farmacéuticos, no dejo de pensar en lo que cuesta movilizar a las personas para acabar dejándose engañar como chinos, como el chino que dicen que fabrica los medicamentos de las subastas andaluzas y que ahora resulta, el escándalo del valsartán ha aclarado mucho, que es el que todo lo maneja y lo fabrica. Al final, nadie mira el problema sino lo suyo.

Tres mil quinientos muertos diarios en las carreteras, casi quince mil al salir de las farmacias. Y no se os cae la cara de vergüenza. Malditos seáis. Al final os darán jarabe de vuestra propia medicina y os reventarán los gusanos. Con vosotros sí que haremos caja. De pino.