FLECHA HACIA ADENTRO O FLECHA HACIA AFUERA

Imagen de Gerd Altmann, @geralt

Hace mucho tiempo escuché a una profesora de Derecho comentar en un ámbito privado que las personas éramos de dos tipos, las que teníamos la flecha hacia afuera y las que la orientábamos hacia afuera. Lo decía, por si alguien no lo ha interpretado aún, en el sentido de si nos colocábamos al servicio de los demás o lo que buscábamos era nuestro propio beneficio. Esto se puede extrapolar a colectivos como los profesionales y, sin duda, merece mi reflexión personal en torno al que pertenezco, el de los farmacéuticos, aunque estoy seguro de que, en esta sociedad de la segunda década del siglo XXI, con tanta flecha hacia adentro allá donde mires, podría y debería hacerse en otros sectores a los que soy ajeno y que, al menos en esta entrada, rehúso valorar. Siempre se ha dicho que cada cual apechugue con lo suyo aunque, en esto de las profesiones, quienes acaban padeciendo las consecuencias sean quienes no pertenecen al colectivo que sea.

Reflexiono respecto a mi colectivo en relación a todas esas múltiples y diversas actividades que conforman los que llaman “Farmacia de servicios”, un conjunto de actividades, asistenciales o no, que tratan de visibilizar a un farmacéutico diferente y renovado ante la sociedad que acompañan a la tradicional misión de dispensación de medicamentos.

Lamentablemente, esta Farmacia de Servicios da un rodeo, apenas roza y mucho menos se implica, en el abordaje real de los problemas que producen los medicamentos, un espacio de un interés enorme en el ámbito de la Salud Pública, con unas consecuencias nefastas sobre la ciudadanía que nos negamos, aun blandiendo la bandera, otros que blandimos banderas, de ser expertos en medicamentos y finalmente, como otros amigos de las banderas, mantenernos ciegos ante el sufrimiento de la sociedad.

Los profesionales que presumimos de ser expertos en medicamentos tenemos el deber ético de aliviar el sufrimiento que producen a la sociedad de la que forman parte. Y lo han de hacer, no de cualquier forma, sino de aquella que la ciencia propone como la mejor para aliviar el sufrimiento. Alejarse de esto, significa traicionar a la sociedad que les entregó su confianza y ser cómplices del daño que producen los medicamentos.

Pensando sobre esto he caído en la cuenta de por qué colegas con los que compartí camino un tiempo los siento cada vez más alejados del mío. Y pienso que es una cuestión de flechas. Y quiero pensar que la mía está orientada hacia afuera.

UNA PROFESIÓN TAMBIÉN ES SU REMUNERACIÓN

Cambiar una profesión es una tarea muy difícil. Esto vale para cualquiera, incluso si, en vez de referirnos a lo laboral, lo hacemos a colectivos, de un modo más general.

El caso de la profesión farmacéutica, en el ámbito comunitario, tiene una serie de connotaciones especiales. Este cambio parece arduo y dificultoso, porque tiene que ver con el modo en el que la sociedad nos reconoce y con el pasado del que venimos. No hay nada genético en ello, sino que puede explicarse por estas circunstancias.

La forma de recibir los honorarios profesionales es clave para el reconocimiento de una profesión. ¿Qué tipo de médicos tendríamos si, en lugar de que sus honorarios viniesen por la responsabilidad que contraen en su acto profesional, cobrasen por un margen comercial que prescribieran? ¿Y cuántos ladrillos tendría una casa si a los arquitectos se les pagase por ladrillo puesto?

No se puede exigir a los farmacéuticos lo que no harían otros, pero sí que habría que reivindicar que nuestros honorarios profesionales, no viniesen de un margen comercial de distribución de un bien básico para la salud, como es el medicamento. Si es que hay una apuesta real por que seamos profesionales de la salud, implicados de forma responsable, en disminuir la morbi- mortalidad asociada a medicamentos,

En estos momentos, se reconoce al farmacéutico vendiendo ─ así se cobran honorarios ─ y se penaliza una buena actuación profesional, como podría ser no hacerlo ─ porque no se pierden honorarios.

La labor profesional de los farmacéuticos se percibe desde la distancia y el prejuicio. Se equivocan de cabo a rabo políticos y otros colectivos profesionales, al señalar a las farmacias como algo ajeno al sistema de salud. ¿Se puede permitir de verdad que la herramienta más utilizada en el sistema sanitario esté fuera del sistema, en manos de unos profesionales que solo se ven incentivados si le dan a la caja registradora? ¿Se puede criticar eso con un mínimo de seriedad, si no hay otra propuesta, compatible con lo que necesita resolver la sociedad en materia de medicamentos, que es muchísimo?

En la España laica seguimos teniendo prejuicios hacia los que no son o no piensan como nosotros. Somos tan imbéciles que nos contentamos con criticar a los demás, nos inventamos enemigos imbatibles sin rostro a los que achacar los males de la humanidad, y no miramos si la respuesta necesaria a los cambios también está en nosotros que, por otra parte, es lo que suele pasar. Los farmacéuticos en este país, estamos a la altura de los curas o los controladores aéreos. Probablemente como colectivo, teniendo en cuenta lo que se visualiza, puede ser así, pero la pregunta que nos tenemos que hacer, hacia dentro y a los de fuera, es si queremos que esto sea otra cosa. Pero esta pregunta no vale solo para los farmacéuticos. Es más, es para los que menos importa. La realidad es si la sociedad ─ representada por sus representantes políticos, colectivos profesionales y sociedad civil ─ quiere otra cosa.

Mucho me temo que, cuando esta pregunta se hace, una contestación a la ligera y carente de reflexión profunda, señalada tanto por el desconocimiento de todos, el conservadurismo de los políticos y la endogamia corporativista de los profesionales, tenga como respuesta, ”no, esta gente no son más que tenderos de lujo”. Una respuesta muy hispánica, por lo visceral, poco reflexiva y superficial.

Porque el quid de la cuestión no es describir el farmacéutico que tenemos, sino el que queremos. Y para eso, hay que tener las ideas muy claras, la mirada hacia las necesidades de la sociedad y, por supuesto, el Boletín Oficial del Estado en la mano. ¡Ay, si a los patriotas se les llenara la boca con necesidades reales de sus conciudadanos en lugar de líneas geográficas! ¡Ay si a los que dicen defender a los farmacéuticos les llenara al corazón lo que la sociedad precisa de ellos, en lugar de maquillar las actuaciones de hoy para que nada cambie!

Los farmacéuticos hemos vivido años de gloria económica, en los que nuestros ingresos eran directamente proporcionales a nuestra desprofesionalización. Los sistemas públicos de salud que surgieron tras la segunda guerra mundial, junto a la eclosión de la industria farmacéutica y la ingente cantidad de medicamentos desarrollados, hicieron un binomio en el que a los farmacéuticos nos tocóla lotería. Nadamás que había que entregar cajas de colores, financiadas por el cliente papá- Estado, para definir nuestro acto profesional. Si esto no es el premio gordo, que venga Dios y lo diga.

Pero ahora la sociedad sufre la plaga de los problemas derivados de una farmacoterapia cada día más compleja. Los medicamentos constituyen una de las causas más importantes de mortalidad, muy superior a la de los accidentes de tráfico. Es una de las patologías que más daño producen, porque la falta de unos resultados complejos supone la utilización de recursos terapéuticos más caros y de recursos humanos que se pudieran haber evitado si se hubiera trabajado en la prevención de estos problemas.

Tienen muchos años los trabajos de Johnson y Bootman, que demostraban que por cada dólar invertido en medicamentos, había que gastar dos en resolver el daño que producían. Más recientes son las investigaciones de Alexandra Pérez y Schumock, que han puesto a la luz que, por cada dólar invertido en servicios de farmacia clínica, los ahorros pueden estar entre cuatro y diez dólares. Es muy probable que los resultados, en la carísima sanidad privada estadounidense, sean mucho más espectaculares que en una sanidad como la española, mucho más eficiente, por su énfasis en lo público ─ aquí nadie tiene que lucrarse en dinero, sino que el único objetivo es la salud del paciente ─, y porque todavía, tiene una enfoque importante en la atención primaria.

Pero aun así, la gestión integral de la farmacoterapia, como estrategia para optimizar los resultados de los medicamentos y prevenir el daño que pueden producir, significa una nueva tecnología sanitaria, de cuya eficiencia es difícil dudar. Si no envidio para nada esa sanidad privada y volcada a la atención especializada de países como Estados Unidos, en los que la salud es un negocio más, sí que me desespero con la endogamia, la visceralidad por encima del sentido común y el prejuicio, que imperan en nuestra sociedad latina.

Hoy grito aquí mi decepción por la falta de sentido cívico que impera en nosotros, por esa característica que tenemos, de anteponer nuestros intereses particulares, a los de la sociedad a la que decimos servir. Un grito que se pierde en el vacío, ante la dificultad de poder tener la oportunidad de demostrarle a la sociedad de que hay otra forma de ejercer la profesión farmacéutica, y que hay un puñado de profesionales, escaso, pero más que suficiente para darle la vuelta al sistema, que quiere y desea trabajar en equipo con otros, y devolver a la sociedad lo que le dio, al recibir su titulación universitaria, que aspira a asumir responsabilidades para limitar su sufrimiento con los medicamentos y vivir de ello, en lugar de mirar la caja hecha cada día, que es una muy mala forma de remuneración, para quien asiste día a día con no poca frustración, a ver cómo se van por los desagües de la sociedad su conocimiento y sus capacidades, para hacer de este mundo, un lugar un poquito más feliz y justo.